La edad de la razón

La selva en marcha

Por Fidel Munnigh

Inexorable, infatigable, la fatalidad ensaya siempre nuevas formas de manifestarse. Hoy es tan fácil acabar con una vida, matarse o matar a alguien, perderlo todo en un condenado segundo. Basta cometer una imprudencia, simple pero mortal. Basta, por ejemplo, ahogarse en alcohol, beber y beber día y noche sin parar, sin ingerir alimento, hasta intoxicarse. O tomar el volante en la carretera, pisar el acelerador, olvidar ponerse el cinturón de seguridad (hay olvidos irresponsables, culpables), pasarse al otro carril, hacer un brusco movimiento y luego perder el control y salir disparado por el parabrisas. O manejar como un loco por la ciudad, cruzar el semáforo en rojo y chocar contra un autobús escolar provocando de inmediato la desgracia ajena, y después emprender la cobarde huida. Todo esto es hoy tan fácil, tan irresponsable, tan irresponsablemente criminal.

Uno se va hartando de presenciar tanta estupidez, de enterarse de tantas vidas inútilmente arriesgadas y perdidas, de contemplar tanta muerte inocente o insensata. Nada de esto tiene que pasar y, sin embargo, pasa todos los días. Reitero lo que he dicho antes: aquí la vida se ha depreciado demasiado, tanto que dentro de poco valdrá menos que nada. Hemos perdido el Norte. Hemos dejado de ver señales claras en un cielo inteligible. Si viviera hoy entre nosotros, Gracián fracasaría en el intento de convencernos: el arte de la prudencia no nos va, señores, nos es completamente ajeno. Un dominicano prudente es casi una contradicción en los términos.

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</a> obra de José Pelletier
obra de José Pelletier

Cada vez lo compruebo con mayor pesar: no hemos nacido para la vida civilizada, ni para la convivencia pacífica, ni para la sociedad justa, ni para las decisiones sabias y bien pensadas, ni para la meditación sensata. Más bien parecemos haber nacido sólo para la prisa y la temeridad, para el exceso y la improvisación, para la chercha y el bochinche, para el abuso y la desconsideración, pero por encima de todo para la desmesura y el absurdo.

Me entero sin quererlo de muertes recientes, inútiles y tontas, de seres que agonizan, de desgracias que pudieron haberse evitado con un poco de prudencia o de paciencia. La fatalidad está siempre ahí, presente desde el fondo remoto de los tiempos.  Está ahí,  inseparable del destino humano. Es imposible aspirar a un mundo sin tragedia.  Es incluso necesario aceptar su presencia como realidad desafiante. Lo inaceptable es provocarla sin necesidad,  llamarla a nuestro lado, retozar con ella. La tragedia es insuprimible. Siempre andará por ahí, rondándonos, acechándonos, aprovechando cualquier pretexto para hacerse presente. Lo único realmente posible en un (imaginario) mundo más sensato es reducir la fatalidad al mínimo y ahorrar el número de tragedias.

Coqueteamos con la desgracia, le hacemos la corte, jugamos con ella, como mariposa que revolotea en torno a la vela. Despreciamos la vida ajena y aun la propia, pues sólo el desprecio a la vida -ese bien que al nacer no elegimos y al parecer devolvemos con indiferencia- puede explicar nuestra imperdonable insensatez.

Se dice que los errores se pagan caros, pero nos negamos a pagar por los nuestros. Queremos vivir en permanente impunidad, ser intocables, andar de gratis por la vida sin pagar ningún precio por nada. Vivimos engañados y engañándonos.

En la amarga soledad del poder, Macbeth observa con lucidez: no debemos temer nada, ni a muerte ni a desgracia, hasta que el bosque de Birnam venga a Dunsinane. El tiempo es nuestro bosque de Birnam, un enmarañado bosque en marcha que avanza y avanza sin detenerse, ocultando al enemigo implacable que vendrá a poner fin a nuestros días. El tiempo es una selva en marcha, como lo imaginó Shakespeare, que llega hasta el castillo donde gobierna  el tirano y lo ataca y lo destruye. Estamos amurallados en Dunsinane y nos creemos invencibles, pero la selva sigue su marcha y nuestros días (¡qué digo!, nuestras horas, nuestros minutos) ya están contados.

Un día, tal vez no muy lejano, llegará el tiempo del castigo y de la penitencia. Pagaremos un precio bien alto por todos nuestros yerros y excesos. Todos deberemos expiar nuestras culpas, pequeñas o grandes, porque sólo una expiación colectiva, sólo un terrible sacudimiento interior que nos levante en vilo y nos arroje al suelo y nos deje allí, vencidos y exhaustos,  podrá salvarnos como pueblo. Ese día habrá llanto y rechinar de dientes, como reza el Evangelio, pero será bueno, será justo y necesario.  Nada más afortunado podría sucedernos. Y sólo entonces empezaremos a ser mejores

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