En mis años de infancia, la forma de pedir la bendición a nuestros padres y abuelos estaba acompañada de una reverencia, era tal el respeto y devoción hacia ellos que aún recuerdo con cierta nostalgia. Asimismo, era común ver como reinaba el amor filial en muchos hogares de mi comunidad natal, resultaba inimaginable que un padre ejerciera violencia desproporcionada respecto a sus hijos o viceversa, ni lesiones simples, ni lesiones graves que causaran la muerte a uno u/otro, salvo los casos aislados que generalmente tenían que ver con problemas de salud mental.
La violencia que se ha generado en los hogares dominicanos en los meses del año que transcurre, son hechos que han causado gran pesar a toda la sociedad en sentido general. Y es que ya no sólo se trata de feminicidios, como epidemia que crece penosamente de acuerdo a las estadísticas oficiales superan los 40 el número de mujeres que han perdido la vida en el 2016, y según el cálculo de un informe oficial de la PN al mes de marzo cada 68 horas una mujer ha sido asesinada por su pareja o ex pareja, más bien hablamos de una violencia que cada vez amplía su espectro, a tal punto que involucra padres e hijos.
Esta violencia no se limita a la agresión verbal y física, sino a una que denominamos “sin fronteras” debido a la relativa facilidad que cruza la raya que separa la vida de la muerte sin distinguir en entre hermanos, hijos y padres, los padres entre sí, sino que incluso alcanza a los abuelos. ¿Se tratará de un exceso en la concepción personal de las libertades individuales que hace imposible la coexistencia con el resto? ¿De escasa vigilancia o supervisión de los hijos e hijas? ¿De prácticas incoherentes o relajadas en el ejercicio de la modernidad? ¿De vínculos afectivos deficientes entre padres e hijos? O será que ni siquiera los parámetros afectivos tienen importancia cuando se trata de defender su espacio, criterios y posición. Estas interrogantes nos lanzan hacia el camino de una crisis existencial que afecta la “célula” rectora de nuestra sociedad.
Como penoso ejemplo, la versión dada a conocer de forma preliminar el pasado mes de abril en la provincia Santo Domingo, refiere la discusión acalorada entre un padre y una niña de doce años que resultó ahorcada alegadamente por el padre en circunstancias de conflicto. Como de trágico también fue lo ocurrido en el municipio de Constanza, cuando un joven de 30 años alegadamente mató de una estocada a su madre, de acuerdo a información preliminar por ella haber hecho uso de un dinero ganado por el hijo en la lotería. Ese infausto hecho aconteció igualmente en el mismo mes de abril.
Otro elemento verdaderamente interesante es el hecho de la ruptura abrupta de la adolescencia al tener hijos sin la madurez requerida, ni mucho menos los recursos económicos para enfrentar el costo elevado de proporcionar las necesidades básicas a los niños, y por ende la capacidad de lidiar con la etapa del descubrimiento de los pequeños. Ruptura abrupta que según estudio realizado en Guatemala por Unicef y organización Plan, coloca la República Dominicana entre los países de Latinoamérica con mayor porcentaje de adolescentes embarazadas al estudiar Nicaragua (28 %), Honduras (26 %), República Dominicana (25%), Guatemala y El Salvador (24 %), Ecuador (21 %) y Bolivia y Colombia (20 %). En adición a la imposibilidad de interiorizar la responsabilidad de ser padre o madre, ante la mal dirigida “protección” otorgada por los abuelos y abuelas, que lejos de ayudar en el proceso de crecimiento del adolescente frente a la responsabilidad, castran la posibilidad de desarrollo al mal asumir la crianza.
Ante lo anterior como factor común, se advierte en dichos eventos relación con abuso de alcohol y sustancias controladas de alguno de los miembros de la familia, y acceso a las armas de fuego. Carencia afectiva e historia familiar de violencia, escasa participación de los padres en las actividades de los hijos. La falta de acceso a educación y a servicios de salud reproductiva o la ausencia de una educación sexual adecuada, penuria económica por ingresos familiares bajos o inexistentes. Males sociales como la deserción escolar, desempleo, asociación con compañeros delincuentes y/o pertenencia a pandillas. Lo que sugiere la necesidad de realizar acciones contundentes al respecto. Podríamos continuar con punto y seguido, pero prefiero terminar con un punto final. Eduquemos para la paz y el amor filial!