Para su reproducción y funcionamiento las dictaduras disponen de diversos mecanismos tales como un aparato ideológico y represivo para el control de las ideas y la información, un sistema de espionaje y una amplia cohorte de personajes para la ejecución de tareas oscuras como crímenes, acoso, sobornos, atentados, intimidación, etc.  A lo largo de la prolongada dictadura, Trujillo utilizó diversos personajes para realizar labores deleznables tanto en el interior del país como en el exterior. Uno de estos fue Anselmo Paulino Álvarez quien poseía un excelente conocimiento del espacio fronterizo y del propio pueblo haitiano por haber nacido en Restauración en 1909, pequeña comunidad de la frontera norte que en esa época formaba parte de la extensa provincia de Montecristi, a lo cual se sumaba su dominio del francés y el creole.

En los primeros años de la década de 1930, por mediación de la poderosa señora Isabel Mayer, conoció a Trujillo quien, en febrero de 1932, cuando Paulino contaba con apenas 23 años y carecía de formación en diplomacia pues no había traspasados los estudios primarios, lo designó cónsul en Cabo Haitiano, la segunda ciudad más importante de Haití, para acometer una tarea específica: mantener informado al mandatario sobre las actividades y características de los numerosos opositores al régimen que se habían exiliados allí residentes, mantenerlos controlados y al mismo tiempo impedir que estos organizaran alguna expedición armada contra la incipiente dictadura.  

En tal sentido, una de las primeras encomiendas fue lograr que el ministro de Interior y Policía de Haití, Elie Lescot, ordenara en agosto de 1932 la concentración de los exiliados políticos dominicanos en la lejana comunidad portuaria de Jeremie, en el sur de Haití, próximo a Jamaica, tarea para lo cual sobornó con una elevada suma de dinero al funcionario, que en total recibió de Trujillo 150,000 dólares. El hecho lo reportó al Departamento de Estado el vicecónsul estadounidense en Cabo Haitiano quien se enteró por medio de un empleado consular de apellido Catalogne. También lo refiere el historiador Robert Crassweller en su libro Trujillo. La trágica aventura del poder personal, (1967), quien lo define como un “rufián” dotado de “olfato político”. Cuando una parte de los exiliados se movilizó a Turks Islands (Turkilán), Paulino también fue designado allí, en octubre de 1932, y al quedar “limpia” la isla también cesaron sus funciones durante dos años. En septiembre de 1933 le escribió desde la ciudad de Santiago a Trujillo poniéndose a su disposición para desplazarse a Cuba donde Estrella Ureña gestaba la expedición de El Mariel.

En octubre de 1934, Paulino fue nombrado cónsul en Juana Méndez, posición en el cual permaneció hasta diciembre de 1935. Los servicios de inteligencia de Trujillo le habían informado que Paulino pasaba más tiempo en Cabo Haitiano, y a los pocos meses fue nombrado cónsul en esta última ciudad. Todavía en 1936 continuaba presionando a las autoridades haitianas para que vigilaran o expulsaran de Cabo Haitiano a los pocos exiliados políticos que continuaban residiendo en esa ciudad.

Luego de la horripilante matanza de haitianos y domínico-haitianos de 1937, Trujillo maniobró para debilitar el gobierno del presidente Stenio Vincent para lo cual empleó al avieso Paulino Álvarez. A los pocos días de paralizarse la misma, y a medida que fluían las informaciones sobre los crímenes en la frontera, comenzaron a exacerbarse los ánimos en la población de Haití. El estado de excitación se incrementó aún más con la propalación del rumor por el cónsul Paulino Álvarez de que era inminente una invasión desde la República Dominicana y de que todos los haitianos residentes en la parte oriental de la isla serían deportados antes del primero de noviembre, con lo cual simplemente perseguía atemorizar a Vincent.

El estado de pánico adquirió fundamento con la decisión del cónsul de Cabo Haitiano, Paulino Álvarez, de reunir a todos los dominicanos residentes allí y sugerirles abandonar el país, facilitándoles transporte, probablemente para prevenir una posible reacción ante la indignación de los haitianos. Esto provocó un gran nerviosismo entre los habitantes del norte del país, y el presidente Vincent, que conocía las ambiciones territoriales de Trujillo y la compra de armamentos, solicitó la remoción inmediata del funcionario y lo declaró persona no grata. Mientras el ministro de Relaciones Exteriores de Haití, Auguste Turnier, calificó de nefasta para la paz de ambas naciones la conducta del cónsul Paulino Álvarez, luego de lo cual Trujillo lo retiró de allí tras haber ejercido esas funciones diplomáticas durante varios años.

Trujillo

No obstante esto, Trujillo continuó conspirando y organizó un movimiento subversivo para derrocar el Gobierno del presidente Vincent desde la República Dominicana, dirigido por Anselmo Paulino. A finales de octubre de 1937 Vincent convocó al Palacio al ministro dominicano en Haití, Enrique Jimenes, para enterarlo del contenido de algunas correspondencias del Comando Militar de Cabo Haitiano sobre las actuaciones del cónsul Paulino Álvarez quien había propuesto al señor Laroche utilizar su popularidad para generar una huelga o una revolución tendente a derrocar su Gobierno, empresa que contaría con el respaldo del Gobierno dominicano que proveería armas, municiones y dinero. Y que, dada la existencia de civiles armados en territorio dominicano, el coronel Jules André disponía de informaciones de que Trujillo tomaría esto como coartada para hacer recaer en esos grupos de sediciosos dominicanos la responsabilidad del genocidio de octubre de 1937 y de este modo exculpar a los militares dominicanos.

A los quince días de las atrocidades cometidas en la frontera contra campesinos y pequeños comerciantes haitianos y domínico-haitianos, en Haití se generaron convulsiones ante las cuales reaccionó el presidente Vincent, ya dotado de informaciones mucho más precisas sobre la gravedad de los hechos. El 23 de octubre llamó al ministro Jimenes y le informó “que las agitaciones en todo el país son cada vez más intensas; que en Puerto Príncipe se estaba preparando una manifestación pública para el día siguiente (24 de octubre) pero que el Gobierno haitiano la impediría”. Vincent temía que se produjeran enfrentamientos violentos entre el populacho y la policía. De hecho, como expresión de la indignación de la población, los manifestantes borraron el nombre de Trujillo de la avenida que llevaba su nombre. Jimenes advirtió gran preocupación en Vincent y le dijo que esperaba una carta de Trujillo que podía contribuir a “calmar la excitación del pueblo”.

Preocupado por las insistentes denuncias publicadas en los periódicos haitianos y en voces de los manifestantes de que Trujillo pretendía dominar a Haití, el déspota le remitió una carta al ministro Enrique Jimenes en la cual desde las líneas iniciales se mostraba “sorprendido” por los hechos ocurridos en la frontera y expresó que los reprobaba. Expresó la preocupación por el esfuerzo emprendido por elementos enemigos de ambos Gobiernos con la finalidad de crear división y odio entre los dos pueblos, “cuyos fines ulteriores son perfectamente conocidos por mi gobierno”; y negó que la formación de su “pequeño ejército” obedeciera al designio de conquistar la República de Haití.

Le ordenó al ministro Jimenes acercarse al presidente Vincent y comunicarle que el “incidente de la frontera” no debía ser motivo de ruptura de las relaciones entre ambos gobernantes y países. Que protestaba contra la corriente de la opinión pública haitiana que lo consideraba una amenaza para “los sagrados derechos del pueblo haitiano, derechos que respeto y respetaré como el más patriota de los haitianos”, y que jamás había concebido en su mente “estúpidas ideas de conquista”. Sin embargo, la publicación de la carta de Trujillo en los periódicos de Haití no contribuyó a mermar los ímpetus de venganza, indignación y descontento que prevalecían en la población. Lo cierto es que uno de los ideales de Trujillo, su “obsesión enfermiza”, como la llama José Almoina era dominar Haití, dominar el Caribe, al estilo Hitler.

Anselmo Paulino

En su respuesta a la misiva enviada por Trujillo, por mediación del ministro Jimenes, el sumiso presidente Vincent agradeció los “altos sentimientos” a su “gran y buen amigo”, pero le recordó que suponía que Trujillo se hallaba enterado por sus agentes oficiales de que los espíritus se hallaban muy excitados en Haití. La realidad era que Trujillo perseguía derrocar el presidente Vincent o desestabilizar su gobierno para lo cual se valió de Paulino Álvarez. En noviembre de 1937, Trujillo canceló a Paulino Álvarez a quien el canciller haitiano León Laleau acusó de inmiscuirse constantemente en la política interna de ese país.

Luego de la aprobación del convenio Domínico-Haitiano, el 11 de febrero de 1938, para finiquitar el diferendo entre ambas repúblicas suscitado por la matanza de haitianos, que contemplaba una indemnización al gobierno de ese país de 750,000 dólares, un pago inicial de 250,000 dólares y los restantes 500,000 se pagarían en cinco partidas de 100,000 dólares, entra de nuevo al escenario Paulino Álvarez al ser designado por Trujillo, el 27 de marzo de este mismo año, como secretario de Primera Clase en la Legación de Haití y Cónsul General en Puerto Príncipe, nombramiento que no objetó el presidente Vincent. En la ocasión, Lescot expresó que “una aceptación tan pusilánime de un hombre que se sabía que estaba activamente intrigando contra el régimen de Vincent no era apropiada para el jefe de un Estado soberano”. (B. Vega, Trujillo y Haití (1939-1946), vol III, p. 90). El 15 de marzo de este año Paulino Álvarez se había casado en Dajabón, con la presencia de Trujillo, con la señora Andrea García, integrante de una prominente familia de Haití

De acuerdo al ingeniero José Israel Cuello la “capacidad negociadora práctica” de Paulino Álvarez se hallaba en consonancia con el “temperamento primitivo de Trujillo” y resultaba más eficaz “que los largos comunicados, las lentísimas y escabrosas negociaciones de cancillerías acerca de detalles del documento” y superior a “las ínfulas de Metternich que desarrollaron personajes de la talla de Ortega Frier y Manuel A. Peña Batlle”. (Documentos del conflicto domínico-haitiano, p. 11).

Cuando correspondía realizar el primer pago de los cinco acordados, Trujillo lo retrasó de forma deliberada y envió a Paulino a Puerto Príncipe portando 25 mil dólares con billetes de baja denominación quien logró sobornar a congresistas y a funcionarios del gobierno de Vincent y obtuvo que el gobierno de Vincent aceptara un pago único de 275,000, en lugar de los 500,000 que le correspondía pagar al gobierno dominicano, lo cual significaba un descuento de un 45%.

La matanza de haitianos y domínico-haitianos debilitó el gobierno de Vincent por su actitud sumisa ante Trujillo, sus titubeos y escasa firmeza para defender a las víctimas del genocidio. Esto lo aprovechó Trujillo para intentar derrocarlo en 1939 y reemplazarlo por Lescot, para lo cual movilizó hacia la frontera a numerosos haitianos armados y al ex jefe del ejército haitiano y permitió el ingreso al país de exiliados políticos opositores de Vincent, tras lo cual estuvo la mano oculta de Anselmo Paulino. En esa época circularon en la frontera numerosos manifiestos, rumores y panfletos contra el Vincent.

En mayo de 1940, Paulino Álvarez, a quien el agregado naval en Puerto Príncipe había descrito como un “cruel asesino”, fue sustituido como ministro en Puerto Príncipe por José Ramón Rodríguez (Moncito). En mayo de 1941 se juramentó Elie Lescot como presidente de Haití, con quien Trujillo mantenía cordiales relaciones y había contribuido materialmente para que este conquistara el poder. Sin embargo, desde la presidencia Lescot se manejó con mucha autonomía y no se dejó manipular por el tirano dominicano.

Por tal razón, a partir de 1942 sintió Trujillo un redomado odio hacia el presidente Lescot y en 1943 nombró a Paulino Álvarez como comisionado especial en la frontera norte con sede en Montecristi para que realizara labores conspirativas contra el presidente Lescot, posición que ocupó hasta noviembre de ese año. En abril de 1944, con la anuencia y colaboración de Trujillo un grupo de haitianos intentó asesinar al presidente Lescot en el que debió operar también de forma subrepticia el nefasto Paulino.

Al derrocado Lescot en enero de 1946, Paulino maniobró para que lo designaran ministro en Puerto Príncipe, sin embargo, fue impugnado por funcionarios de la cancillería haitiana. En 1946, era vox populi que Paulino Álvarez había distribuido miles de dólares en Haití para favorecer la elección del ex coronel Demóstenes Carlixte quien resultó vencido por Dumarsais Estimé a quien Trujillo también intentó asesinar con veneno para lo cual contrató a la belga Joanna Verbraecken quien el 18 de julio de 1948 se reunió con ministro de Interior y Policía Paulino Álvarez en la casa de la caoba de San Cristóbal para ultimar detalles del fracasado crimen.

Luego de este acontecimiento, Paulino Álvarez, experto en triquiñuelas y engañifas en contra del pueblo haitiano, desarrolló una carrera que lo llevó a convertirse en la figura más importante del régimen de Trujillo.