Revelaciones

Aquellos pueblos y barrios donde viví en mi infancia: San Francisco de Macorís

Por Manuel Mora Serrano

Y la No.5

A Marcio Veloz Maggiolo

I

Recordando la muerte de Porfirito Castro

Mis recuerdos en San Francisco de Macorís son muy complejos. De muy niño había acompañado a mi madre a visitar a quien ella llamaba “tía Toní”. Sabía que su nombre era Petronila Bergés Fondeur, había sido su madre de crianza cuando mataron al padre en San Carlos en 1903. Le debía todo: su formación burguesa, sus conocimientos que le permitieron ejercer el magisterio temprano, su deseo de leer novelas y las prácticas de costuras y bordado, lo que luego intentaría inculcar en sus alumnos. Vivía justamente frente a la Estación del Ferrocarril en la calle Salcedo, y un poco más allá estaba mi hermana Ana Cecilia Mora Eduardo, con su madre de crianza doña Felipa, santera y medio curandera, y un personaje inolvidable de esa ciudad: Casimiro Eduardo, El Loco. Que realmente lo era por tiempo, cuando estaba cuerdo era respetado y estimado por too el mundo, se convertía en un esforzado trabajador muy solicitado y se ocupaba de la familia.

Lo más lejos que podía tener es que esa tía, a quien imitando a mamá le decía como a su madrinas y lo sentía así con ella por lo cariñosa que fue siempre conmigo, era la abuela de quien más tarde sería el primer gran amor de mi vida y al final, mi inolvidable esposa Josefina Ramis.

En cuanto a eso doy un detalle: Tuve muchos otros tíos y tías que no lo eran, a lo mejor parientes de mamá o muy amigos de mi padre. De ellos guardo tan gratos e inolvidables recuerdos más que de los de “verdad”.

Ahí viene otro asunto muy dominicano. Como hubo y hay tantos padrotes nacionales que han o hemos tenido hijos y por las razones que fueren no los pudimos o quisimos reconocer, aunque en muchos casos, sabiéndose la familiaridad sin el uso de los apellidos, nos tratamos o nos tratan como tales algunos familiares. Otros ni saludan por el origen bastardo.

En Pimentel, sobre todo los descendientes de Venancio de Castro y Sotera Suárez, de cuya estirpe campesina era mi abuelo el coronel Benito de Castro, aunque vivía públicamente con mi abuela, no reconoció a todos sus hijos. Mi madre me inculcó desde niño que mi segundo apellido debió ser Castro o de Castro como firmaba mi tío Benito, hermano carnal de ella, lo hacía ella y en mis primeros cuadernos, lo hice yo, hasta que el acta de nacimiento desmintió el asunto. En San Francisco de Macorís encontré como compañero de curso a mi primo Porfirio Castro Leonardo, hijo de un primo hermano de mi madre, Porfirio de Castro Hernández y de Negrita Leonardo Pérez, a quien quería como un hermano. Pipía, como le decíamos, era como la mayoría de sus familiares, un músico de oídas. Así era su primo Rafael Castro Burgos, muy conocido en los ambientes musicales capitaleños en los finales del siglo pasado. Pues bien, reverdecimos la amistad, y andábamos para arriba y para abajo. Fuimos una noche al cine y me invitó para volver a ver una de esas mejicanadas con mucha música popular. Al otro día me dijo: Manolito vamos donde tía Auroradonde él vivía. Se puso al piano y ante mi asombro cariñoso, me tocó todas las canciones que aparecieron en la cinta.

Él era de buena estatura, muy elegante, con cierta belleza física en el rostro, de manera que gustaba mucho a las mujeres y a las muchachas. Era además, ocurrente. Recuerdo que cuando tenía gripe solía pedir permiso y salir al patiecito a escupir. “A botar un pollo” como llamábamos al catarro. Un día una de las profesoras afectada de la enfermedad salió a echar un gargajo. Cuando regresó le dijo: “Señorita, yo lo siento mucho, pero no vuelva a hacer eso, los pollos míos son de calidad y usted me está dañando la raza”. La clase terminó con carcajadas.

El cine de mi pueblo llevaba su nombre: Cine Porfirito. Cuando todo parecía anunciar la existencia feliz de un futuro profesional o artista de la música, con una novia a quien quiso mucho, pasó unas vacaciones en esta ciudad y regresó grave. Iba todos los días a verlo al salir de la escuela y en la tarde y en la noche a la clínica donde estaba interno. La noche que murió no fui, estaba en el Cine Juanita viendo una película que me hizo llorar casi todo el tiempo sin saber por qué. Al regresar a la casa pensión donde vivía encontré una nota que decía que todos estaban en Pimentel porque había muerto Pipía. Era como a las diez de la noche, no había forma de ir a mi pueblo que no fuese a pies y además, ya lo habían enterrado. Apenado y continuando con mi baño de lágrimas, empecé a escribir mi primer panegírico. No lo conservo. Cuando ellos regresaron al otro día, Norman Pérez Fernández, el hijo menor de la casa, lo encontró y se puso a llorar y más nunca vi aquello. Años después le dediqué un poema con el título: A mis amigos que murieron jóvenes, que comenzaba: ¿Qué será de los amigos míos que murieron jóvenes?/ De aquel amigo mío que tocaba el piano.”

Al otro día era el primer domingo de mayo y ese día celebraban El día del árbol.Era obligatorio asistir aunque no hubiera clases. Nunca he visto tanta gente llorando sobre todo las hembras o muy afligidos los varones, con la noticia de su muerte.

II

Aquel San Francisco de Macorís de mi adolescencia

Lo maravilloso de haber vivido en este país muchos años, tantos como los 84 que tengo, ya que jamás he vivido fuera de sus fronteras, es haber asistido a los cambios increíbles que han ocurrido. Solo los que tenemos los que tengo podemos apreciar y justipreciar, a pesar del deterioro de tantas cosas morales e intelectuales, el auge y el cambio físico espectacular que hemos tenido después que conocimos la democracia.

Buenos o malos gobiernos. Críticas de esto o lo otro. Nada de eso cambia la realidad: Este es otro país y San Francisco de Macorís es otra ciudad.

Yo llegué en 1948. Entonces, no existían los que hoy son barrios populosos y flamantes ensanches y residenciales, se circunscribía al área clásica pueblerina. Del río al Alto de la Javiela. Del otro lado había un caserío que formaba parte del radio urbano, tanto en el camino interior como en la carretera hacia Santiago. La Avenida Libertad no existía, sino era “la calle ancha” sin asfaltar, que nacía cerca del río donde no había puente alguno. Siempre he dicho que a la caída del régimen al cambiarle el nombre con la euforia liberaría, hicieron realidad una metáfora: “La calle Ancha es la Libertad”.

Un barrio tan populoso como “Rabo de Chivo” era una sabana llena de guayabales donde estaba el pley, allí íbamos los muchachos a jugar pelota en cualquier solar pelado. No había calles propiamente hablando, sino caminos que se llenaban de fango cuando llovía. Hoy el barrio San Martín de Porres, como el resto, es otra cosa.

Las casuchas alternaban con los palacetes o los chalets de los pudientes. Todavía en el centro podemos ver recuerdos de esos tiempos de pobreza y miseria casi general.

Las retretas en el parque, amenizadas por la banda de música municipal dirigida por don Fello Pimentel, extraordinario maestro que lo fue en mi pueblo, formando la primera que tuvimos para las celebraciones del Centenario tocando el Himno Nacional.

Las muchachas de la Plaza España de la canción de Lucho, no podían rivalizar con las del parque de SFM dando vueltas mientras se escuchaban valses y polkas ejecutados impecablemente por la banda.

Ese parque, en frente del cual estaba el Cine Carmelita, el único al que se entraba por la parte del telón, era el refugio del Sócrates pueblerino llamado Pedro Sanz. Fue nuestro profesor de sexualidad. Nos explicaba desde las formas y maneras de auto complacernos hasta las de hacer cosas con las mujeres. Nos recitaba poemas pornográficos que según él eran de Héctor J. Díaz y algunos clásicos. Pedro era un lector voraz, tenía una memoria fabulosa. Como aquel filósofo griego Plotino, le tenía terror al agua. Casi no se bañaba, con el calor macorisano le salía cierto mal olor. Así y todo, el reguerete de estudiantes lo rodeábamos. Solía hacernos preguntas de las materias que estudiábamos para probar nuestros conocimientos. Además, iba por los pueblos y campos y aparecía en las escuelas. Era el terror de los maestros cuando la mayoría ni eran bachilleres; solía ridiculizarlos haciéndoles preguntas culturales. La mayoría salían de clase y le decían: Don Pedro, el aula es suya. Y él lo disfrutaba y los estudiantes también.

Sin duda alguna, Pedro fue nuestro verdadero maestro de las cosas de la vida. Mucho de lo que sé y he practicado se lo debo a él.

Era hijo o nieto de Alejandro Sanz que sembró de cocales las lomas de Patao y Laguna de Coto, uno de esos chinos que llegaron a Macorís desde Cuba a mediados del siglo XIX como los Añil, Manuel, etc., y otros, de los cuales descendieron las Mota, Mercedes y Antera, cuya fama de alumnas de Salomé y de profesoras las disfrutaría Puerto Plata o la Capital. Ese hecho unido al de la enorme cantidad de nacionales árabes de diversas partes, llamados turcos por emigrar durante el Imperio Otomano o Turco, amén de los españoles y criollos de diversas comunidades, puertorriqueños como Cristino Zeno, honrado con una calle importante, produjeron el fenómeno de llenar aquellas calles y callejones de hombres apuestos y de mujeres hermosas. En el año que llegué, no solo en la escuela, SFM era un semillero de preciosidades con faldas (casi nadie usaba pantalones entonces). De más está decir que el poeta en ciernes que me habitaba se desbocó y a casi todas las muchachas hermosas les dediqué un poema que entregaba personal o deslizaba bajo las puertas. Mi amor platónico fue Ramona Duarte, Monín. Como tantas otras, nunca me hizo caso pero recibía mis versos.

No puedo olvidar que allá inicié mis afanes novelísticos. Mi primera novela iba a llamarse Mickey Kluklantel, inspirado en Mickey Mantle. En esos años me inventé jugar pelota en un cartoncito, dibujé un diamante en un cartón y le puse bases y outfilders y zonas de hit o de jonrón y con una papelito envuelto cada pelotero imaginario fuera derecho o zurdo le daba con el índice a la bolita y donde cayera se contaba lo que fuese. Se llevaba un récord y jugaba campeonatos con otros muchachos que inventaban nombres de peloteros y equipos. Luego hubo campeonatos mundiales. De ese pasatiempo en Pimentel, más tarde, surgió un equipo de Mendy López Senior con un pitcher inventado por él llamado Adrián Zabala. Desde entonces no lo llamo por su nombre, sino simplemente Zabala.

Estaba la ruina de la Iglesia que cayó durante el terremoto años atrás. y una callecita que separaba. Debajo de los pinos esperábamos las guaguas de Madera (maeño radicado allá) y carros que iban a la Capital o a Santiago. Al frente estaba la casona de los Conde. La esbelta figura de Narciso Conde Pausas o de sus hermanos y sobrinos, ejercía su señorío. En la Esquina el Ayuntamiento y el reloj público. Detrás los Bomberos que daban ciertas horas con sirenazos que se escuchaban por todo el área urbana y un poco más allá. Al frente en la calle Santa Ana estaba el caserón donde vivió una de las figuras históricas: Pedro Francisco Bonó.

En la otra esquina estaba el majestuoso Club Esperanza, donde las gentes de primera lucían sus galas. Aunque era miembro del Club de Pimentel y podía asistir, nunca me atreví a subir esas escaleras.

Quizás lo que más llamaba la atención y era motivo de comentarios eran los abogados. Las gentes hablaban de los debates y a veces había una multitud para escucharlos, en juicios famosos que terminaban de madrugada a veces. Los recuerdos de las batallas legales de Pelegrìn Castillo y Juan José Sánchez, solo fueron un preludio de los que más tarde Vincho Castillo y Sánchez Morcelo entablarían. SFM era una ciudad de pasiones, recordaban en la pelota los famosos encuentros entre Municipal y Duarte, los equipos donde jugaron muchos de los que cayeron en Río Verde, que dividió al público como el Licey y el Escogido en la capital.

II

De comidas y bebidas en esos tiempos

El Mercado era el viejo que se inauguró en el 1915, hasta que un fuego lo semi destruyó, construyendo el nuevo en la calle Castillo.

Estaban “los Chinos pobres”, cerca de una parada frente al Mercado, donde uno desayunaba por cinco o diez centavos. De ahí el mote. Francisco Joa, como era su nombre, hermano de Alberto el del restaurant Macorís, al lado del Tribunal frente al parque, fue alguien muy querido. A los limosneros y minusválidos les daban su ración gratis.

Esos chinos y luego otro, Antonio, que frente al Club, eran los sitios donde se podía comer bien en esos días. Sin embargo, en San Francisco (que abreviaré SFM para no crear confusiones con Macorís del Este), había fondas populares. Nosotros recordábamos un tipo que hacía una crema de leche que nunca supimos la fórmula. Porfirito y yo éramos casi fijos tomando un gran vaso con hielo picado por cinco centavos. Nunca he probado nada mejor.

Ya hablé de los chinos pobres, del negocito donde Rafael hacía la famosa crema que nunca he sabido qué le echaba. En el Mercado había sitios para comer los campesinos y pasajeros y por los alrededores una que otra fondita o friquitines.

Ahora bien, no había abundancia de vegetales frescos, no había más que almacenes y pulperías

Durante toda mi vida he tenido la suerte de vivir en casas donde se comía más o menos bien. La bandera nacional, claro. Pero el desayuno se hacía con pan de agua y mantequilla, regularmente hecha en casa o un requesón sabroso. Una taza de chocolate o de avena o maicena era la colación regular. En la cena regularmente plátanos hervidos con huevos, longaniza o chicharrones. El llamado salchichón argentino, que no sabíamos que era hecho con carne de caballo, era el gran lujo en picaderas sociales. En ninguna de esas casas se comía jamón.

Rosaleda, la hija de la casa que dirigía la cocina, tenía magia en esas manos para darle sabor a todo. Yo, con la mía por dentro para irme por los montes después de las matemáticas, me llevaba a escondidas el pan con el requesón y los huevos revueltos.

Los que tienen mala memoria podría decir que se vivía bien. Sí, todo era orgánico, había poca polución. Es verdad. Teníamos con poco. Ser gordo entonces era sinónimo de buena salud. Casi todos éramos delgaduchos.

III

Una extraña prosperidad y una justa rebeldìa

Por lo demás, el comercio era próspero, ejercido mayormente por españoles y árabes Además de Munné & Cía, estaba el hermano del fundador de esa empresa que anunciaba como capital suscrito y pagado cien mil pesos, don Trifón Munné, el esposo de la poeta local, doña Melba Marrero de Munné. A pesar del empresario Mejía, se le consideraba tan rico que para señalar a alguien que lo fuera, decían: Ese tiene el rollo de Trifòn.

El gran problema era el de la luz. Como el propietario de la planta era el banilejo Carlos Mejía, el pueblo con su sentido del humor decía: Llegó Mejía o se fue Mejía con los apagones. Los ricos o más pudientes tenían neveras alimentadas con gas kerosene. En ese tiempo era un lujo tener un buen radio. No se habían inventado los transistores ni la tele.

Regularmente escuchábamos emisoras cubanas. Seguíamos los juegos de la pelota cubana o de grandes ligas. La mayoría compraba lo que se iba a comer el mismo día o el anterior.

A pesar de esa aparente abundancia, el contraste con el resto de la población, como diría el pueblo: Eso lloraba ante la presencia de Dios. Cuando fui Juez de Instrucción en aquella ciudad, comprendí el por què SFM era una ciudad rebelde. Aunque en todas las ciudades del país la diferencia que ha señalado Juan Bosch en su libro sobre las clases sociales, era evidente, allí tenía otros matices. Los ricos de campos y ciudad eran irresponsables al extremo. Tenían hijos y queridas, pero no los reconocían y como solo heredaban los legítimos, aquellos resentidos sociales, justamente resentidos, cuando morían los señores, emigraban a las periferias con la historia de ser hijos de fulano y terminar en la miseria. Ese drama nacional, en aquella ciudad levantisca encontró el justo material para su extraordinaria rebeldía. Al extremo de que realmente solo hubo acciones de guerra en Abril del 65, en la capital, allá y en Pimentel, aunque es justo señalar que instigada esta última por macorisanos.

El antitrujillista convicto y confeso más famoso de la ciudad, era don Ángel Liz. Abogado que cuando no estaba en la cárcel mantenía su despacho y curiosamente, mantenía también su clientela que valientemente lo consultaba o lo buscaba.

Yo oía los chismes cuando mataron a Perozito. Por debajo hervía la oposición callada. Sin embargo, algunos como los hermanos Moreno Martínez se habían dado a conocer, igual que otros rebeldes del pueblo más rebelde de la historia nacional, con los atisbos de libertad del 46 como simpatizantes de otros partidos. Estaban fichados. El hermanito menor, Nono, fue víctima de la tiranía. Por eso Alfonso, Pilìa y Luisito tuvieron que asilarse años después.

Casi no nos atrevíamos a hablar de política. Las noticias de los exiliados se escuchaban bien metidos en las partes más lejos de la calle y de vecinos. El terror que de ahí en adelante padecimos rebasa todo entendimiento.

Con estos recuerdos, dejamos la saga de los pueblos. De la semana que entra en adelante hablaremos de otras cosas.

Mantendremos el regalo a los niños y jóvenes de cuentos y fábulas cada viernes de este año y prometemos un poema cada día del mes de febrero como un regalo a los enamorados de todos los tiempos y de todas las edades. La idea es hacer de este medio algo más que noticias y comentarios, por lo menos de mi parte, un esfuerzo para difundir la cultura.

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