Desde mi morada

Al lado de Huchi y Juan Bolívar

Por Felipe Mora

A la distancia de más de cinco siglos, la historiografía tradicional y acomodaticia ha usado todos los medios a su alcance con el único propósito de “ablandar”  -pero en mayor proporción para “concientizar”- respecto a encubrir el genocidio que constituyó la erradicación total de la población nativa en la isla de Santo Domingo o Hispaniola.

Apenas medio siglo después del descubrimiento y posterior conquista de la isla se había producido ya la desaparición casi por completo de los primigenios habitantes, reales y efectivos dueños de estas tierras, cuya posesión fue arrebatada a sangre y fuego por los europeos.

Para entonces, en vez de recibir castigo, los responsables de esa macabra tarea recibían distinciones y reconocimiento de las monarquías.

En honor a la verdad, nunca se sabrá con rigor científico de los métodos utilizados para hacer desaparecer a los indígenas que poblaron la isla, a no ser lo que se han inventado los que siempre han dominado la situación, práctica que se ha mantenido a través de los siglos.

Infinidad de barcos cargados de esclavos procedentes de la costa oeste África –continente donde eran cazados cual si fueran cimarrones- surcaron el océano Atlántico para sustituir a los nativos de la isla en las extensas plantaciones controladas por los europeos. Toda esta ilegalidad se desarrolló siempre dentro de lo que se conocía como legal, bajo el amparo de las potencias dominantes entonces.

Un acontecimiento de extrema importancia y que contradice la etapa de barbarie que vivió esta isla en su proceso de colonización y conquista se produjo el 28 de octubre de 1538.

Cuando solo habían transcurrido 46 años del descubrimiento de América se fundó la Universidad Santo Tomás de Aquino mediante la bula papal ‘In Apostolatus Culmine’, regenteada por los dominicos. Precisamente, en tiempos en que los colonizadores saqueaban y exterminaban a toda la población indígena.

Casi cinco siglos después de aquellos acontecimientos, cuando este país ha pasado por regímenes tiránicos, épocas de montoneros, ocupaciones extranjeras, guerras civiles, y ahora que somos regidos por una democracia imperfecta, pero democracia al fin, se ha escuchado un grito de cavernas para responder a quienes se oponen a lo que entienden está mal.

El solo hecho de vociferar ¡Muerte a los traidores! desde un lugar tan emblemático para la nación dominicana como es el Parque Independencia constituye, más que una afrenta, un llamado a practicar la xenofobia en contra de ciudadanos por el simple hecho de tener una posición distinta a quienes se muestran desafiantes en su defensa a la resolución del Tribunal Constitucional que despoja de la nacionalidad a los dominicanos hijos de haitianos.

Nacionalismo barato, del malo, se expresa en el sentir de quienes -por divergencias que se pueden dilucidar dentro de cánones civilizados- arremeten contra sus detractores pidiendo quitarles lo más sagrado de un ser humano: su propia vida, que dicho sea de paso los que vociferan de ese modo ni siquiera son capaces de dar un paso al frente.

Me inscribo entre los defensores de los periodistas Juan Bolívar Díaz y Huchi Lora, quienes han hecho camino al andar, con la frente en alto, a lo largo de sus dilatadas carreras profesionales.

Su posición vertical en contra de la sentencia 168-13 del Tribunal Constitucional, que perjudica a decenas de miles de dominicanos hijos de haitianos, provocó que personas sin identificar pagaran una fortuna para imprimir y distribuir tres millones de panfletos difamatorios en contra de ambos comunicadores.

Pero esos malos dominicanos tienen que vérselas en la confrontación abierta con miles y miles de personas sensatas en este país que se identifican con Juan Bolívar y Huchi, quienes hicieron lo correcto en apoderar al Ministerio Público de su denuncia.

Algo debemos tener bien en claro. Los tropiezos que han tenido las instancias estatales en las últimas semanas, luego de resolutarse la sentencia, ha provocado que se incurra en gastos de recursos inmensos, empleo de tiempo y erogaciones pero que por ahora no se vislumbra haya una solución a la vista.

Y aquí no cabe a la perfección una frase que quizás en las esferas oficiales estén deseando. Me refiero a la “satisfacción del deber cumplido”. Le falta mucho para ser realidad.

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