Entre los cuentistas dominicanos que hoy pertenecen a la llamada diáspora y en particular los nacidos en los 1970, he sido lector de parte de la obra de Rey Andújar, Frank Báez, Rita Indiana Hernández y más recientemente Rubén Sánchez Féliz. Se trata de autores que a mi juicio si bien mantienen apreciables distancias en sus propuestas literarias y de estilo, ciertamente comparten una pasión común: el afán por reinventar. Mientras Báez intenta sacudir la figura vertical y totémica del poder establecido, Hernández ejerce la literatura desde una plataforma creativa multifacética dentro de la cual, a juicio de algún crítico, se asiste “con lenguaje ágil y crudo” a los submundos de una urbanidad alterna. Así mismo, sea en paisajes isleños o en escenarios continentales Andújar aborda casi obsesivamente la preocupación por el hábitat de los expatriados; los logotipos de naciones fracturadas, lugares e historias en los que el lenguaje comunicante amenaza el arquetipo y la tradición.

Rubén Sánchez Féliz (Santo Domingo, 1972) por su parte, se afianza con firmeza en los vaivenes del relato corto trabajando desde esa otra dominicanidad de los nuevayores; sobre su obra se ha dicho que sus libros “…producen la sensación de dejarnos espiar el lado terrible y no menos hermoso de la condición humana”, certera afirmación que a mi modo de ver se hace patente en la colección Ya nunca será como antes (Premio de Cuento Letras de Ultramar 2012). La ya dilatada obra del también educador, docente y ensayista ha sido merecedora además del Premio Letras de Ultramar en novela, del Premio de novela Federico García Godoy, del Premio de ensayo Pedro Francisco Bonó y más recientemente fue reconocida con el Premio de cuento UCE 2013.

En la urdimbre revelada en los cuentos de Sánchez Féliz se destacan tres aspectos particulares a saber: la voz que invita a la complicidad y al mismo tiempo nos hace víctimas de las trampas esparcidas en el texto; los desoladísimos y robustos personajes que el autor logra pulir; y ese entorno-realidad desde el que sus historias se nutren y a la vez amenazan “reinventar”. No ha de sorprendernos entonces la madeja de recursos con que este escribidor se lanza a revivir historias; ante mi cuestionamiento sobre la influencia de Hesse y otros autores en la artesanía de su trabajo escritural admite (y se enorgullece de) haber recibido un poquito de la treintena de autor@s que admira: desde Rulfo, Bosch y Fuentes hasta René del Risco y Alejo Carpentier.

El cuento “Servicios funerarios” ilustra una ya previamente demostrada habilidad de narrar en primera y tercera personas femeninas con impecable maestría, en este caso contando las andanzas de Natalia re-viviendo muertos a pura sonrisa. ―Pienso que logro manejar la voz de mis personajes femeninos porque mi vida ha estado rodeada de mujeres y yo soy un buen observador― anota Sánchez Féliz mientras confiesa una cierta fascinación por trabajar aquellos personajes a partir de la admiración que profesa a la inteligencia de su madre quien, al igual que la epopeya de la escritura, “cuando tenía que ser fuerte, sacaba las garras; cuando tenía que ser tierna, la caricia”.

Los protagonistas de Ya nunca será como antes (Editora Nacional, Santo Domingo, RD 2013) son asesinos, neuróticos y enamorados que habitan perdidos, atrapados y asfixiados en los lares de la desolación; en los atormentados mundos de la desazón, el dolor y el desarraigo. Lo ha dicho el autor de esta manera: “La felicidad y la placidez me resultan aburridas para la literatura, creo que el humano es melancólico por naturaleza y en la efervescencia de la dicha más plena siente una leve pulsación discordante, una suerte de hálito trágico y pesimista que revela, como ha afirmado Schopenhauer, que en esencia, toda vida es dolor”. Mas esta concepción existencial no excluye la esperanza y el anhelo de lo deseado, sentimientos expresados metafóricamente en la Beatriz recurrente de los textos de Rubén Sánchez Féliz, “la mujer-nostalgia ―acaso vedada― fugaz, pero anhelada”. Como la pasión que nos alimenta la vida.

El tercer aspecto particular de los cuentos aquí comentados y ya mencionado más arriba es el disfraz del entorno-realidad, el del New York hábitat del universo de historias bizarras y simples, poderosas y frágiles; el New York que de por sí está bastante cerca de lo real en estos relatos y que a su vez no ha sido hecho más “ficticio” ya que el autor lo considera innecesario. Él sabe que lo alucinante en aquella urbe es al fin y al cabo, la ciudad “real” transfigurada entre el Bronx y Villa Juana: ―El espacio narrativo en mis textos casi retrata la realidad, pero intento fragmentar esas convenciones miméticas con las analepsias y alusiones a otros espacios que dejan una panorámica de una ciudad transformada, mucho más amplia, indica Sánchez Féliz.

Aparece tras la lectura de la obra en cuestión la casi ineludible interrogante sobre la existencia o no de un puente, del presunto hilo conector entre el allá (la isla dejada atrás en la joven adolescencia) y el aquí presente; el este lado de la cotidianidad: ―Yo mismo soy ese puente, esa isla, el “allá”: lo que hablo, lo que pienso, lo que como― enfatiza el autor, afirmando que no advierte contra el azar del existir sino más bien sospecha de la imprevisibilidad y la complejidad de la presunta “realidad”, “término cuya dimensión per se es controvertible”. Esa realidad que para quien ha sido lector testigo de estos textos, a todas luces, ya nunca será será como antes.

Jochy Herrera