VAMOS A TENER dos campañas electorales durante los próximos tres meses, una en Estados Unidos y otra en Israel. No sé cuál de las dos es más importante para nuestras vidas.

En muchos aspectos, ambas elecciones son muy diferentes. Pero en otros son sorprendentemente similares.

Es interesante establecer algunas comparaciones.

LAS ELECCIONES de EE.UU. son mucho más corruptas que las nuestras. Es, inevitablemente, así.

Desde el advenimiento de la televisión, se han vuelto enormemente caras. Los anuncios de televisión cuestan mucho dinero. Suficiente dinero sólo puede venir de las grandes corporaciones y de los multimillonarios. Ambos candidatos están fuertemente hipotecados por los grupos de presión y los intereses del comercio, a los que tendrán que servir en el cargo desde el primer día.

El enorme poder del lobby pro-Israel en los EE.UU. se deriva de este hecho. No se trata tanto de los votos judíos; se trata del dinero judío.

La única forma de cambiar eso es proporcionar a los dos lados tiempo libre en la TV y limitar los anuncios políticos. Que esto ocurra es muy poco probable, porque los multimillonarios de ambas partes no renunciarán a su dominio sobre el sistema. ¿Por qué habrían de hacerlo?

En Israel, todos los partidos reciben tiempo gratuito en la televisión y la radio, según su tamaño en el Knéset saliente (con un mínimo garantizado para los recién llegados). Los desembolsos están estrictamente controlados. Eso no impide el mismo tipo de corrupción. Por ejemplo, el mismo Sheldon Adelson financia tanto a Mitt Romney como a Benjamín Netanyahu. Pero la cantidad del dinero manchado recaudado y gastado en Israel es mucho menor.

Por otro lado, no tenemos debates presidenciales. Ningún ministro israelí sería tan tonto como para estar de acuerdo con ellos. En los debates de los EE.UU., cuando un retador se enfrenta con el titular, el aspirante obtiene un gran premio justo al comienzo del primer debate. Hasta ese momento, él es un simple político, lejos de la Casa Blanca. De pronto, se eleva a la condición de un presidente potencial que se ve y “suena” presidencial. Netanyahu jamás estaría de acuerdo con eso.

(Por cierto, el torpe desempeño de Obama ‒todo es una actuación, después de todo‒ en el primer debate fue más evidente cuando Romney se burló de los donantes de “verdes” de Obama. Eso debería haber sido el pie para que Obama saltara y atacara a los donantes de “verdes” de Romney. Supongo que Obama no sólo no estaba escuchando a su oponente, sino pensando en su propia línea de texto siguiente ‒siempre, un error fatal en un debate)

LA PRINCIPAL diferencia entre las dos elecciones corresponde a las diferencias entre los dos sistemas políticos.

Las elecciones presidenciales en Estados Unidos son competiciones entre dos personas, en las que el ganador se lo lleva todo. Esto significa, en la práctica, que toda la batalla es por el voto de una pequeña minoría de “independientes” (o “votantes indecisos”) en un pequeño número de Estados. Todos los demás ya tienen una opinión fija desde antes que se gaste el primer dólar de las elecciones.

¿Quiénes son estos votantes indecisos? Sería agradable pensar que son ciudadanos soberanos, que sopesan cuidadosamente los argumentos y trabajan a favor de una decisión responsable. Tonterías. Son las personas que no leen los periódicos, a quienes las elecciones le importan un bledo, y que deben ser arrastrados a las urnas. A juzgar por los anuncios dirigidos a ellos, muchos deben ser idiotas.

Sin embargo, es la gente que decide quien será el próximo Presidente de los Estados Unidos de América.

Y ese no termina ahí. No se debe olvidar que las elecciones pueden decidir la composición del todopoderoso Tribunal Supremo y de muchos otros centros de poder.

EN ISRAEL, las elecciones son estrictamente proporcionales. En las últimas elecciones participaron 33 listas de partidos y 12 pasaron el umbral del 2%.

El próximo primer ministro no será necesariamente el líder del partido con más votos, sino el candidato que pueda agrupar una coalición de no menos de 61 de 120 miembros del Knéset (el Parlamento).

La verdadera batalla en Israel no es entre partidos sino entre bloques. ¿Puede la izquierda (o “centro-izquierda”, como les gusta llamarse a sí mismos hoy en día) alcanzar la cifra mágica de 61?

En la práctica, Netanyahu no tiene ningún competidor real en este momento. No sólo no hay ningún otro líder que parezca remotamente cerca de ser elegible, sino que la coalición del actual gobierno está compuesta por fuerzas que lo más probable es que continúe comandando una mayoría en futuro previsible. Ellos son el Likud, y los ortodoxos y todos los demás partidos religiosos, los colonos y un surtido de fascistas.

Con la enorme tasa de natalidad de los judíos ortodoxos, esta mayoría crecerá, inevitablemente. Es cierto que la tasa de natalidad de los árabes musulmanes pudiera preservar el equilibrio demográfico, pero los votantes árabes no cuentan; apenas son mencionados en las encuestas y no se mencionan en absoluto en cualquier especulación sobre coaliciones futuras. Su incapacidad crónica para unirse y formar una fuerza política viable incide en esta imagen negativa.

Sin embargo, los miembros árabes pueden desempeñar un papel importante en negarle a Netanyahu una mayoría, en el caso improbable de que las fuerzas sean iguales.

ENTONCES, ¿QUÉ hay con el bloque de izquierda?

Por el momento, presentan un aspecto lamentable. Hasta ahora, se reunían por lo menos una vez al año, cuando el mitin conmemorativo por Yitzhak Rabin se llevaba a cabo en el lugar donde fue asesinado, ahora llamada Plaza Rabin.

Este año, hay dos manifestaciones conmemorativas separadas en el mismo lugar, con una semana de diferencia.

Una de ellas es la reunión tradicional. En general, cien mil personas se reúnen para llorar por Rabin y la paz. La reunión es estrictamente es “apolítica” y no partidaria, los discursos son insípidos, los temas “extremistas” son mal vistos, los asesinos y sus partidarios se mencionan con precaución, se habla mucho (y se canta) sobre la Paz, sin mucha sustancia. Los temas sociales no se mencionan en absoluto.

La otra es la que realizan partidarios oficiales del Partido Laborista, ahora encabezados por Shelly Yachimovich. Se habla mucho de la injusticia social y del “capitalismo porcino”, pero está prohibido hablar acerca de la ocupación y los colonos. La paz se menciona, en todo caso, como un eslogan vacío.

Yachimovich, una ex periodista radial de 52 años de edad, ha visto crecer al partido bajo su administración, de un remanente lamentable a un respetable total de 20 asientos, según las urnas. Ella ha logrado esto al evitar con esmero cualquier conversación sobre la paz, porque la paz se ha convertido en una mala palabra (en hebreo). Ha expresado su simpatía por los colonos y los ortodoxos, aceptando la ocupación como un hecho vital. Bajo presión, ella ha elogiado la solución de los dos Estados, dejando claro que las cosas utópicas como esa en realidad no le interesan.

Su único objetivo es luchar por la justicia social. Sus enemigos son los magnates, su bandera es la socialdemócrata. No menciona el hecho de las enormes sumas necesarias para cualquier cambio social significativo se despilfarran en el enorme presupuesto militar, los asentamientos y los parásitos ortodoxos que no trabajan.

Antes, la Izquierda israelí solía jactarse de que llevaban dos banderas: la Paz y la Justicia Social. Ahora nos quedamos con dos Izquierdas: una lleva la bandera de la paz sin justicia social, y la otra porta la bandera de la justicia social sin la paz.

No me gusta la estrategia Yachimovich, pero al menos tiene un objetivo. Se le puede defender en términos puramente pragmáticos. Si al concentrarse en los asuntos sociales, y haciendo caso omiso de la ocupación, ella pudiera reunir los votos del bloque derechista y ampliar la izquierda, podría ser un ardid justificable.

¿Pero es una táctica? ¿O refleja sus convicciones reales? No puede haber ninguna duda de que ella es sincera en su inquebrantable devoción por la justicia social ‒sus actividades en el Knéset dan fe de eso‒. ¿Pero puede decirse lo mismo acerca de su dedicación a la paz, que se expresa sólo bajo presión?

YACHIMOVICH no es la única pretendiente al trono de la izquierda. Todo el mundo puede ver que hay un enorme agujero negro en el lado izquierdo del mapa político, y muchos están ansiosos por llenarlo.

Ehud Olmert, que recién fue declarado culpable por cargos menores y todavía está bajo varias acusaciones de corrupción, insinúa que tiene muchas ganas de volver. Lo mismo ocurre con Aryeh Deri, que ya cumplió su pena en prisión por corrupción y desea suplantar el racista Eli Yishai. Tzipi Livni, la inepta líder de Kadima, también quiere regresar. Yair Lapid, el guapo estrella de la televisión, que tiene el don envidiable de sonar convincente sin decir nada, ha fundado un nuevo partido, llamado "Hay un Futuro", y ve un futuro prometedor ‒para él. Daphni Leef, el héroe del año pasado de la rebelión social, habla de un nuevo levantamiento extraparlamentario, pero puede que quizás sea convencido de que, después de todo, pudiera ser parlamentario. Y así por el estilo.

Un soñador decidido pudiera esperar que todas estas fuerzas se unan y le quiten el poder a Netanyahu, de acuerdo con la famosa máxima militar de Helmut von Moltke, “Marcha por separado, pelea en conjunto”. Sin embargo, yo no apostaría por eso. Las probabilidades en el casino Macao de Sheldon Adelson se ven mejor.

ASÍ QUE ¿cómo será cuando llegue la primavera? ¿Obama con Netanyahu, Netanyahu con Romney, o cualquiera de ellos con otra persona?

Como dice la manida frase: “El tiempo lo dirá”.