El Partido Reformista Social Cristiano ha sido tradicionalmente un aliado del gobernante PLD, salvo en dos contadas ocasiones. La primera ocurrió con el apoyo electoral del PRD en el 2000, que llevó a Hipólito Mejía a la presidencia. Y ha pactado con el opositor PRM para las elecciones del mes próximo, la segunda vez.

Pero en esta ocasión la maniobra fue pensada en frío. Había que tejer el fino arte del pragmatismo político para crear el efecto de la ubicuidad: estar en dos sitios al mismo tiempo. En el gobierno y en la oposición.

Entonces el Lic. Marino Collante Gómez, director de la Autoridad Aeroportuaria, creó el Consejo Presidencial Balaguerista, el dispositivo perfecto para que una porción del balaguerismo se quedara regenteando las parcelas de poder gubernamental asignadas al PRSC. Mientras la otra parte del partido se fue al PRM en busca de cuotas de poder en las instancias congresuales y municipales.

En la estrategia debía, además, guardarse las formas. En la artesanía política, como en cualquier otra actividad cultivada con esmero, no deben quedar ripios sueltos. Por ello era menester no aparecer como tránsfugas. Al fin y al cabo los “balagueristas-peledeistas” no se iban a ningún lado, sino que se quedan ocupando altos cargos en el gobierno.

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En paralelo, el Presidente de la República, Lic. Danilo Medina Sánchez, a veces gusta del sarcasmo, del bufeo político. En la reunión del Comité para América Latina y el Caribe de la Internacional Socialista, que sesionó en el país, pronunció un discurso donde expresa preocupación por la débil regulación de la actividad de los partidos políticos.

Ahí solicitó al Congreso Nacional priorizar la aprobación de la Ley de Partidos Políticos y la Ley Electoral, un proyecto que ha estado dando vueltas en el congreso por más de una década, sin acabar de aterrizar.

El Presidente Medina dijo que se quiere asegurar de que se cuente con una legislación que garantice la vigencia de las reglas del juego en la consolidación democrática del país.

A cualquiera se le rompe la cabeza pensando en lo que pensaba el Presidente cuando elaboró ese discurso. Veamos:

… “los partidos no pueden dejar que los proyectos personales o el clientelismo se apoderen de su verdadero propósito, ni permitir que sus miembros violenten sus propias reglas.”

¿Qué fue, entonces, lo que primó en la disposición de los dirigentes reformistas? ¿Y la del PRD?

El Presidente siguió conceptuando impertérrito: “En las democracias consolidadas se ve que la atención de la antipolítica ha ido en crecimiento. Y cuando aparece la antipolítica invita a esos ciudadanos empoderados a avanzar por callejones sin salida. Les invita a avanzar por vías del desencanto, el individualismo y de la satisfacción material.”

Como la actividad era de la Internacional Socialista, el presidente del PRD, Miguel Vargas Maldonado y también presidente de la IS, le correspondía discursear.

El acuerdo suscrito entre su partido y el de la Liberación Dominicana, expresó, contempla el compromiso de materializar los proyectos de la Ley Electoral y de Partidos Políticos. Es decir, a falta de conceptos densos, en su discurso, Vargas Maldonado no hizo más que refrendar al Presidente Medina. Y eso fue un alivio para la audiencia. Porque no hay peor mudo que aquel que quiere hablar.

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Lo raro del caso es que ni el uno ni el otro, ni Medina ni Maldonado, externaron igual desvelo ante el desbarajuste inducido por estos para hacer pasar la reelección presidencial. Peor aún, el Tribunal Superior Electoral mantiene en ascuas cientos de recursos de impugnación de candidaturas en diferentes partidos políticos.

Las objeciones judiciales, en su mayoría, obedecen a hechos de transfuguismo político probado o como lo dice elegantemente la prensa, “disidencia política”.

Lo cierto es que hoy día las leyes en materia electoral y de partido, más que regular, siembran dudas. Esa nebulosa justifica que los tribunales electorales puedan juzgar de acuerdo al humor prevaleciente de los jueces. Favorecen a unos y condenan a otros por hechos exactamente iguales.

Y cuentan con una paradoja eficaz: cualquiera que sea la sentencia no hay forma de demostrar prejuicio o favoritismo. ¿Se puede pedir más?