Ecos del Potomac

Mentiras que matan

Por Leo Beato

Mireya y yo nos encontrábamos frente al inmenso muro del “Washington Aids Memorial Quilt” (Telón Conmemorativo del Sida de Washington, D.C).

Los nombres de miles y miles de jóvenes, víctimas de aquella “pandemia” que los sacó de este mundo a destiempo, están escritos en ese inmenso edredón del Distrito de Columbia. La Primera Dama era entonces Nancy Reagan, recientemente fenecida de un fallo cardíaco masivo.

Nancy Davis Reagan fue una campeona levantando fondos para la investigación médica sobre el Parkinson y el Alzheimer, del cual murió después su marido.

Esta es una prueba fehaciente de que éste empezó a padecer del mal mucho antes de salir de la Casa Blanca. De ahí en adelante su vida se fue apagando poco a poco, presagiando sus propias palabras, cuando, a la pregunta sobre lo que iba a hacer después de terminar su mandato, contestó con esta frase lapidaria: “Que digan que me fui con el viento y me perdí en el crepúsculo para siempre”.

Mireya sollozaba sin remedio, apoyada en mi hombro izquierdo. El nombre de Tommy, su hermano gemelo, junto al de Rock Hudson (cuyo nombre real era Roy Harold Scherer, Jr.), se divisaba, claro y diáfano como había sido su vida antes de que el virus invadiera su cuerpo reduciéndolo a un guiñapo.

Mientras yo elevaba mis ojos al cielo encapotado de la mal llamada “Capital del Mundo”, Mireya estaba hecha una sola lágrima viva:

-¿Cómo se le ocurre a esta mujer evocar ahora la memoria de Nancy Reagan, cuando ésta y su marido lo que hicieron fue correr una cortina de silencio sobre aquella tragedia que mató a mi hermano?

Hasta Rock Hudson se había quejado de ese silencio cuando apeló inútilmente a la Casa Blanca en busca de ayuda para combatir al Sida. Para los Reagan, como para millones de estadounidenses, aquello era una terrible vergüenza, a pesar de la amistad que le había unido al actor (los tres habían sido actores de cine de Hollywood, aunque ahora la película era otra y tenía otro nombre).

Así musitaba Mireya, como en una oración que salía del fondo de su alma:

-¿Es así como pretende esta mujer ganar en noviembre? Ahora ya no puedo ni escuchar su nombre- se contestaba a sí misma, apoyada en mi hombro.

-¡Qué irresponsabilidad más grande!- susurró a mi oído la hermana de Tommy.

-Nos tiene a todos abobados con sus mentiras y tergiversaciones diarias.

De repente me vinieron a la mente las palabras de la mujer ante las cámaras televisivas internacionales, el día que asesinaron en Sirte, Libia, a Muamar el-Khadafi. Imitando a Julio Cesar a la orilla del Rubicón, dijo: “Llegamos, vimos, y murió Gadafi”. Exhibieron el cadáver como a un trofeo de guerra en el infierno.

Ella fue  también artífice de aquel desastre, cuyas consecuencias todavía su país las está pagando. Ahora la mentira ha sido ante el cadáver de Nancy Davis Reagan de quien dijo: “Esta fue la heroína contra el Sida”. Algo totalmente falso.

Al día siguiente, cuando cayó en la cuenta que había metido la pata en la capilla ardiente de Nancy Reagan, la mujer, con su carita de yo no fui, se retractó públicamente, alegando que sus palabras eran históricamente “inexactas”. En otras palabras, que eran falsas.

-Esta no es más que una lobita vestida de oveja-musitó Mireya a mi oído, cuando divisamos su figura a la distancia, entrando pomposamente escoltada al salón-museo donde se encuentra el enorme telón con el nombre de su hermano.

El nombre de la lobita vestida de oveja es el de Hillary Rodham Clinton

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