A 51 años del ajusticiamiento de Rafael Trujillo, su nieto, Ramfis Rafael Domínguez Trujillo, lo defiende sin titubeos, con la cabeza erguida y orgulloso de “las luces” de la era Trujillista. Pausado, reclama tiempo para contestar las preguntas y sin reconocimiento o excusas por las estimadas 50,000 víctimas del régimen sanguinario que defiende; número suficiente para declarar a su abuelo criminal de lesa humanidad. Contrariamente, el nieto exige democracia para defender al hombre que concentró todos los poderes estatales en su persona por 31 años, y de facto convirtió en Ley sus deseos.
El nieto de Trujillo pretende poner la historia de cabeza y crear un museo para resaltar “las luces” de la época que puedan enaltecer la figura del abuelo. En la entrevista del 30 de mayo que dirigiera Fausto Rosario, Domínguez Trujillo enumera lo que considera los aportes del régimen Trujillista a la mujer dominicana: derecho al voto político, participación en posiciones diplomáticas y presencia de la primera senadora en el congreso.
Estos “logros” no fueron refutados en la entrevista, pero necesitan ser analizados en el contexto que tuvieron lugar. En la tierra de Trujillo, no existía derecho al voto para nadie. Las condiciones pre-electorales no eran democráticas, porque el pueblo carecía de opciones. Solamente existía un partido, el Partido Dominicano de Trujillo. Aunque en ocasiones, aparecía otro partido en la boleta, se trataba de una artimaña del Partido Dominicano para crear la apariencia de democracia. En consecuencia, no es posible afirmar un derecho al voto cuando no existe libertad. Y por eso afirmamos que la mujer dominicana votó por primera vez en 1962, después del ajusticiamiento del tirano.
La participación política de la mujer en la cancillería o el congreso tampoco se pueden definir como logros. Formar parte de organismos que solamente podían ser portavoces de la voluntad de un tirano no constituye crecimiento profesional ni participación real. Más bien estos puestos denigran a la mujer, dado que la convierten en cómplices de engaños y actos de corrupción. En vez de representar a la mujer dominicana, el rol que el régimen le pudo ofrecer fue el de participar en la gran farsa democrática que enmascaraba la dictadura real.
En el contexto Trujillista de inexistencia de independencia de los poderes del estado, incumplimiento de la ley, y creación de mentiras y confabulaciones para mantener el poder, no puede hablarse de democracia, de libertad, ni de integridad. Y mientras escribo estas palabras, no logro apartar de mi mente la similitud del régimen Trujillista con la coyuntura actual en que una sola persona controla todos los aparatos del estado y dispone de las finanzas públicas para aplastar a la oposición.
La lista de “logros” femeninos durante la dictadura que enuncia Domínguez Trujillo provoca a Fausto Rosario a recordarle el asesinato de las hermanas Mirabal. Siguiendo el libreto del libro bajo la firma de su madre, el nieto intenta absolver a su abuelo para incriminar a Antonio Imbert Barreras como agente del crimen de las Mirabal. Pero es de conocimiento común que en el país de Trujillo no se movía un alfiler sin el consentimiento de quién fuera jefe en todas las áreas, incluyendo la de las alcobas—con agentes lambones encargado de proporcionarle “culos” al “Jefe”.
En la entrevista del mismo día con Leandro Guzmán, quien fuera cuñado de Minerva Mirabal, éste reafirma el ensañamiento personal de Trujillo contra Minerva por ésta no acceder a sus solicitaciones sexuales. Ensañamiento que lo llevó a asesinarla junto a dos de sus hermanas, mientras mantuvo sus esposos presos.
Para contrarrestar la imagen depredadora del dictador, Domínguez Trujillo niega que éste acosara sexualmente a ninguna mujer, y con cinismo cambia la dirección de los hechos y atribuye el acoso a las mujeres. Aquí viene el cuentazo de la entrevista: ¡Rafael Trujillo fue más popular que Julio Iglesias!—el cantante hispanoparlante con más éxito comercial de todos los tiempos, e internacionalmente uno de los cantantes con mayor penetración cultural en toda la historia de la música. El fanatismo de las mujeres hacia el cantante, en la opinión del nieto, no se compara con la adoración de las mujeres dominicanas hacia Trujillo; se alocaban y se le rendían a sus pies, incapaces de resistirse al magnetismo del abuelo.
Quiero recordarles a los lectores jóvenes que las fiestas e invitaciones forzadas a jovencitas hijas de sus amigos o enemigos, constituyeron un espacio creado por el depredador para tener la oportunidad de acercarse a sus víctimas y seleccionarlas antes de dar el zarpazo que destruiría a toda una familia. Muchos padres del interior, incluyendo el mío, sacaban a sus hijas del pueblo cuando se anunciaba alguna visita del “Jefe” con la obligada celebración de bailes en los clubes de primera de los pueblos.
Julia Álvarez, Junot Díaz, y Mario Vargas Llosa, han inmortalizado las consecuencias de negarle a Trujillo la solicitación sexual de una hija, o el trauma causado cuando el depredador logra alcanzar su presa. Evitar que Trujillo mirara a una hija era una necesidad existencial que aumentaba el clima opresivo que se respiraba. Las consecuencias que la negativa le acarreaba a la familia podían llevar a persecuciones familiares, apresamientos, torturas, y la muerte.
En la excelente producción fílmica inglesa-española de la Fiesta del Chivo de Mario Vargas Llosa, la cámara capta la amalgama de emociones de la niña Urania Cabral cuando es llevada a la Casa de la Caoba engañada por su propio padre para terminar violada en la cama del “Jefe”. En medio de la resistencia al acoso la cámara rápidamente desvía la atención a la pared con un flash resplandeciente que ilumina la imagen colgante de un cuadro de la Virgen de la Altagracia.
La cámara vuelve a enfocar el drama que se desarrolla en la cama con la escena de la jovencita desnuda y aterrorizada, para volver a señalarnos a la Virgen de la Altagracia, vestida con la bandera dominicana y honrada por el tirano en la Basílica que le construyó en Higüey, así como en las escenas de estupros que frecuentemente le ofrendaba en su alcoba.
La alianza Iglesia-Estado y el rol legitimador de la Iglesia del sangriento régimen Trujillista no pasaron desapercibidos para el Director de La Fiesta del Chivo. En varias ocasiones, escenas nocturnas del filme destacan las palabras que simbolizaron por décadas el culto al Jefe: Con Dios y Trujillo.
Estas grandes obras literarias exponen al mundo la ironía de la República Dominicana: la complicidad de tres décadas de la Iglesia Católica con un asesino depredador de mujeres y niñas, y la actual vigencia del mismo Concordato Trujillista que monopoliza el rol de enseñanza de la moral en las escuelas públicas.
Y mientras escribo, me pregunto: ¿Cuáles cambios ha logrado la mujer dominicana en los 51 años después de Trujillo? La guerra de la iglesia ha aumentado, pues antes de los años sesenta poco se hablaba de anticonceptivos o de abortos y muchas religiosas administraban hospitales del Estado en RD. Cinco décadas más tarde, el Vaticano tiene una cruzada sexual de la que ni siquiera el 80% de las monjas estadounidenses se ha liberado. Por eso, la religión que más progresa en ése país es la de los ex-católicos.
La cruzada agresiva del Vaticano alcanza a la mujer en todo el planeta, pero en solamente seis países, cinco de ellos Latinoamericanos y la República Dominicana entre ellos, los políticos han consentido en transformar creencias religiosos en artículos Constitucionales con legislaciones penales.
La única solución posible es la organización y resistencia para lograr una Asamblea Constituyente con participación de grupos organizados de mujeres y gays capaces de restaurar sus derechos y abolir el Concordato, acuerdo anacrónico que impide la formación cívica y moral de nuestros niños en las escuelas y despilfarra recursos en mantener una Iglesia estatal. Los católicos que quieran enseñanza religiosa y sacerdotes deben de mantenerlos ellos mismos, no usar el dinero público para fines proselitistas.