Paradigmas

El legado de Martin Heidegger

Por Leonardo Díaz

El próximo jueves 7 de abril, desde las 8 de la mañana hasta las 4 de la tarde, en el salón de actos de la Academia de Ciencias de la República Dominicana, esta institución, junto a la Escuela de Filosofía de la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD) y el Departamento de Humanidades de la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra (PUCMM) organizarán un seminario titulado: “El legado de Heidegger”, dedicado a debatir sobre el filósofo alemán, con motivo del 40 aniversario de su fallecimiento.

El autor de El ser y el tiempo ha sido uno de los filósofos más debatidos y controversiales del siglo XX, no sólo por lo críptico de su estilo, por el carácter problemático de su pensamiento y por el valor heurístico de sus textos, sino también, por su colaboración con el régimen nacionalsocialista de Adolf Hitler.

El proyecto filosófico de Heidegger es inmenso, porque a partir de la pregunta por el sentido del ser y de la temporalidad, pretende hacer un arreglo de cuentas con el modo en que la historia de la filosofía ha abordado los problemas de la realidad y de la existencia humana.

Tomando distancia de los filósofos clásicos del pensamiento occidental (Aristóteles, Descartes y Kant), Heideger propone una “análitica existenciaria”, un modo distinto de analizar al ser humano, el único ente que, a su juicio, carece de una naturaleza dada desde su nacimiento, porque es un proyecto, es decir, está abierto a un abanico de posibilidades de las que puede apropiarse y lo definen en cada situación hasta su muerte.

A diferencia del yo abstracto de la filosofía moderna, Heidegger concibe a los humanos como “seres en el mundo”. Este concepto no tiene una connotación espacial. “Ser en el mundo” quiere decir que somos partícipes de un campo de relaciones con las cosas, las cuales están cargadas de significado, por lo que primordialmente, los objetos no son meros cuerpos extensos que yacen en un espacio geómetrico. La objetividad es ya un posicionamiento, una mirada de ver las cosas.

Decir que los objetos tienen un sentido no debe entenderse en términos meramente intelectuales. Si existe un signo distintivo de la filosofía heideggeriana es la toma de distancia con respecto a las concepciones intelectualistas de las tradiciones filosóficas predominantes en la cultura occidental. Para Heidegger, tenemos una relación afectiva con las cosas, los estados afectivos, cómo nos encontramos, constituye parte del estado de comprensión cotidiana de la que partimos y sobre éste se construye nuestro conocimiento intelectual.

Por tanto, no conocemos desde cero, desde un punto arquimédico o fundacional. Partimos siempre de un estado de comprensión previa. En El ser y el tiempo, Heidegger señala que “a las significaciones les brotan las palabras, mas que a éstas se las dote de significado”. Quiere decir que los significados no son propiedades impregnadas a las palabras, como podríamos pensar al leer un diccionario. Por el contrario, el uso de los términos ya tiene implícito un conjunto de significados dados por la tradición linguística heredada en nuestra cultura. A partir de esta tradición se anticipa todo conocimiento del mundo.

Otra tesis fundamental de Heidegger es que somos “seres para la muerte”. No se refiere esto al hecho sabido de que todos estamos destinados a morir, sino que la muerte constituye la más auténtica de nuestras posibilidades, la que coloca todo en perspectiva, evitando el aferramiento a las posibilidades existenciales que hayamos alcanzado.

Podemos asumir esta posibilidad y vivir lo que Heidegger denomina una “existencia auténtica”, o podemos intentar refugiarnos en la cultura del consumo de masas y del chisme -intentando olvidar la muerte- para vivir una “existencia inauténtica”.

La influencia de Heidegger es innegable, hasta el punto de que gran parte de las corrientes filosóficas más importantes del siglo XX (el existencialismo ateo, el deconstruccionismo francés, la filosofía hermenéuica) son deudoras de su pensamiento.

Su obra, una vez superada la incomodidad inherente a su estilo, constituye un reto del pensar. Un conjunto de intuiciones geniales con señales que orientan en el bosque de nuestra época

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