Es una constante en mí el hecho de pensar cómo se va desmadejando el mundo en la psique de un escritor. Ese mundo que luego será historia, cuento, novela, qué  le concede valor y perspectiva, señalando como en mapa cartográfico de donde viene el afluente. Creo que para cada uno de ellos ese punto de partida ha de ser individual y absolutamente privado. Lo imagino habitualmente como destello de luz que de repente inunda el cerebro, que permite cuando sucede que todo se vea más claro. Es entonces, en el momento preciso, cuando el pasado se funde con el presente y los hilos conductores adquieren un sinfín de sentidos nuevos. Intuyo desde siempre que dicha conexión permanece agazapada como leopardo que acecha tu interior para devorarte por dentro si no le das salida. A veces me da por imaginar que los escritores han de pasar mucho tiempo tendidos en un diván en ejercicio de constante regresión rememorando una calle, un hecho puntual o no, un gesto trivial que rescata la memoria y que provoca un inmenso maremoto.

En mi caso recuerdo haber asistido hace ya muchos años a una fiesta familiar en casa de unos amigos. En aquel entonces todos los presentes eran jóvenes prometedores llenos de proyectos por cumplir. Muchos de ellos aspiraban a descollar en el futuro en  campos muy diversos algunos en la política, otros en el escurridizo espacio de la literatura. Por mi parte tan solo les observaba desde mis doce años recién cumplidos. Yo era un niño atento a los detalles más insignificantes ya en aquella época. Desde muy temprano me  gustaba contemplar los movimientos de la gente,  los ademanes subliminales que pasan desapercibidos a ojos poco atentos, esas frases no dichas pero que son interpretadas con discreción por los actores. Ahora pienso, con el pasar del tiempo, que mi mirada desde muy pequeño se había ido entrenando poco a poco en el ejercicio de una visión atenta e introspectiva. Fueron tantos y tantos los detalles retenidos por la memoria en aquella sencilla fiesta entre amigos, que ésta años después llegó a convertirse en aljibe profundo del que sacar agua para un cuento o tal vez una novela.

Cada uno de los participantes de aquel encuentro, con sus sueños juveniles realizados o no, con sus éxitos y fracasos, novela hoy toda una vida. Esto que hoy les cuento, reitera de nuevo en mí el concepto de que sin un pasado rico en vivencias es casi imposible el hecho  literario de narrar. Esa grieta temblorosa que alimenta todo intento de escribir ha de estar presente en cualquier lugar. En mi caso le debo a este hecho, aparentemente trivial, el sedimento para muchos relatos posibles que como herida abierta en algún momento han de brotar.