Dedicado a Marcio Veloz Maggiolo

No.1 de una serie

Explicaciones

Mi amigo Marcio Veloz Maggiolo (ahora mismo, creo, que conocidos como poetas originalmente, luego como narradores, ensayistas y autores de trabajos históricos, somos los más viejos. Pero no los decanos: Juan Alberto Peña Lebrón nacido el 23 de junio de 1930 y Manuel Salvador Gautier el 1 de agosto se disputan el decanato activo de escritores, el primero como poeta, el segundo como narrador. Le sigue Franklin Domínguez de 1931 principalmente como autor dramático), me ha dedicado una serie de artículos con sus recuerdos de esta ciudad. Antes, habíamos acordado realizar otros ejercicios con la idea de un volumen con nuestras vividuras con los escritores nuestros fallecidos, los ambientes culturales, incluyendo sus vastas experiencias internacionales que apenas se conocen.

De ahí que empiece más modestamente. Él nació en esta ciudad en 1936. Disfrutó de un ambiente cultural donde le hablaba de tú a las excelencias literarias de nuestro Siglo de Oro. En la serie de la cual me lleva la ventaja de cuatro publicados en su acostumbrada columna El correr de los días de los viernes en el Listín Diario, ha iniciado dando una lección de historia capitaleña y geografía barrial.

Yo trataré de hablar de mi vida intinerante desde mi nacencia en Pimentel, en 1933, a mis experiencias de niño en esta ciudad, en Padre las Casas, en Altamira, luego como estudiante en Santiago, en San Francisco de Macorís y quizás alcance a recordar mis experiencias como estudiante universitario en esta ciudad, a partir de 1951, sobre todo de los barrios donde viví esos cinco años.

Esta primera entrega será para hablar de mi pueblo y del campito donde conocí las primeras letras.

Pimentel, mi pueblo. Campeche, mi escuela

Cuando vine al mundo en la avenida Germán No. 3, que pronto pasó a llamarse Presidente Trujillo, y concluyó siendo la No. 9, dela actual avenida Independencia, hasta que un ciclón terminó borrándola del mapa.

La historia señala que originalmente lo que el ferrocarril fundara como pueblo de Barbero, luego Cantón Pimentel en 1898, después en 1907 con la Constitución de ese año que elevó automáticamente los cantones, fue común de la provincia Pacificador; actualmente municipio de la provincia Duarte.

Como dije, el Partido de Cuaba donde está ahora la extensión del poblado llamado Cuaba Abajo, en las proximidades de los ríos Cuaba y Yuna, tuvo como figura estelar a Francisco de Frías que llegó a ser lugar teniente del brigadier Juan Sánchez Ramírez, cuando esa demarcación pertenecía a la parroquia de Cotuí, hasta que se fundó la de Santa Ana de San Francisco de Macorís, pasando toda la zona al norte de los ríos Camú y Yuna a la luego Común, Municipio y más tarde provincia Pacificador en honor a Ulises Heureaux y finalmente Duarte, en homenaje al patricio fundador de la nacionalidad.

El pueblo fue erigido en la zona donde trazaron los rieles y luego pasó el tren que fuera inaugurado por Lilís en 1887. Antes de eso, la personalidad más relevante que visitara nuestro pueblo fue Eugenio María de Hostos, que  relata su recibimiento por el administrador de la Estación, Alejandro Ayuso, abuelo del poeta Juan José Ayuso, recién fallecido.

La comunidad que surgió a las veras de este camino de hierro, en un país sin carreteras, cuya comunicación era por los caminos reales a lomo de animales o a pies, o por vía marítima, situación que perjudicaba a los enclaves de tierra adentro como Barbero, así originalmente se designó a ese caserío, motivó que pronto llegara a ser casi una pequeña ciudad por la cantidad de comercios, al extremo de que una vez en Pimentel, el poeta Domingo Moreno Jimenes declarara que pasó en 1918 de paso a Sabaneta, habiéndose embarcado hasta Sánchez, recordando que era un pueblo con una calle larga larga llena de comercios.

Como había negocios, había dinero; como había dinero hubo espectáculos y diversiones. Las compañías de teatro que llegaban a Sánchez, los circos ambulantes, y naturalmente el cine mudo se exhibían allá. Hubo teatro. Donde está el pueblo era propiedad de Laureano Germán, muy amigo del presidente Lilís, que lo visitó una vez por lo menos, que mi madre me contara. Él fue el donante del solar donde se erigió el egido.

El afán de lucro trajo muchos extranjeros, entre ellos italianos, españoles, puertorriqueños; luego árabes, cubanos y de diferentes localidades del país, sobre todo de Santo Domingo, La Vega, Moca, San Francisco de Macorís y San Pedro de Macorís. De todo ese mundo, al que se sumaron los que provenían de los campos cercanos como Campeche, la cuna de los Castro y Suárez que fundaron una estirpe de la cual surgimos muchos profesores, músicos y literatos.

Sobresalen de toda esa variedad de culturas y nacionalidades tres personas: El poeta boricua Eugenio Córdova y Vizcarrondo, que vivió allá unos seis o siete años, desde 1907, luego de publicar en Barcelona su único libro Efluvios en 1906, constituyéndose en el primer habitante que había publicado uno, hasta casi sesenta y pico de años después, cuando aparecieron los nativos.

El segundo fue Manuel de la Asención Gatón Richiez, flamante farmacéutico que fundó la Farmacia Pimentel alrededor de 1918, frente a la Estación del Ferrocarril. Casado con María Teresa Arce, cuyo primer embarazo, ante la ausencia de clínicas o de hospitales en la localidad, como primeriza fue a dar a luz a San Pedro de Macorís de donde procedían, para que la atendiera el Dr. George. El 27 de marzo de 1920 vino allá el niño engendrado que llevaría los nombres de Freddy Manuel Antonio Gatón Arce, que luego de ser bautizado por fray Cipriano de Utrera, regresaron con el infante,  vía marítima, por Sánchez y la misma comisión de amigos de don Manuelico que lo acompañaron a llevar la madre, fueron a buscar al infante, entre ellos iba mi padre que era comisario del pueblo. Ocho años después, necesitando mejores escuelas y ambientes para su prole que llegó a cuatro: Thelma, Gisela y Yordy, se fueron a Santiago. Pero esa infancia entre arroyos y ríos, quedará para siempre en la poesía de Freddy Gatón Arce, cuyo libro de versos: Son guerras y amores, ha sido el único, hasta ahora, que un poeta ha dedicado a Pimentel. No nos atrevemos a decir que sea pimenteleño, pero fue engendrado en nuestro pueblo, y eso significa algo. Aunque lo sintamos así, por su nacencia en la tierra de su padre, asimilada por su madre, oriunda de Ponce, Puerto Rico, se sentía muy macorisano.

En ese intermedio, fue a vivir allá otro destacado intelectual, Armando Cordero, cuyo padre, don Américo, había instalado la primera planta y la primera fábrica de hielo. Debiendo anotar que también hubo una imprenta que publicaba un periódico: El Eco de Pimentel, de un capitaleño apellido Cristian. Desde allá Armando inició su carrera periodística: Más tarde se daría a conocer como historiador de nuestra filosofía.

Cuando nosotros llegamos al mundo, después del “crac” de fines de los años veinte y principios del treinta, aunque el pueblo estaba en decadencia y muchas familias habían emigrado, la vida de la comunidad se alimentaba de los recuerdos de los tiempos de las vacas gordas. El mismo año de mi nacencia fue de visita el poeta Juan Bautista Lamarche que dejó una frase disparatada que allá se comentaba mucho: “Pimentel se parece a sus mujeres y sus mujeres se parecen a Pimentel”. También, consta que Domingo Moreno Jimenes eligió a Juana Castro Díaz, como una de las reinas del postumismo. De modo que visitó ese año nuestro pueblo, no de pasada.

Cuando evoco mis primeras impresiones, ya no era la calle de los Rieles la que tenía las más grandes tiendas. Antes, después de un incendio devastador que obligó a trasladar el pueblo hacia el este, cuando es tradición que crezcan hacia el oeste, quedaron las grandes casonas comerciales, preparadas para mesaninas interiores, la famosa Casa de Piedra de don Amadeo Pellice: Don Aurelio Pichardo con el primer colmado moderno;  más tarde Munné y Compañía y Miguel Lladó, se establecieron, y esa calle de nombre recto llamada De la Palma, con una gran curva, fue primero Las Mercedes, luego Julia Molina y otra vez Las Mercedes, tuvo otras pequeñas tiendas y negocios que la convirtieron en rival de la Calle de los Rieles, luego 11 de Febrero y actualmente Tonino Achécar Kalaf, héroe nacional de la gesta del 14 de Junio. En ella nació José Tiberio Castellanos, nuestro primer exiliado político, cuando a raíz de lo del 46 lo fue a Cuba, acusado de enemigo del régimen.

Cuando yo nací ya había carreteras. Durante muchos años solo hubo uno o dos vehículos en el pueblo.

El primero lo llevó César Augusto Lora, comerciante de un establecimiento festivo al lado de la Estación, con billar y expendio de licores. Era un Ford de palitos que llevaron en el tren en 1915, recordaba mi madre, para pasearse por las tres o cuatro calles del poblado.

Ese César Lora, fue el mismo que se enroló en las fuerzas de ocupación y fue asesinado bajo el puente Hermanos Patiño en Santiago, siendo comandante de la plaza, por otro militar celoso al encontrarlo con su esposa allí. Su hermano Ramón, fue el padre de los Lora Álvarez, entre los cuales hay un artista nieto suyo de renombre nacional: Milán Lora Gómez, que se inició como pintor y es un reconocido arquitecto.

De mi pueblo en mi infancia tengo recuerdos borrosos. Vivía en las afueras, para colmo, hasta mis diez años pasaba de lunes a viernes en el campito de Campeche Arriba donde mi madre era la maestra. Siempre he dicho que asistí a clases desde antes de nacer. Mi vida en ese campito, con mis leales amigos de infancia, son con mucha imaginación de mi parte, la base de los recuerdos de La Luisa en mi novela con ese nombre.

Puedo decir que más que un ciudadano, fui un campesino enamorado de sus sabanas y de sus ríos. Todo eso abunda en mis versos y en mis novelas. Alguna vez  uno de mis personajes ha dicho que “uno es de dónde es y lo demás es acotejo de los años.”

A los diez fue mi paso a la Escuela Primaria de Pimentel Agustín Fernández Pérez, en honor a uno de los primeros graduados del señor Hostos. Ahí se impondría un paréntesis, pero lo voy a dejar para un tercer artículo.

Fueron los meses de mis primeras vacaciones en Padre las Casas. Pero volvamos a Pimentel. Me gustaba mi escuela, mis profesores, rectos, y a veces excelentes o raros. Por esos años los estudiantes pobres para ganar las inscripciones en la Universidad y economizar unos pesos para adquirir ropas adecuadas, etc., eran nombrados maestros y los dispersaban por todo el país. A mi pueblo llegaron Ana Celina Luna de San Francisco de Macorís; Demetrio Dubeau, hijo del famoso maestro, que venía de Puerto Plata; los veganos Apolinar Morel, que fueron mis maestros y Danilo Espínola de La Vega, que luego fueron ingenieros; un profesor apelllido Billini de Baní, medio poeta y loco que fue mi maestro de séptimo; el director del plantel Luis Felipe Monsanto, nativo de Santiago, que llevó su familia desde Cotuí, que incluía a Italia, joven pintora autodidacta, y otros muchachos activos.

Ese pueblito mío merecería una relación más extensa. No solo por sí mismo como pueblo, sino por sus gentes pintorescas. Les decía a mis consocios de Amidverza (amigos de la verdad y la belleza), la sociedad literaria que todavía existe, que fundáramos Francisco Nolasco Cordero y yo en 1961, a la cual incluimos a Elpidio Gullén Peña y más tarde a todos los que se interesaban por las artes y la literatura, que si íbamos casa por casa, en cada familia encontraríamos a alguien raro o el germen de una novela. De ahí que mi querido amigo Rafael Sánchez, Fellito Maní, cuando se pasaba de tragos voceaba a pleno pulmón: Pimentel, pueblo raro. ¡Raro!

En efecto, somos eso. Lamentablemente no podríamos ni siquiera iniciar con algunas de las personas fuera de lo normal. Sin embargo, sí vamos a decir algo extraordinario. Nuestro pueblito, que nació cosmopolita, ha seguido siéndolo. En otro cualquiera aunque usted viva casi toda su existencia allí, siempre será de tal parte. Allá no. Siendo Nolasco presidente del ayuntamiento decretó algo que le sugerimos y que es real: Que todo el que se haya casado con pimeteleña, tenga hijos allá, haya vivido en el pueblo o que simplemente diga que es Pimentel, es de Pimentel. Y así somos de raros. Ahora, eso sí, los nativos de allá nunca negamos nuestra aldea y nos molestamos y sufrimos cuando se dice que somos de otro pueblo. A mí públicamente se ha dicho que soy de Altamira. O de San Francisco de Macorís y si alguien quiere ofenderme, sencillamente diga que no soy pimenteleño.

En estos días he visto que Mendy López Aude, el hijo del extraordinario narrador deportivo y antiguo jugador amateur de excelente calidad, Mendy López senior, caballeroso campeón jonronero, era de San Francisco. No. Mendy, es de Pimentel y fue nuestro primer big leaguer.

De modo que no solo nos ofendemos personalmente, sino que eso abarca a todos, sin excepción.

Uno de los aspectos a tratar sería lo que señala Juan Bosch en su estudio de las clases sociales del país.

En eso los pimenteleños, con esa zurrapa pequeño burguesa y burguesa en sus arrestos, no podía quedar atrás. Tuvimos el Club Pimentel sin incorporación alguna. Era un caserón de dos plantas, de maderas, techado de cana que fue quemado en los años veinte. Luego a su lado erigieron el mismo Club, pero ahora incorporado. No conforme con eso, hubo un Country Club, alrededor de 1937 del otro lado del parque, al lado de la Iglesia Católica cuando hubo un cisma social. Ahí no concluyó el asunto, da risa, pero fue verdad, tuvimos un Yacht Club a las veras de la confluencia de los ríos Yuna y Camú.

Nuestra comparonería no tenía límites. Eso no fue todo. Hubo un Club de Segunda que fue todo un acontecimiento por la ausencia de bares y sitios de bailes que no fuera en el cabaret, que empezaba a funcionar.

Como es natural, aquello fue tan democrático y abierto, con tal representación de buenas hembras de los barrios que no pertenecían al Club de Primera, ya que este tenía una lista restringida de muchachas que podían asistir aunque sus padres no fueran socios, regularmente las hijas naturales de algunos que sí lo eran. Pero esta discriminación social concluyó cuando los jóvenes del Club Pimentel al terminar sus fiestas, iban en masa al de Segunda, al que podían pertenecer o eran bien acogidos.

Realmente, salvo algunos “narices parados” en nuestro pueblo, en el trato real de las personas no había ningún reparo social. En ese sentido había un contrasentido, en la calle todos éramos iguales y nos queríamos y abrazábamos como íntimos amigos.

Yo nunca entendí esas cosas. Para mí, siempre, todos fuimos iguales, y desde niño me molestaba en el campo que me discriminaran como hijo de la maestra o en el pueblo como hijo del síndico Mora, o en otras partes hijo del Alcalde. Me sentía tan tiguerito decente como todos mis íntimos. Ha sido y será para mí.

En la próxima entrega concluiremos con Pimentel.