La edad de la razón

Ensayo y error

Por Fidel Munnigh

La vida es elección y renuncia inevitables, inaplazables. A cada momento de ella nos vemos enfrentados al drama de elegir y renunciar, y a tener que sufrir las consecuencias de estos actos. Si hemos elegido vivir (o mejor, seguir viviendo, puesto que no hemos escogido la vida: ella nos ha sido dada, es decir, impuesta), de lo que se trata entonces es de saber vivir. Y este es un arte como otro cualquiera. Más aún: es el único arte que en verdad importa o debería importar.

¿Qué sería mejor, vivir, a secas, o vivir bien? La respuesta luce evidente: vivir bien, saber vivir. Aclaro de inmediato que por “vivir bien” entiendo el vivir conforme a la sabiduría, no el vivir cómodamente, y que con “saber vivir” no me refiero exclusivamente al savoir-vivre de los franceses, que consiste en un saber mundano, en la facultad del trato social con miras al éxito.

Hoy se pretende que el sentido de la vida está en la comodidad, y es claro que no puede estar allí. Si estuviese allí, ¿cómo explicar entonces que a tanta gente que vive en el mayor confort le invada el hastío de la vida, ese hartazgo mortal que en ocasiones termina poniéndole fin a la existencia? El suicidio de un rico o acomodado basta para probar que no se debe buscar el sentido de la vida en la comodidad. Nadie se salva del universal taedium vitae, de aquel hastío de vivir que ataca al tirano Macbeth antes de la derrota final, nadie, a menos que se asuma la vida con profunda y verdadera alegría. La cuestión, una vez más, no está sólo en vivir, sino en vivir sabiamente.

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</a> ilustración gráfica de José Pelletier
ilustración gráfica de José Pelletier

Hay quienes creen hallar respuesta a la vida en el desenfreno y el vértigo. Recuerdo este lema: “Live fast, love hard, die young” (“Vive rápido, ama fuerte, muere joven”). El lema resume toda una filosofía de vida de una parte de la juventud occidental. Se convirtió en divisa emblemática de muchos hippies, los jóvenes rebeldes norteamericanos de los años sesenta y setenta que cantaban y bailaban y bebían y se emborrachaban y se amaban y se drogaban y se oponían a la guerra y rechazaban todas las convenciones sociales. Cantantes y músicos de rock famosos como Jimi Hendrix, Janis Joplin y Jim Morrison la hicieron suya. Curiosamente, como tantos otros, murieron por excesos en plena juventud (los tres J, llamados así por las iniciales de sus nombres, forman parte del llamado “Club de los 27”, edad que contaban al momento de su muerte). Coherentes con la fórmula que les inspiraba, supieron llevarla hasta sus últimas consecuencias. Despreciaban esta existencia burguesa. Tenían prisa por vivir al máximo y querían acabar pronto. ¿Por qué dilatar esta vida absurda si dilatarla, como escribe Borges, “es dilatar su agonía y multiplicar el número de sus muertes”? ¿Acaso nacer o morir no es indiferente, como en el Pueblo Blanco de Serrat? ¿Y no es también indiferente el durar, como dice Mersault, el extranjero de Camus, pues morir a los treinta años o a los sesenta importa poco?

Sin embargo, aniquilarse nunca será una respuesta decorosa a la cuestión esencial del vivir. Suprimirse es más bien una salida desesperada que expresa la voluntad de muerte que vive en todos nosotros. Al final del trayecto se descubre la trampa mortal: una vida de excesos no equivale a una vida más intensa ni más plena. De ahí resulta posible derivar una ética elemental pero certera: es bueno todo aquello que contribuye a afirmar y conservar la vida; es malo todo aquello que sirve para aniquilarla y suprimirla.

¿Qué hacer, pues, con esta vida única, intransferible e irrepetible que nos ha sido dada sin que la hayamos pedido y que estamos llamados a vivir y enriquecer? Sólo puedo ensayar una respuesta. Hela aquí: asumirla plenamente, con responsabilidad y entereza, con pasión y alegría, pero sin esa aburrida seriedad mortal que todo lo complica y que acaba expulsando de la vida el humor, la risa, la ironía.

Por eso creo que se equivocan por igual los neuróticos del deber y las obligaciones como los frívolos que rehúyen todo tipo de responsabilidad. Tomar la vida muy en serio es tan perjudicial como tomarla demasiado a la ligera. Ignorar que en la vida hay muy pocas cosas que merezcan ser tomadas realmente en serio es una falta imperdonable. Los que sólo piensan en la vida eterna se olvidan de la eterna vivacidad. Rechazan la tierra y esta vida mortal en nombre de un cielo prometido y una vida futura. No saben vivir en presente. Son amargados incapaces de ser felices aquí y ahora. Pero este aquí y ahora es nuestra única circunstancia, nuestra situación existencial, nuestra verdad incontrovertible, pues no hay otro lugar ni otro tiempo que el que nos ha tocado. Aun con sus carencias y miserias, azaroso, el presente constituye nuestra única posibilidad inmediata de plenitud y felicidad.

Sabemos lo doloroso que es aprender a vivir. El arte de vivir (que no se enseña, ni se transmite, sino que lo debe aprender cada uno, pero en relación con los otros) quizá sea comparable al método de “trial and error”: se aprende por tanteo, por ensayo y error. Pruebo, me equivoco; pruebo otra vez, me equivoco de nuevo; vuelvo a probar, acierto. Aprender de nuestros errores es ya un buen principio de sabiduría

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