Para algo debe servir la felicidad puesto que las Naciones Unidas (NU) miden su nivel cada año en 156 de los países miembros. Su último World Happiness Report 2018 (http://worldhappiness.report/ed/2018/), cuyos hallazgos provienen de la Encuesta Mundial de la Gallup, trae consigo la primicia de que Finlandia ha desplazado a Dinamarca del primer lugar en el nivel de felicidad de sus respectivas poblaciones. Es bueno, por tanto, saber las razones de que ocupe ese sitial. De ahí se podrían derivar lecciones que nos permitan aproximarnos al nirvana deseado, aunque para lograrlo debamos incurrir en arbitrariedades interpretativas.

A pesar de que casi todos anhelamos ser felices y la gran mayoría de los seres humanos persigue su logro, la reflexión sobre la felicidad no es muy frecuente.  Como en el caso del amor, también es poco frecuente que se defina de una manera que los demás puedan aceptar. Etimológicamente, la palabra felicidad proviene del latín felicĭtasfelicitātis, que a su vez se deriva de felixfelīcis, que significa ‘fértil’, ‘fecundo’. Pero lo que “fértil” o “fecundo” puedan significar se presta a múltiples interpretaciones. En consecuencia, la amalgama de implicaciones de cada interpretación resulta en un amplio espectro de posibilidades. 

Un tema tan profundo como ese requiere un amplio tratado que no es posible reproducir en un artículo periodístico. Basta con asistirnos aquí de Google para atisbar las raíces del problema interpretativo y sacar algunas conclusiones. Dos categorías de referencias validas pueden ser 1) las sentencias de algunos sabios de la cultura occidental y 2) lo que dicen los diccionarios y analistas del tema. Se admite de antemano que esta selección es algo “light” y que no puede comportar la formalidad de un análisis filosófico profundo.

La selección de los sabios puede ser al azar.  Aristóteles decía: “Solo hay felicidad donde hay virtud y esfuerzo serio, pues la vida no es un juego.” Mientras, Mahatma Gandhi sentenció: “La felicidad es cuando lo que piensas, lo que dices y lo que haces están en armonía.”  Para Carl Jung, por su parte, “la palabra felicidad perdería su significado si no fuese equilibrada por la tristeza.” Y para Benjamín Franklin “la felicidad humana generalmente no se logra con grandes golpes de suerte, que pueden ocurrir pocas veces, sino con pequeñas cosas que ocurren todos los días.”  El denominador común de estos aforismos es que existen precondiciones que cumplir antes de que se pueda ser feliz.  Virtud y esfuerzo, armonía, tristeza y una sucesión de pequeñas cosas son requisitos que delatan el sesgo perceptual de los diversos pensadores.

Las definiciones de los diccionarios y los analistas conllevan similares condicionamientos. Un diccionario define la felicidad como el “estado de ánimo de la persona que se siente plenamente satisfecha por gozar de lo que desea o por disfrutar de algo bueno.” En Wikipedia encontramos otra definición algo parecida: “La felicidad es una emoción que se produce en un ser vivo cuando cree haber alcanzado una meta deseada.”  Estas dos definiciones asumen como base un componente emocional; mientras la primera habla de “estado de ánimo”, la segunda se refiere a “una emoción”.  En ambas se supone “una condición interna o subjetiva de satisfacción y alegría”, pero siempre como resultado de haber alcanzado algo deseado.

Pero otras definiciones plantean otros complejos requisitos. Ejemplo: “La felicidad es un estado anímico de plenitud existencial donde se valora la vida como algo positivo y digno de ser vivido. Es alcanzar las metas propuestas, y disfrutarlas, no percibiendo la falta de logros como frustraciones, sino como desafíos. Una persona feliz sonríe, disfruta, goza, como un sentimiento permanente, a diferencia de la alegría que es un estado pasajero. Cómo hallar la felicidad dependerá de cada uno de nosotros, ya que lo que hace feliz a alguien puede no representar la felicidad para otro.” A esa definición habría que decirle: “Chupe usted y déjeme el cabo”.

Debido a esta multiplicidad de ángulos interpretativos, medir la felicidad no es tarea fácil ni siquiera para los excelsos técnicos de las NU. Ellos han optado por el pragmático método de solicitarle a los encuestados que valoraran ellos mismos, usando una escala de 0 a 10, para precisar su nivel de satisfacción con sus propias vidas. Aquellos países que registran los mejores resultados en seis variables que se tienen como indispensables para el bienestar (ingreso, esperanza de vida saludable, apoyo social, libertad, confianza y generosidad) tienden a registrar los más altos niveles de satisfacción. No sorprende entonces que en el reporte del 2018 los 10 países que califican como los más felices incluyen cinco países nórdicos  (Dinamarca, Suiza, Noruega, Suecia y Finlandia), mientras los otros cinco son Suiza, Nueva Zelandia, Canadá, Holanda y Australia.  En el ranking EEUU está en el puesto 18, mientras Costa Rica está en el 13 y la RD en el 83 (https://s3.amazonaws.com/happiness-report/2018/CH2-WHR-lr.pdf).   

Los finlandeses están tan acostumbrados a figurar entre los primeros en una serie de rankings mundiales que ellos mismos siempre los critican. Cuando en el 2014 el Foro Económico Mundial los calificó como la economía más competitiva de Europa, el presidente de la Cámara de Comercio escribió que eso no era posible. En relación con la felicidad, por lo menos un experto finlandés en la investigación del bienestar refuta la conclusión de NU. Ese experto seleccionó varias maneras diferentes de medir la felicidad y terminó encontrando que con esas medidas alternativas los 10 países en el tope del ranking de NU no calificarían. 

Ese experto también asegura que, paradójicamente, la misma aversión de los finlandeses a la felicidad podría hacerlos más felices. “Cuando se mira cuanta emoción positiva experimenta la gente…los países latinoamericanos como Paraguay, Guatemala y Costa Rica figuran entre los más felices del mundo”, mientras no debe sorprender que Finlandia se aleja del grupo tope por la reputación de su gente de no mostrar sus emociones. Además, Finlandia califica como el segundo país después de EEUU con la mayor incidencia de depresión unipolar. El experto también cita un estudio de 132 países para medir el significado de la vida y que Togo y Senegal figuran en los primeros lugares, mientras EEUU y Finlandia se quedan muy atrás, tal vez porque los países más ricos son los menos religiosos.

El experto en cuestión concluye que diferentes personas (o países) definen la felicidad de manera diferente y una puede ser puntera en una de sus dimensiones pero no en otras.  Por eso habría que juzgar cada dimensión separadamente. “Si la felicidad es la prevalencia o exposición de emociones positivas, entonces Finlandia no es el país más feliz. Pero si la felicidad es una satisfacción callada con las condiciones de vida, entonces Finlandia, al igual que otros países nórdicos, podría ser uno de los mejores lugares donde vivir.” (https://blogs.scientificamerican.com/observations/finland-is-the-happiest-country-in-the-world-and-finns-arent-happy-about-it/).

Frente a este tinglado interpretativo resulta retador hurgar en las razones por las cuales los dominicanos estamos tan rezagados en el ranking que hace las NU sobre el nivel de felicidad.  Está claro que no clasificamos entre los países que mejor desempeño tienen en las seis variables mencionadas arriba porque no tenemos el nivel de desarrollo material de las naciones ricas. Pero también está claro que no escatimamos en mostrar nuestras emociones positivas, somos gregarios y propensos a la socialización y somos suficientemente religiosos como para sentir un grado importante de significado en nuestras vidas.

¿Tiene que ver el hecho de clasificar entre los países de mediano desarrollo que estemos en el puesto 83 (medio) en el ranking de la felicidad de NU? ¿Cómo podríamos ascender en el ranking? ¿Sería iluso pretender que estrechando las relaciones diplomáticas y comerciales con los países nórdicos podríamos absorber algo de su felicidad? Sin importar los desacuerdos sobre la definición de la felicidad, la certeza es apremiante de que todos aspiramos a ella. Mientras escudriñamos su verdadero significado es mejor seguir aspirando y tal vez nos sorprenda encontrarla.  Pero eso será difícil, tal y como nos advirtió Aristóteles, sin “virtud y esfuerzo serio”.