Opinión

04-13 Mercado espontáneamente organizado

Por José Antonio Vanderhorst-Silverio

En su cátedra de aceptación del Premio Nobel de Economía, “The Pretence of Knowledge (La pretensión del conocimiento),” en diciembre de 1974, Frederich A. Hayek destacó que “apenas empezamos a entender cuán sutil es el sistema de comunicación en que se basa el funcionamiento de una sociedad industrial avanzada; un sistema de comunicaciones que llamamos el mercado y que resulta ser un mecanismo para el procesamiento de información dispersa más eficiente que cualquier otro mecanismo diseñado deliberadamente por el hombre.”

Aunque Hayek ya lo sabía desde entonces, se ha comprobado que unos de los abusos más grandes cometidos desde hace más de una década es el de un mercado organizado, regulado por el Estado, con el que se pretende saber lo que nos depara el futuro. Ese “mercado” se nutre de la existencia de las llamadas ciencias sociales, cuando en realidad de lo que se trata a lo sumo es de artes sociales. En las actividades competitivas, lo que necesitamos es un mercado espontáneo que nos lleve al orden social.

Esa pretensión es la que, por ejemplo, ha llevado a muchos países a adoptar dichos mercados organizados regulados por el Estado en sectores socio-tecnológicos. Para colmo, en República Dominicana esos mercados están ahora consignados y protegidos en la también mal llamada Estrategia Nacional de Desarrollo, que como se explica en el artículo Negaciones estrategia y desarrollo hace precisamente todo lo contrario.

Ese diseño deliberado se basa en restringir el incierto futuro con base a un exceso de reglas que se acuerdan por consenso. Esas reglas definen creencias que no pueden ser comprobadas científicamente con dichas artes sociales. Por eso, dichas reglas restringen la libertad de acción emprendedora.

Dentro de los abusos comprobados podemos ver, por ejemplo, el artículo Laberintos eléctricos español y dominicano. Por ejemplo, uno de sus párrafos dice que “la confusión proviene de considerar el sector como un sistema simple de efectos lineales. Esa misma forma de pensar le hace que salte también a la conclusión equivocada de que “El arreglo del déficit no es materia de expertos en regulación: no tiene solución técnica, sino política… Los políticos, que crearon el déficit, deberán reunirse –aunque sea, por última vez, a puerta cerrada– entre ellos y con las empresas y consumidores, y encontrar una salida pragmática que minimice daños.”

Asimismo, en respuesta a la nota Saquemos pacto eléctrico de la caja, una persona escribió “Aquí hay mucho desorden. Este es grande.” En parte contesté diciendo “entiendo que el problema es el resultado de un exceso de reglas para proteger la CDEEE y los generadores. Por eso escribo paternalismo que hace a la población muy frágil. Necesitamos un mínimo de reglas, que auspicien un desorden que permita el desarrollo de un modelo de negocio innovador entre varios competidores en el mercado de la comercialización de electricidad.” Sería entonces el mercado el que entonces llevaría ese desorden al orden social.

Esa búsqueda del mínimo absolutamente necesario del número de reglas es la que impulsó la Arquitectura Minimalista de la Electricidad Con Valor Agregado. Con esa arquitectura se admite con toda franqueza que no sabemos, ni necesitamos saber, más que eso para crear el espacio propicio para que el mercado nos ayude a encontrar el mejor modelo de negocio.

Al reducir las reglas a su mínima expresión se deja que la iniciativa privada compita en el mercado sin interferencias de un Estado empresario para que emerja el mejor modelo de negocio. Es así como siguiendo las sugerencias del artículo Cambiemos primero el modelo eléctrico se crea ese ambiente propicio para el desarrollo de un mercado eléctrico espontáneamente organizado.

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