La columna maldita

El cuento de un terrorista en R.D.

Por Sergio Forcadell

Siempre he sostenido el argumento de que en nuestro país no puede haber terrorismo, me refiero a ese terrorismo internacional que causa tantas víctimas y tanto dolor. Aquí hay otros tipos de terrorismos, más caseros, menos fragosos, aunque a la larga posiblemente causen un mayor número de bajas, como los precios de las medicinas, las facturas de la luz, las ridículas pensiones de vejez, la delincuencia, y tantos otros a los que, a la fuerza, nos hemos ido acostumbrando como si fueran compañeros inseparables en este viaje de vida que hacemos en nuestra preciosa isla.

Pero el terrorismo de bombas y ametrallamientos indiscriminados, como los de los yidhaistas en París o en Bruselas, lo sostengo de nuevo, no puede darse de ninguna manera en la República Dominicana. Aparte de ser un país en la órbita del sol, y tal vez por eso mismo, estamos tan lejos en materia de importancia internacional -aunque nos duela decirlo- que no somos un objetivo prioritario para causar un gran impacto y provocación como lo son Francia, Alemania, Inglaterra y otras grandes potencias .

Esto ya es una buena condición para estar blindados y no ser atacados por unos locos enloquecidos, con o sin turbante. Pero hay otras razones aún más poderosas por la que estamos a salvo en este patio nuestro de cada día, como lo son las deficiencias de servicios que nos acosan en todo momento y las características de nuestra peculiar idiosincrasia caribeña.

Esto se aplica al caso de un terrorista internacional que vino tan ufano y tan campante al país a colocar un artefacto tradicional en un edificio del Gobierno, y para poder explotarlo debió conectarse a energía eléctrica de un cable de la calle, pero a la hora convenida para el atentado… se fue la luz por muchas horas y …¡zas! se frustró el asunto ¡Menudo disgusto tuvo el pobre hombre! Pero, no conforme, volvió a intentarlo con otro método, pues con la electricidad de este país no se podía contar…en consecuencia tuvo que permanecer varios días más, ¡con lo caro que está la comida, los jugos, el transporte, el hospedaje y todo en esta pequeña República!

Bien, el terrorista planeó liquidar a un muy alto funcionario, esta vez lanzándole un misil y desintegrarlo, pero… el funcionario en lugar de pasar en el momento previsto para su llegada, se retrasó cuatro horas, ya que estaba en un pueblo con los amigotes del partido dándose un tremendo banquete de seis platos, con final de café, copa, cigarro y canciones de amargue, y claro está, el pobre terrorista muerto de aburrimiento y nerviosismo se fue para su modesta pensión -no era un terrorista rico, ni disponía de artefactos sofisticados- echando pestes sobre la impuntualidad de los dominicanos, que si bien ya había oído hablar de ella, nunca se imaginó que llegara a tales extremos.

Pero el tipo no se rindió, pues todos los fundamentalistas son empecinados hasta lo último, y de dispuso a preparar su tercer atentado con una metralleta kalashnikov con un paquetón de balas en el cargador, para llevar a cabo un desastre bien sonado en un famosos resort del este… Pero por la autopista le pararon unos policías y…a ver, la licencia, la revista, el botiquín…aquí falta esto, allí falta aquello…apéese por favor… ¿no tiene una boronita por ahí?…es que es fin de semana ¿sabe? Y como el terrorista no estaba familiarizado con determinadas costumbres locales, acabó con el carro incautado, pagando una multa, y declarando en el destacamento más cercano.

No obstante estos molestos incidentes, el terrorista siguió erre que erre en su empeño de causar el pánico colectivo, decidido a cumplir con su misión a toda costa, y en su cuarto intento se propuso volar un avión lleno de pasajeros que venía del extranjero. Esta vez lo planeó a la perfección… pero para llegar al aeropuerto tuvo que cruzar la ciudad a las seis de la tarde, y ¡cómo no! le agarró el tapón de la 27 , uno de esos que como dicen de Nagua, se sabe cuándo se entra, y nunca cuándo se sale… y al llegar a su destino, el avión ya hacía rato que había despegado y estaba en Boston con todos sus ocupantes a salvo.

El terrorista, que era más empecinado que un cobrador de impuestos, decidió intentarlo de nuevo, esta vez esperó un par de semanas para preparar hasta el mínimo detalle la voladura de un puente muy importante, y no fallar en su próximo y definitivo ataque.

Pero lo que no contaba era con Mayra, una preciosa mulata que le servía la comida de las 12, una de esas que desactivan “diunavé” al más activado de los activistas, y lo enamoró hasta el tuétano con solo mostrarle su sensual sonrisa. Ahora, el ya ex terrorista tiene un puesto de bebidas en Boca Chica junto su inseparable compañera, y de tanto en tanto, cuando no lo están viendo, se fuma su cigarrillo y se pega un buen petacazo de ron dominicano que, según dice, no tiene rival en este planeta.

Y es que el que viene por aquí, aunque sea el más feroz de los terroristas, corre el riesgo de que la belleza de esta tierra y el calor humano de su gente atenten a su favor y le hagan quedarse de manera definitiva, renunciando a todas sus ideas y propósitos. Se lo digo yo, que si bien no vine a atentar, soy una feliz víctima de la singularidad tan singular de esta singular República ¡Qué suerte tuve!

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