El mundo que veo

Adiós al Caballo Mayor

A los pocos minutos de anunciada su muerte, Poteleche, genial, desvió la famosa frase que él introducía en las canciones “Oye qué rico, mami” por “Oye qué triste, mami”.

Por Jeanne Marion Landais

Acaba de fallecer Johnny Ventura y ojalá cada uno de nosotros poder hacerlo como él, con una fructífera trayectoria y la emoción sincera de los relacionados que, en el caso de él, como era una figura pública, los relacionados somos muchos.

No es aspirar a que todos seamos cantantes, compositores, arreglistas, merengueros, productores de televisión, diputados y alcaldes, es que hayamos podido contribuir a la alegría, mantener amistades sinceras, asumido responsabilidades con dedicación y contado con el amor y la compañía de una pareja que nos valoró independientemente de nuestros éxitos.

Sobre contribuir a la alegría no es necesario buscar evidencias.  Basta con escuchar cualquier merengue de él para saberlo. A los pocos minutos de anunciada su muerte, Poteleche, genial, desvió la famosa frase que él introducía en las canciones “Oye qué rico, mami” por “Oye qué triste, mami” y aunque uno concuerda en reconocer que la ocasión es triste, inmediatamente se transporta a la alegría de cuando él la pronunciaba.

En cuanto a la sinceridad y duración de sus amistades, podemos recordar que las que mantuvo con Tito Campusano, Rafael Corporán De los Santos y José Francisco Peña Gómez se iniciaron cuando ellos estudiaban locución en La Voz Dominicana, administrada por José Arismendy Trujillo (Petán). Más tarde, fue al calor de la relación con Peña Gómez que Johnny Ventura se fue involucrando con el Partido Revolucionario Dominicano, desde donde sirvió al país en varias condiciones públicas.  Hasta el final de su vida fue generoso en su accionar político, tal como lo demostró la composición desinteresada de una pieza que se convirtió en la más escuchada durante la última campaña presidencial del año 2020. La melodía resultó tan pegajosa que personas de todos los espectros políticos la disfrutaron y pidieron que la transformara con una letra más universal.

Esa participación siempre estuvo acompañada de un alto sentido del deber. La finalización de sus estudios en derecho, que habían sido un sueño de juventud, aleccionado también por su cuñado, los asumió como una manera de realizar mejor sus funciones públicas.  En sus años como diputado nunca faltó a una sesión, a pesar de tener compromisos artísticos en diferentes ciudades, algunas en el extranjero.

Sobre el amor recibido de parte de su esposa, él mismo destacaba el hecho en sus redes sociales. Mucho antes que eso, los antiguos colegas de Josefina Flores en el Banco Popular, donde ella trabajó en la sucursal de la calle Isabel la Católica, recuerdan que más que su atractiva figura – que la tenía -,  en ella se destacaban la amabilidad y cortesía.  Ellos supieron en su momento, como después lo señaló el propio Johnny Ventura muchas veces después, las reticencias iniciales que tuvo su padre, el ingeniero Luperón Flores, con respecto a que su hija se uniera de por vida a un músico. La confianza y aceptación con que ella le ofreció no obedecieron a los numerosos logros que tantas personas hemos disfrutado enormemente. Una vida plena

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