Lo conocí en el gimnasio, decía la mujer.  Siempre buscaba ocasión para ponerme conversación.  Tú sabes, primero la sonrisa de oreja a oreja, preguntas torpes que te hacen ver por dónde vienen, esperando que tú también seas tan torpe como para creerles el cuento.  Yo siempre fui cortante, educada pero le hice sentir la distancia. 

También lo veía en la escuela llevando sus hijos, y aprendí a evadirlo.  Hasta que un día me tocó encontrármelo cara a cara junto a su esposa e hijos en la piscina.  Cuando me saludó de su esposa salieron rayos y centellas.  Reaccionó con los típicos celos, asumiendo lo que no existe entre su conyugue y yo. 

Pero, conociendo al elemento, supongo que esa es la constante situación que viven, por tanto, decidí no tomar su reacción de forma personal.  Al fin y al cabo, ni el mono de su marido me atrae, ni la amargura de vida que ella tiene.   –A este punto su relato denotaba hastío, ese que justifica el uso de la frase:  “Bastante problemas tengo ya, como para echarme también los ajenos”.

Cuál fuera mi sorpresa –continuaba- cuando la conflictiva pareja se me acercó un día para solicitarme el cuidado de sus hijos después de la escuela.  La necesidad tiene cara de hereje, pues la mujer masticaba su orgullo mientras aceptaba la idea de que fuera yo, a quien le estaban recomendando.  En fin, que esto nos obligó a todos a estar en contacto diario, ahora desde una perspectiva diferente.  Por esta causa, me enteré de cosas íntimas de sus vidas.

 No que así lo quisiera, simplemente sucede –decía con franca resignación-   Pero con esta pareja, por más que me quiero mantener al margen, ellos cada cual por su lado, quieren atraerme hasta su lado del ring.  Al marido, le tengo que recomendar qué meriendas comprar para sus hijos, porque todo lo que les trae es malo, nada sano. 

De ahí que me da pena que a sus hijos se les vayan los ojos viendo lo que comen mis hijos, frente a lo que les toca a ellos.  Por eso, empecé a darles de nuestra comida, ¿y qué crees?  Ahora el marido también me pide.  El otro día me dijo que cuando me sobrara algo, le avisara, para él llevárselo de almuerzo a su trabajo.  Lo hice una vez y ¡craso error!.  Me manda textos preguntándome si no he acumulado nada en esta semana.  Por su lado, la esposa, se ha desahogado conmigo, contándome los maltratos tanto físicos como mentales, que el marido le infringe, mientras en la calle se muestra como un simpático Don Juan, en la casa es otra historia.  Ella llega de su trabajo a hacer de todo en la casa, y él se queja de que no le gusta lo que ella le guarda de comida.

Dime, ¿a quién le creo? Si me dejo arrastrar por estos dos, estaré complicando mi vida, y la verdad es que ni soy consejera de nadie, ni cocinera y mucho menos la tercera parte en ese matrimonio.  Te juro que he estado a punto de decirle que se busquen otro lugar para cuidar de sus hijos, los cuales, te cuento me dan pena.  Tienen conflictos de personalidad y autoestima, y no es difícil entender el por qué.

A pesar de todo el embrollo, la protagonista de la historia ha tratado de ser una influencia positiva para esta pareja.  Cuenta que el marido sufrió un stroke hace unos meses atrás, tiempo en el cual ella oró fervientemente, incluso con él al teléfono desde el hospital.  Dice que esto lo quebrantó y le escuchó llorar y agradecer su compasión.   –Les recomendé una iglesia, cuenta- les he dicho lo importante que es el guiar a los chicos por los caminos de Dios desde temprano en sus vidas, y la necesidad de que sea Jesús la tercera persona entre ellos, para que se limen las asperezas que son ya rutina en sus vidas.  Pero ellos son tan ciegos, que dicen querer, pero no hacen. 

Lo que sí hacen es usarme, ella como paño de lágrimas y él aun no deja de dejarme saber su “admiración” y el deseo de que “las cosas fueran diferentes en su vida con una mujer como yo”.  Tú deberías valorar lo que tienes, le he contestado varias veces, y revisar lo que haces mal.  Le he dicho sin revelar que conozco las dos caras de la moneda. 

Te sorprenderías de los resultados, le he contestado ya varias veces, hasta con sarcasmo.  En fin que, -concluyó- a estas alturas, ambos saben cuál es mi postura, y a ambos les he aconsejado buscar ayuda con Dios.  Yo oro por ellos como oro por cualquiera que así me lo pida, pero de ahí a involucrarme más, “no way!!!”  Yo no soy el Espíritu Santo Junior.  Dios me libre!!!

Después de analizar lo dicho, entre otros muchos detalles que no caben en este relato, no la juzgo como indiferente ante los conflictos de esta pareja, por el contrario, la entiendo.  Cada quien debe hacer su parte, tomar las riendas de sus hechos y enderezar lo torcido, siguiendo la luz que le indique Dios y no echando su carga sobre otro ser humano, que se va a asfixiar y al que luego van a culpar de entrometido. 

Por eso, es cierto que, aunque podamos dar un consejo y prestar ayuda, como somos llamados por Dios mismo, no debemos traspasar el límite de la realidad.  Dios es el que cambia, Dios es el que todo lo puede, Dios es a quien todos necesitamos en nuestras vidas.  El Espíritu Santo es quien mora desde nuestro interior, transformándonos cuando aceptamos a Jesús como nuestro Salvador, por tanto, secundo lo dicho, nuestro papel debe ser de intercesores.  Dios no necesita que lo sustituyamos, porque cuando así lo hacemos, todo sale mal y nosotros embarrados. 

1 Timoteo 2: 1-6Amonesto pues, ante todas cosas, que se hagan rogativas, oraciones, peticiones, hacimientos de gracias, por todos los hombres;  Por los reyes y por todos los que están en eminencia, para que vivamos quieta y reposadamente en toda piedad y honestidad.  Porque esto es bueno y agradable delante de Dios nuestro Salvador;  El cual quiere que todos los hombres sean salvos, y que vengan al conocimiento de la verdad.  Porque hay un Dios, asimismo un mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre; El cual se dio á sí mismo en precio del rescate por todos, para testimonio en sus tiempos.

¡Bendiciones!