Como si de una sentencia celestial se tratase, pero acarreando consigo una tardanza de más de ochenta años, finalmente un presidente de la Norteamérica más vecina, aterrizó en nuestras tierras. Coincidiendo, caprichosamente, con la entrada, ya casi tardía y fuera de temporada, de un moroso frente frío. Para algunos, eso fue una señal de buena suerte. Como una bendición yoruba. El agua limpia el camino, dicen todavía los más viejos. Lava lo sucio. Refresca un poco el ambiente. ¡Pero es que la Habana se pone tan fea cuando llueve! La gente duda en salir a la calle, la electricidad parpadea, se hace oscuro más temprano, los baches retienen una suerte de líquidos putrefactos y los edificios, sobre todo los más antiguos, te observan desde ese temor perenne, adquirido por el maltrato y cuidado, de venirse abajo arrasando vencimientos. O vidas. Y sueños.

La gran mayoría tuvo que contentarse (si es que así puede catalogarse el efecto) con ver el recibimiento a través de la televisión. Bueno, o mediante lo poco que mostraron de ello. En casa del pobre, la alegría es escasa. Y se raciona a mares. A diferencia de otras visitas importantes, aquí estuvo claro el primer mensaje. No fue a agasajarlo el jefe de núcleo. Para eso, mandó a su edecán. ¡Que abra la puerta el mayordomo! “Con dinero o sin dinero, hago siempre lo que quiero, pero sigo siendo el rey…y mi palabra es la ley”. A algunos nos pareció indecente, descortés, salobre. Luego nos embutieron con un documental sobre un personaje histórico, desconocido, pero rabiosamente patriótico, de la época de la colonia. Seguido por cortos musicalizados, bastante mal editados, sobre la vida de algunos animales de la campiña cubana. Ya en la propia expectativa por el arribo del Air Force One, parecían estarnos anunciando, la orden irrestricta de restarle cualquier importancia al magno hecho histórico. La espera fue “amenizada” con la retransmisión de un antiguo programa, donde Chichita, una viejita campesina, de no sé sabe dónde, nos enseñaba nuevamente, una vez más, la ciencia y paciencia de cómo había criado a un almiquí. O a una especie de jutía, o criatura por el estilo. Algo surrealista, absurdo y sin sentido. Como jugando y experimentando con el ansia ajena. Lo que han hecho y anulado desde hace mucho. Siempre. Ni el mejor García Márquez superará jamás esta “macondiana” realidad que padecemos. Todo el mundo ávido en querer saber aún más detalles del sustancial arribo, al tiempo que la información oficial se orientaba por la tangente, enfocaba vereda por camino, se hacía de la vista gorda, desviaba la atención para otra parte.

La mañana siguiente trajo consigo un inusual aire gélido. Como para que, quién no hubiese visitado nunca esta tierra, se llevase la opinión más errada de su verdadero infierno. Ni una pizca de calor. Cielo nublado. Hay quien aún dice que el presidente norteamericano se trajo consigo un potente y eficaz aire acondicionado supremo. Pero se había pasado. En la capital cubana no se experimentaba un invierno igual desde hace rato. ¡El mulato trajo cambio hasta para la atmósfera! Y aun así, nos encantó con su sonrisa franca, cordial, cálida y sincera. Con la simpleza de su esposa e hijas. Y con la simpatía que derrochan, a pesar de todas las barreras establecidas para su seguridad. Y “la nuestra”.

El lunes temprano, luego de las conversaciones oficiales y el plan concebido de antemano; justo cuando se ofrecía la conferencia de prensa de ambos presidentes, es que vino a salir, sólo un ratico, el sol. Si hubiese sido uno de esos debates entre contrincantes que se establecen, durante la época de elecciones, en los Estados Unidos, la representación cubana se habría adjudicado una derrota aplastante. Obama es un hombre acostumbrado a manejar los medios, un orador experimentado, un excelente actor. Evadió las preguntas incómodas por omisión. Aunque leyó sus notas, lució mucho más despreocupado. Como si estuviese improvisando. Stanislavskianamente fue más bien orgánico, más natural en su artificio. Parecía sincero. Sus respuestas fueron manejadas de tal manera, que uno olvidaba la cuestión inicial que las había generado. Invariablemente con un mohín cariñoso. Raúl, en cambio, adusto, serio, parco y seco, no está para nada habituado a responder. Si no a ser él quién demanda, dictamina e indaga. Se le notó muy nervioso, vago, impreciso. Y sus réplicas, estuvieron llenas de interpelaciones que evidenciaron su ya tradicional por acostumbrado autoritarismo. Aunque intentó ganarse a la audiencia con gracia, muy pocos fueron los que se rieron. Más allá de los que habían recibido la orden de hacerlo, como parte de la orden del día. Incluso antes de que se bosquejara el esquema de un chiste. Para muchos que lo vimos, fue un poco desconcertante. Vergonzoso. Penoso. E insultante. Cuando preguntó él mismo, exigiendo a un periodista, los nombres concretos de la lista de prisioneros políticos en Cuba, algunos pensamos en enviarle las cifras del último Censo de Población y Vivienda. La patria entera es su cárcel. Por supuesto que podía soltarlos inmediatamente, si quisiera, esa misma noche. Él es el dueño de todo el rebaño. Además porque es terreno “incierto”. En Cuba no hay prisioneros políticos. De manera muy hábil, todos los que están encarcelados, dentro o fuera de las prisiones, son acusados por otros delitos. Invenciones tejidas para poder apartarlos del medio. Suerte de exilios, e in-xilios, con rejas o sin ellas, para los que piensan, actúan, o dicen de forma, o en esencia, diferente.

Para mucha gente, Obama no deja de ser, aún con su presencia en nuestro suelo, un personaje ficticio. Que emerge sólo a través de las imágenes que transmiten las reseñas. Al igual que esos actores de Hollywood, que aparecen únicamente en la pantalla. No son accesibles, por lo tanto no es seguro para todos, que verdaderamente existan. Son quimeras. No son palpables. Es como ese Dios del que hablan, pero nadie ha podido demostrar que es cierto. Y que vive entre las nubes. Por eso es más fácil depositar en esos entes inmateriales, una fe y hasta potenciales creencias. Virtuales esperanzas. Pero en Cuba, en cambio, conocemos bien de cerca, de manera concreta, y desde mucho antes, a los causantes y cancerberos de todos nuestros pesares. A esos que niegan con una falsa risita, una orden tajante, una evasión descarada, censuras indignas o medidas castrantes,  el valor inextinguible de los derechos humanos. De los más elementales, universales e intransferibles.

Lo que queda ya de esta ceremonia legendaria es circo. O la manera de La Lupe: “puro teatro”. Mutis por el foro. Seguido de aplausos, o abucheos, por ambas partes. Partidarios y contendientes se proclamaran triunfantes. Y de nuevo el tiempo; léase, la historia, nos lapidará sus resultantes.