La democracia dominicana es aquella que pretende ser lo que aún no es.

En efecto,

Si de acuerdo a Pericles “democracia” es el régimen político en el que el gobierno no depende de unos pocos, sino de la mayoría de ciudadanos que, independientemente de su condición económica, son iguales entre ellos de conformidad con las leyes; entonces, la democracia dominicana es aquélla que, sujeta a la idiosincrasia de su población, se esfuerza por parecerse y llegar a ser lo que aún dista mucho de sí, debido a los dictados y exigencias de algún patrón o modelo foráneo que le sirven de ejemplo ideal.

Argumentación:

Cierto, la democracia dominicana goza de leyes propias y hasta de una constitución política, como en tantos otros regímenes alrededor del mundo, pero no siempre y ni siquiera a veces se cumplen ni aplican.

No se cumplen ni aplican porque, como resulta evidente a cualquier observador del comportamiento humano, en el país, las leyes son para que otros las cumplan, amén de que la igualdad ante la ley no se aplica a su régimen de oportunidades, de privilegios ni de consecuencias.

En verdad, el desamparo y la inequidad son padrastro y madrastra de la sociedad dominicana y sus integrantes padecen de tanta discriminación y exclusión, como variadas sean sus condiciones de vida y de ascendencia familiar y social.

De ahí que su régimen democrático haya sido y siga siendo tan vulnerable. Ni siquiera se ha intentado desterrar las fuerzas ocultas que inciden en cada acto de discrecionalidad e ineficiencia organizativa que consagra y consolida al status quo estructural del país.

En resumidas cuentas, la democracia dominicana se encuentra in fieri, pues su realidad dista de lo que se quiere y se sabe, que pudiera y debiera ser.

2a Tesis: las falencias de la democracia dominicana

La democracia dominicana adolece de una aguda carencia de moralidad social y de una sentida deficiencia de eticidad política.

En efecto,

Si para vivir en democracia la respuesta a la interrogante de Jean Jacques Rousseau: “¿por qué el hombre nace libre y, no obstante, en todas partes se halla entre cadenas?”, es que los seres humanos son formados social y políticamente una vez dejan atrás su estado natural de amoralidad, resulta entonces incuestionable que la democracia dominicana requiere de quiénes interactúen entre sí respetando los principios universales de la moral y se reconozcan coexistiendo con los demás como sujetos de virtudes y valores éticos de convivencia y urbanidad.

Argumentación:

Cierto, la población dominicana, en su estado natural, no se reduce al egoísmo propio a todo ser individual, dado que además es notablemente espontánea, bondadosa, noble, servicial e incluso solidaria, fiel, amable, respetuosa y por veces hasta ingenua. Esa compleja caracterización antropológica del ser dominicano está fuera de dudas y de reconsideraciones.

No obstante, debido a fallidas experiencias de formación personal y constantes limitantes en el régimen de socialización fuera del ámbito familiar, el dominicano sigue siendo incapaz de reconocer “lo que tiene que hacer” (moral) como sujeto consciente en medio de un conglomerado social para superar su condición natural desprovista de principios, criterios, valores y virtudes morales.

En esa condición no hay conciencia moral capaz de diferenciar entre el bien y el mal más allá del egoísta interés propio. El bien queda circunscrito al dominio privado de lo mío y de los míos, al igual que los utensilios y objetos materiales son hoy día de propiedad privada (¿privada de qué?, de lo y de los de-más).

Así, pues, sumido en su estado natural, primitivo, el sujeto amoral y espontáneo termina siendo incapaz de abrirse al resto del mundo más allá de procurar lo suyo, pues ignora “lo que debe de hacer” (ética) ante extraños. Lisiado éticamente, permanece impedido de reconocerse en los otros como sujeto de una sociedad política en la que el bien sea común a todos.

De ahí que, en un dominio político como el dominicano, en el que el fin (acumula más dineo y pode) justifica los medios (simulación, malversación, indisciplina, abuso de poder, injusticia, corrupción y deslealtad), el pretendido desarrollo humano aparece como inconsecuente e insostenible debido a la falta de la formación moral y ética del ciudadano.

3a Tesis: la cuestión del poder

La democracia dominicana consiste en un proceso pseudo-oligárquico de carácter eminentemente presidencialista y electoral, debido a la influencia económica que la condiciona y al poder partidario que la conduce.

En efecto,

Una vez escrito El Espíritu de las Leyes (Montesquieu 1748) -que también propuso el sistema electoral para abolir un pasado aristocrático en el que una élite encumbrada designaba a los funcionarios- e implementada la concepción republicana estadounidense (1776) -para la cuál el pueblo soberano requiere que sus representantes administren la división efectiva de los poderes estatales-; mientras no se institucionalicen esas dos condiciones de posibilidad de cualquier Estado nacional de derecho democrático,  la “república” Dominicana continuará siendo republicana, aunque únicamente de nombre, y democrática, solo bajo la tutela del omnipresente ejecutivo de turno.

Argumentación:

Cierto, la confusión organizativa y conceptual entre una república y una democracia hace que el ejercicio efectivo del poder en el país termine en las manos omnipudientes de alguna figura presidencial. Y eso así, por encima o a pesar de mausoleos colmados de textos constitucionales, leyes, reglamentos, normativas y regulaciones que si acaso pocos acatan.

Por debajo del ejecutivo superior y pocos de sus émulos, el resto de funcionarios estatales -desprovistos de autonomía efectiva- pasan a ser vestigio medalaganario de un pasado en el que todo el poder venía siempre de más arriba. Eso sí, con valiosas pero raras excepciones, esos servidores se valen de malas prácticas para mantenerse en su respectivo feudo y beneficiarse cada cuatro años de una convocatoria a la que acude un conglomerado poblacional que termina dando un voto resignado de castigo o de incondicional aquiescencia mientras es reinstaurado el dominio presidencial como pretendido botín de celebración electoral.

En ese contexto, queda en tinieblas la explicación de por qué el pueblo llano, abrumado de necesidades materiales y culturales insatisfechas, y, tras largos siglos de miseria y sentida pobreza, vuelve a favorecer con su voto a quienes aún ejercen la real politik dominicana luego de más de cien años de abandono.

Las respuestas son múltiples y de muy diverso valor porque el tiempo patrio ha dejado de ser el de La Mañosa, siempe montonera y levantisca, bajo la ambición desenfrenada de legión de caciques regionales.

En cualquier hipótesis, analizando los frutos cosechados por tantos servidores públicos en la Viña de Naboth, -tanto lo de los unos como lo de los otros, sin por ello olvidar a quienes se autocalificaron partidarios y seguidores de la invaluable siembra moral de Hostos-, un mismo hecho es reiterado en dicho tiempo: “Quítate tú pa’ ponerme yo” porque, tal y como susurra la letra de un conocido reggeaton, “vamos a ver aquí quién e quién”.

4a Tesis: la calidad ciudadana

La democracia dominicana progresa- al mismo tiempo que madura apañada entre una masa anónima de ciudadanos y una balsa burocrática de mediocres que se reproducen a sí mismos- dando tumbos en medio de promesas, ineptitudes y abitrariedades del ejecutivo de turno, de un lado, y del otro lado, de la utópica concepción participativa que a todos sirve de portaestandarte democrático.

En efecto,

De acuerdo a la tradición griega “idiota” es aquel ciudadano que no se interesa en los asuntos públicos de la Ciudad-Estado y, por añadidura, el pensamiento aristotélico tilda de demagogo a quién degrada el signo de república en el de democracia. Aún más cercanos en el tiempo, “las masas” revueltas de Ortega y Gasset lo son porque carecen de espíritu de superación y, como amonestara Umberto Eco, “la invasión de idiotas” utiliza irreflexivemente las redes sociales para vulgarizar y acosarlo todo.

Pues bien, mientras predomine ese colorido prisma de tan floreciente ambiente cultural, el actual sistema político dominicano, sustentado por una ciudadanía anodina y movilizada durante escasas semanas cada cuatro años, es y seguirá siendo incapaz de utilizar el conocimiento y la información a su alcance con el propósito de superar la mediocridad e ineptocracia gracias a las cuales cada uno soporta el mismo malestar común y repite postulando y eligiendo a su semejante al frente de la burocracia y de las decisiones y ejecutorias del Estado.

Argumentación:

Cierto, el pueblo dominicano, porfiado por naturaleza, pero al mismo tiempo desinteresado de la cosa pública, mayormente ostenta su ciudadanía bajo el dominio poco democrático de ineficaces indiferentes a su extrema vulnerabilidad en cualquiera sea la modalidad dictatorial, demagógica, populista o más liberal y democrática que él soporta desde inicios de 1844.

De ahí que el ciudadano común no se empodere de sus derechos ni cumpla con sus deberes, dejándose de lado cuanto haya sido pactado en conciliábulos políticos o vertido con tinta indeleble sobre gastadas hojas de papel.

De él solo se puede estar seguro, según se lee en los anales de la historia del pueblo dominicano, que aspira a su independencia y la restaura y lucha a muerte por ella cada vez que se ve puesta en entre dichos o violado su régimen constitucional. La “patria” y el sentimiento que ella anida en el pueblo dominicano, como en su momento incluso Américo Lugo hubo de reconocer, sobre todo y ante todo define su identidad, -aunque no nación.

Así, pues, allegada su historia al presente hay que concluir que, debido a su prístino sentido conceptual, la democracia es inexistente en la patria de los dominicanos sin el respaldo de una cultura democrática y de una ciudadanía consciente y participativa.

He ahí qué variables retrotraen la realidad dominicana a la siguiente conclusión.

III. Democracia, demócratas y poder

En democracia, todo se justifica por medio de la promoción recíproca de los ciudadanos y de la esfera pública, en la justa medida en que la calidad de las instituciones de derecho se fundamenta y depende de sujetos responsables, formados moralmente, plenos de razonabilidad y de valores y virtudes ciudadanas.

Si Lincoln acuñó la definición moderna de democracia -el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo-, una vez ubicados en suelo dominicano hay que reconocer como misión imposible que ese modelo político sea emulado por funcionarios ineptos, pues se pierden enfrentando los mismos retos del escurridizo bienestar ciudadano, y desinteresados del bien en su cualidad de común y no de privado; igualmente, que sea organizado para un pueblo que de forma artera endilgan de idiota e incapaz de empoderase incluso de su gobierno.

Así la cosa pública, ¿qué decir a propósito de una realidad tan criolla como la dominicana, en la que cierta tradición pesimista caracterizó a toda la población en tanto que sumida por sus rasgos de bebedores, mujeriegos, jugadores, malnutridos, enfermos, individualistas, indisciplinados, incultos y egoístas miembros de un aglomerado social incapaz de ser una nación y mucho menos democrática?

A mi entender, se trata de una mala parodia artera, tendenciosa y parcializada, gracias a la cual el poder permanece en la sociedad dominicana donde los mentados poderes fácticos -indignos émulos de la mano invisible de Adam Smith- pretenden.

No obstante, la historia es testaruda. E incluso reiterativa. En su más reciente capítulo, la realidad dominicana, -manifiesta como pocas veces antes vistas en la reacción generada el pasado 16 de febrero de 2020-, la edifican ciudadanos jóvenes y no tan mozos que desde antaño se levantan cada jornada sobre el ara de su respectiva conciencia, muy por encima de sus meras carencias y sentidas necesidades, apetencias y deseos. Son ellos los que consienten en sí mismos el orden público del que dependen, al tiempo que desarrollan una cultura e institucionalidad paulatina y progresivamente más democrática, eficiente y de calidad en la República Dominicana.

Por eso no se es igual hoy a ayer o antier. Lo significativo de cada evento social e histórico para la memoria colectiva de un pueblo es su significado.

Reconociendo lo anterior, libro a la mejor consideración de ustedes mi afirmación final acerca del caso de estudio visto a propósito de una democracia -sin par- en este rincón del mundo civilizado. Ella es:

Los límites y problemas políticos de la República Dominicana no son de democracia, sino de demócratas. Y añado para evitar confusiones y malentendidos, no de todos sus demócratas en general, sino de manera singular, tan solo problema político de los pretendidos y fracasados demócratas que la gobiernan.

Signo fehaciente y eficaz de ese fracaso es una realidad o ámbito de acción en el que todo pasa a ser política y economía-política. Eso así, porque, cuando todo se vuelve política adviene el fin de la política. Como amonesta estos días Moshe Harbertal desde la Universidad Hebrea de Jerusalem, se trata del agotamiento y término de la política una vez que todo gira alrededor del poder, se acomete por poder y es para el poder.

En función de ese reduccionismo anti democrático, tanto existencial, como nacional e histórico, en el gran coliseo de la política no queda centro solo lados y extremos; no hay verdades, solo versiones, relatos e interpretaciones; no hay hechos ni dichas, solo lucha de voluntades, bienes e intereses parcializados.

A pesar de esa tragicomedia, -tan excelentemente adaptada al gusto de la civilización contemporánea-, cuando analizaba lo que resta sin Covid-19 del año 2020 dominicano y discernía en ese resto aquel espíritu reduccionista tan característico del mundo actual, no dudé en escribir hace unas semanas que “hay esperanza”.

Y sí, ¡hay esperanza!, incluso a pesar de tantas manchas exhibidas en las páginas de la historia porque “el futuro tiene muchos (nuevos) nombres” en éste y en tantos otros rincones de nuestro lar antillano en el que los ciudadanos de a pie apostamos al valor de la política democrática y no al sinsentido de su contrasentido.

Entre esos nombres nuevos, cuento el de cada uno de ustedes, presentes en tanto que apasionados por el deseo de superación que deriva del conocimiento crítico de lo que aquí y en el gran Caribe acontece, pues eso es lo que de manera singular nos acerca o nos deslinda de los demás ciudadanos en tantas otras regiones del reino de nuestro mundo.