En esta semana estuve en El Caliche de Villa Duarte de Santo Domingo Este, acompañando al reverendo padre Gregorio Mateu y a Fray José Guerrero, ambos sacerdotes franciscanos. Me partió el alma sentir tanta necesidad y palpar las condiciones infrahumanas en que vive la gente de esa comunidad. Sentí que el padre Gregorio sacaba ánimo del fondo de los océanos, para darle aliento a esta gente, aunque pocas veces pudo sonreir como siempre lo hace, aún en circunstancias de dificultad. Lo he visto dando esperanza y alegría a los enfermos de cáncer y levantando a los que tienen depresión mayor. Esta vez lo percibí con las energías un tanto neutralizadas. Lo vi muy triste.

El Caliche es un lugar olvidado por las autoridades. Allí la gente está viva y nada más. Y vaya que vida!. Negada de todo; tan sólo con su Dignidad del Ser atropellada por la negación más absoluta de las bondades de la tierra y de la vida, entre el calor, el hacinamiento, el mal olor, la ausencia de fogones encendidos, casuchas obscuras, lúgubres, inestables y de las más precarias condiciones.

Allí la única esperanza es PAZ Y BIEN, los Hermanos Pobres de San Francisco. Los monjes franciscanos que viven en ese lugar, comandados por Fray José, con la misma pobreza material que el resto del barrio, pero con una inmensa riqueza espiritual y un excelso sentido de misión. Ellos están ahí para dar hasta que les duela. Así lo he percibido. Ellos se duelen de los que sufren y viven para aliviar la vida de los desposeídos.

Penosamente, la pobreza en la República Dominicana la asumimos como algo normal y corriente. Estamos tan acostumbrados que difícilmente nos alarmamos cuando notamos que las personas que deambulan por las calles, cada vez son más frecuentes, pero sobre todo, que han aumentado los niños mendigos y pedigüeños; los envejecientes, y qué no decir de los haitianos. Si nos detenemos a analizar la magnitud del problema, nos damos cuenta de que esta situación es alarmante.

No es un secreto para nadie que en esta tres cuartas partes de la isla cohabitamos dos Repúblicas Dominicanas. Somos un Estado unitario jurídicamente hablando, pero cuán distantes estamos los que tenemos acceso a una vida digna, de los que tienen negado prácticamente casi todo. Son dos países. Sólo nos falta hablar idiomas diferentes y de por si ya tenemos entre nosotros, mezclados en nuestros barrios marginados y nuestros campos, otro idioma o dialecto interactuando con el castellano dominicano.

Cerca de la mitad de la población de República Dominicana vive en la pobreza, casi cinco millones de habitantes y una tercera parte de estos pobres, esto es, cerca de 900 mil viven en la extrema pobreza o indigencia. No hay que haber hurgado mucho en la situación de otros países para llegar a la conclusión de que estos números son espantosos.

Se ha definido extrema pobreza como “el estado más severo de pobreza. Cuando las personas no pueden satisfacer varias de las necesidades básicas para vivir, como alimentoagua potabletechosanidad y cuidado de la salud”. Según el Banco Mundial, son aquellas personas que viven con menos de 1 dólar y 0.25 centavos al día, que en dominicano representa menos de 50 pesos.

Todo esto quiere decir que la mitad de la población dominicana sobrevive o subsiste, no tiene acceso a una vida en dignidad y tiene carencia de recursos para satisfacer sus necesidades físicas y psíquicas uniéndose a esto, la marginalidad, la inseguridad ciudadana, la exclusión social, la falta de oportunidades, el desempleo, la ausencia de los servicios básicos, deserción escolar, discriminación, violencia, atropellos, hacinamiento y condiciones de vida infrahumanas, en el caso de los pobres de solemnidad.

Toda una historia, desde que muchos dominicanos y dominicanas de mi generación tenemos uso de razón, sin que se enfrente este problema en la raíz. Siempre paliativos, programas desde el sector público que van por las ramas y que no apuntan a por lo menos eliminar la pobreza extrema que es la más lacerante, destructora, injusta, que es la que más se asemeja al infierno y que bien podría ser atacada, pues en nuestro país hay un gran dispendio de recursos,  con los que bien se le puede dar al corazón a esta insondable epidemia.

Si no se le da prioridad a esta situación definitivamente que fracasaremos como país. Hay que acabar con el clientelismo y la utilización de la gente que tiene sus estómagos vacíos. Trabajemos con humanismo, sin dádivas, enseñando a la gente, proveyendo los barrios de los servicios básicos, multiplicando los politécnicos y acabando, de una vez y por todas, sin “cacareos”, con los semilleros de desesperanza y de violencia detenida que se anida en el corazón de la gran mayoría de la gente joven y adulta que vive en la marginalidad y con la negación de todo.

Pienso: Cuándo llegará el día en que la pobreza extrema por lo menos se modere? No me resisto a aceptar que el mundo es así tan sencillamente. Si hubieran gobiernos y gobernantes que se dolieran verdaderamente de la gente, todo esto no ocurriera de esta vergonzosa y triste manera. De eso estoy segura.