Por qué París tiene la fama de ser la ciudad del amor. Acaso su “love touch” comenzó con la frase de un tal Enrique IV, esa que todos repiten: París bien vale una misa. ¿O será por lo apacible de sus jardines y plazas, que invitan a abrazar con ganas al ser amado? Claro, siempre y cuando el clima lo permita; no olvidemos que la mayor parte del año, la temperatura es bastante baja y que la lluvia es un asiduo visitante. Imaginemos la escena: “qué te estés gordo, que se me mete el frío”, nos reclama dulcemente nuestra media naranja ante los intentos de alcanzarle la cintura, escondida entre suéteres, ropa térmica, chalecos, abrigos…

Si uno tiene la dicha o la pena de vivir aquí, lo romántico sale sobrando gracias en parte, a la natural “simpatía” del parisino promedio –hay excepciones, como en todo- que se queja sin tregua del turista enamorado, de lo gris del cielo o de la nueva alza al tabaco. Lo esencial es el lamento, que pareciera opacar la belleza de sus bulevares, lo majestuoso de sus monumentos, lo ordenado de su vida diaria.

Paris compite con Venecia –donde paseó el nada tímido Casanova- por ser la número uno en los asuntos de Cupido y pese a que cuenta con su Musée de la vie romantique (museo de la vida romántica) y sus terrazas acogedoras, se ha quedado sin sus emblemáticos candados del Pont des Arts. La tradición de pactar la unión de los amorosos colgando un candado de la baranda (sólido como el amor que se profesan, indestructible como la pasión que los abrasa y abraza) acaba de llegar a su fin por razones de peso… de los propios candados que, según las autoridades, rondaba las cuarenta y cinco toneladas y amenazaba con echarlo abajo.

La costumbre inició en Florencia. Se dice que un cerrajero tuvo la idea de promocionar su negocio colocando un vistoso candado en el Ponte Veccio. Sin duda vendió muchísimos, pues las promesas de amor eterno empezaron a poblar el puente florentino con sus productos. ¿Tendría que agregar que allí también están prohibidas este tipo de demostraciones afectivas?

Otro ingrediente que nutrió esta tradición se debe al libro “Tengo ganas de ti”, del escritor italiano Federico Moccia, en donde los protagonistas sellan su amor poniendo un candado en una farola del Puente de Milvio, en Roma. Hoy en día, sobrecargar los puentes de éstas cerraduras amorosas parece que se ha masificado y ni modo de no incluir a la encantadora París y su Pont des Arts.

Ya en los ochenta el Pont des Arts, estuvo de visita con el “médico” para agarrar un segundo aire que lo devolviera a sus orígenes napoleónicos. A los achaques de la edad (nace a inicios del siglo XIX) se le juntaron los calambres de las dos guerras mundiales, con todo y sus bombardeos, sin olvidar los no pocos cariñitos de los barcos que lo cruzaban. Hoy estará nuevamente cerrado unos cuantos días y los candados que pavorosamente se acercan al millón, serán sometidos a la magia del reciclaje, mientras que un puñado de artistas decorarán la pasarela de hierro, con pinturas ligeras e incomprensibles para los paseantes…

¿Qué harán los amorosos, buscarse otro altar, resignarse a la selfie postmoderna con candados virtuales? Por su parte la alcaldía de París los invita a que adopten una calle, cualquier cafecito, algún banco del Jardín de Luxemburgo. Lo importante no es adonde sino con quién, decía un profe de mi escuela, aunque esto implique ir al parque de al lado y no al Bois de Boulogne.

Uno de los muchos placeres que ofrece Paris es el de recorrerlo a pie (cuando el clima nos lo permite). El Pont des Arts, une el Instituto de Francia con los jardines y los muelles del Louvre. Si las ganas de caminar son muchas y el tiempo no apremia, podríamos ir hasta los cafés de Saint-Germain, el Hotel de Ville (el ayuntamiento) o el Centro Pompidou; digo sólo por citar unos cuantos lugares imprescindibles.

Cruzar este puente decorado por los millones candados me recordaba a los exvotos de las iglesias, donde los fieles colman de agradecimientos a sus santos milagrosos. ¿Alguna pareja que no haya resistido los embates de la rutina pero que hubiera dejado allí su talismán, podría culpar a la autoridad de su fracaso o se conformará con la ilusión de haber atrapado la atmosfera del Sena con un pedazo de hierro?