El día de hoy, 20 de mayo del 2012, culmina el proceso electoral en curso. Estamos llamados todos los dominicanos a ejercer nuestro derecho al voto. Para un pequeño sector de la población, este concurso deja un sabor amargo en el paladar.
Moscoso Puello escribía hace 80 años sobre la política dominicana: "La política es el arte de vivir del Estado […] Y aquí todos nos adherimos al Estado, le prestamos nuestro concurso, vivimos de él, y con él. Al presupuesto se le dice la gran mesa del Banquete Nacional, y allí esperamos todos tener un cubierto". Duele ver que la realidad descrita en "Cartas a Evelina" siga intacta.
Ese Banquete justifica los mayores excesos, y las más bajas tretas. En particular por parte de las dos grandes ofertas que las encuestas, las descalificadas y las no creíbles, dan como posibles ganadoras. Una disputa que ha merecido todo el despilfarro y que Carmen Imbert-Brugal ha llamado la "Reyerta entre infractores".
La campaña se ha caracterizado, nuevamente, por el uso desmedido de recursos sin que las autoridades encargadas de la regulación se sientan aludidas. Perpetuando así prácticas clientelistas y la competencia desigual. No ha faltado el discurso, hipócrita y estéril, sobre la corrupción, las promesas sin contenido, los dimes y diretes, las 'disco-lights' y el maniqueísmo insulso, que calientan la sangre y ciegan el buen juicio.
Ha quedado patente una nueva vez, y vale recalcarlo para que acabemos con las pajas mentales, que a los dominicanos no les interesan las propuestas. Propuestas, las inteligentes, que luchan en campaña desigual, ignoradas por los medios y los ciudadanos. Propuestas, las hay; aunque preferimos no verlas. Tal vez les estemos pasando factura porque en el momento crucial pesaron más las cabezas que las mismas propuestas. O quizás se trata simplemente de que el elector dominicano responde más y mejor a las campañas de miedo, al clientelismo, a las posibilidades de ganar, a las pasiones deportivas, al ron y los electrodomésticos.
Este no es el día ni el espacio para conjeturas, pero me permitiré una afirmación que de seguro tendrá pocos detractores: Aquellos que, hartos del reciente bipartidismo, tuvieron sueños húmedos, que salivaron por una nueva izquierda, o simplemente por una izquierda, seguirán esperando. Y seguirán esperando en cuanto se caiga en las mismas trampas para tontos; mientras los "honestos" se dejen sabotear por los egos, por esa torpe ufanía que los lleva al infantil choque de cabezas y a fracturar esfuerzos. Hasta que no se aprenda a negociar, a conseguir los consensos, probarán ser muy pequeños para la tarea, porque se necesita más que honestidad y buenas intenciones para cambiar las cosas.
Ese sector, con buenos motivos para estar descontento, que Jorge Prats con razón califica de tercer partido, tiene todo por hacer. Dos vías parecen posibles. La primera, crear consenso para una oferta unificada, de lo que se han mostrado incapaces. La segunda, como bien señala José Carlos Nazario, organizarse en grupos de presión para así canalizar sus reclamos a través de los tomadores de decisión.
O mejor, ambas.
Comencemos mañana.