El Criticón

Alexander von Humboldt: Viaje y escritura

El viaje es todo lo contrario del encierro y la inercia. En la errancia se despliegan la observación, el asombro, el extrañamiento y la isotopía de las imágenes que se encuentran en la escritura.

Por Fernando Valerio-Holguin

Alexander von Humboldt (1769–1859) anduvo mucho y escribió mucho. Perteneciente a una noble familia prusiana, estudió botánica, geología y mineralogía en la Escuela de Minas de Freiberg y en la Universidad de Gotinga. En 1799, a los 30 años de edad, Humboldt emprendió un viaje de aproximadamente 10 mil kilómetros por España y América. El Ensayo Político sobre la isla de Cuba es el resultado de sus dos breves visitas a la isla (1800-1801, 1804). Considerado como un libro menor, comparado con su vasta obra, este libro reinventa e inventaría tanto la flora como la fauna, así como también la sociedad, en lo que denominó “vistas”.

Mary Louise Pratt señala que el término “vista” (ansichten, view, tableaux) define la estrategia de Humboldt que el mismo definió como “la forma estética de tratar temas de la historia natural” (121). Además de “vista”, el término alemán ansichten utilizado en su libro Ansichten der Natur (1808), también significa aspecto, punto de vista, opinión y acuerdo, entre otros. Las vistas de su “narrativa personal”, que constituyen la poética del libro, no contradicen la política, sino todo lo contrario, la conforman. La elaboración estética en las “vistas” que el naturalista alemán realiza del paisaje cubano no sólo es romántica, sino también exótica, prefigurando, de cierta manera, el latinoamericanismo.

El viaje científico es diferente a los demás tipos de viajes; implica el acarreamiento de instrumentos de medición, mapas, itinerarios y libretas de apuntes. Es antes que todo, una jornada de observación y escritura. Es, además, un trabajo de campo, etnográfico y lingüístico, en el cual se entrevistan las personas del lugar, se traduce y se toman notas. Los incesantes viajes de Humboldt y su obra monumental establecen la relación entre viaje y escritura. La escritura de viaje puede adoptar la forma de diario, memoria, notas, cartas, guías, mapas, libros y, en el caso de Humboldt, también dibujos y esbozos. Michel Butor describe esa relación en las siguientes palabras: “Siempre he sentido el vínculo intenso que existe entre mis viajes y mi escritura; Viajo para escribir, no solo para encontrar temas, asuntos o eventos. . . –sino porque viajar, al menos, en cierto modo, es escribir (antes que nada, porque viajar es leer), y escribir es viajar” (Faraz Anjum 203).

Como Butor, parecería que Humboldt viajaba para escribir. Sus notas son escritura en movimiento. Escribía mientras viajaba, o, también, viajaba mientras escribía. Sólo así podía escribir hasta dieciséis horas al día. La errancia y la hipergrafía son, en muchos casos, suplementos de una carencia, un vacío. Los viajes en barco, la permanecía en casas de huéspedes y campamentos, le ofrecían la posibilidad de extensas jornadas de trabajo en su escritura. El campo le permitía la observación (contemplación) de la naturaleza y, al mismo tiempo, la escritura.

El viaje es todo lo contrario del encierro y la inercia. En la errancia se despliegan la observación, el asombro, el extrañamiento y la isotopía de las imágenes que se encuentran en la escritura. El viaje desplaza la fijeza en la que reside la carencia. Después del viaje, algo habrá cambiado en el expedicionario. Y es en esa transitoriedad, desarraigo, exilio y extrañamiento del viaje, donde se engendra la escritura (James Clifford 96), una escritura para nada inocente. Según Christofer Brown, el viaje es “uno de los aparatos ideológicos del imperio” (Anjum 49). En esa logosfera ideológica epocal inició Humboldt su viaje a España, primero y, luego, a Hispanoamérica.

Los viajes a la Cuba colonial decimonónica es, si se quiere, un desvío de otros desvíos en la larga jornada del científico prusiano Alexander von Humboldt. Pero su Ensayo Político sobre la isla de Cuba es un libro fundamental para entender no sólo la flora y la fauna de esa nación, sino también para el estudio de la sociedad y la cultura, además de las complicadas relaciones coloniales con España y el acuciante problema de la esclavitud. Para el estudio de la naturaleza y la sociedad, Humboldt recurre al paisaje como una estructura epistemológica en la que su concepción estética romántica lo lleva a expresarse a través de las “vistas” como “la forma estética de tratar temas de la historia natural” (121). Asimismo, Humboldt es el precursor del latinoamericanismo, como discurso exótico sobre la América Latina, del que es deudor el realismo mágico. Finalmente, la obra de Humboldt vislumbra, de alguna manera, las posibilidades de la expansión de capitales europeos y la explotación de los recursos naturales de Latinoamérica.

Al final de su vida, ya establecido en Berlín, a partir de 1845, Humboldt comienza un largo viaje, pero a través de la escritura de los cinco volúmenes de su obra monumental Cosmos. Y como afirmara René Descartes, de seguro Humboldt se sentía un extraño en su propio país: “cuando uno se pasa demasiado tiempo viajando, finalmente se convierte en un extraño en su propio país” (Anjum 195). En el proceso de redacción de su magna obra, Cosmos (1845), Humboldt (re)visitó los países que había recorrido

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