SANTO DOMINGO, República Dominicana.- El cortejo arribó pasadas las 9.40 de la mañana, a la primera parada, 25 minutos después de haber salido de la funeraria Blandino, en la Lincoln hacia el edificio del Congreso, donde recibiría un homenaje póstumo el alcalde de Santo Domingo Este, Juan de los Santos, por su condición de exdiputado. Hubo silencio al entrar y salir, roto en la cámara de la Asamblea Nacional, por Abel Martínez para lamentar la pérdida.

Afuera, una señora que pica los setenta años, vestida de pueblo más llano y sencillo – blusa negra, pantalones de tela, del mismo color, sin el flux, que contrasta entre “nosotros y ellos”, con tanto saco caro y chaqueta fina – pasa un arrugado y corto dedo, del color del cedro, por el rabillo del ojo derecho para limpiarse una lágrima que sale de paseo por su viejo párpado al ver la pesada caja salir del edificio.

¡Parrram pam pam! Suena el Himno Nacional cuando descansa el ataúd en la acera de la entrada del Congreso Nacional. Todos se recogen y se quedan derechitos, mientras los flashes continúan chocando de golpe con el féretro, abrazado por la bandera dominicana.

Suena una trompeta solitaria de un soldado de traje azul y boina roja, con botones inmensamente amarillos a ambos lados del traje. “Descansen… armas”, grita otro soldado, arrastrando la primera palabra para cortar la segunda, seguido de los cracks de los fusiles y las banderas manejadas al unísono.

Abel Martínez, Cristina Lizardo, Elpidio Báez, Nelson Arroyo y otros legisladores, vestidos de negro implacable, miran hacia ubican la mirada al vacío, a la alfombra carmesí bajo sus pies o a los fotógrafos y camarógrafos, quienes registran la solemne despedida.

Duelo nacional

Mediante decreto 384-15, el presidente Danilo Medina dispuso que el miércoles 16, la Bandera Nacional ondee a media asta en los recintos militares y edificios públicos de todo el país, tras haber sido declarado día de Duelo Oficial.

Archie de Jesús Medina

El miércoles, el ministro de Defensa, Máximo William Muñoz Delgado, ascendió de manera póstuma a segundo teniente a Archie de Jesús Medina, guardaespaldas del alcalde Juan de los Santos, ultimado junto al funcionario.

De Jesús fue velado en la funeraria Gresefu de la avenida Las Américas, y sepultado en cementerio Cristo Salvador, ubicado en la carretera Mella, próximo a San Isidro, pasado el mediodía.

También fue efectuado un recorrido, más breve, hasta llegar a la última morada del oficial.

Luis Feliz

El pasado miércoles 16, el cuerpo de Luis Féliz Féliz fue llevado a la funeraria municipal del sector los Girasoles. Su velorio fue por poco más de 40 minutos y poco concurrido. Cerca de las cuatro de la tarde, fue sepultado próximo a su padre, Luis Félix Pimentel, fallecido hace dos meses.

Berlinesa Franco deja caer una mano sobre el ataúd que conserva el cuerpo de su esposo y lo aprieta, a la vez que uno de sus hijos mira cabizbajo la acción. Juan de los Santos está ahí dentro, ahora intocable.

Elpidio y los demás se apresuran a levantar el féretro para acomodarlo dentro de la carroza, que lo engulle torpe, mientras se discute brevemente si empujar para la izquierda o para la derecha, de allá para acá, hasta que queda en puesto. La puerta del vehículo se cierra y empieza a avanzar, seguida a pie por la muchedumbre llana y humilde, y en yipetas por los familiares, amigos y funcionarios.

La siempre compleja Avenida Independencia los recibe, ahora desembarazada del flujo sempiterno de vehículos por la AMET. Desde la Lotería, los curiosos satisfacen su necesidad de guardar un recuerdo en sus teléfonos.

La marcha luctuosa sigue su curso por la vía y cruza una prima igual de compleja – la avenida Lincoln, aunque menos agitada en sus rodillas –, en dirección a la segunda parada, la más funesta de la caravana.

En la Federación Dominicana de Municipios (Fedomu), una carpa blanca cubre de los pocos rayos de Sol a los miembros de la entidad, lugar que el martes fue el escenario en el que tres vidas, víctimas y victimario, expiraron.

Una plegaria da paso a palabras de alabanza hacia el extinto alcalde cuando llega el recipiente mortuorio a las 10.47 de la mañana.

Despejan el espacio en el que reciben el cuerpo y lo ponen en la entrada del edificio, frente a sus compañeros municipales y personal de la institución que presidió desde el 2012 hasta su muerte, el martes 15.

Docenas de rosas blancas se levantan al pronunciarse las lisonjas póstumas, que arrancan algunas lágrimas a los presentes. Félix Rodríguez (el de San Francisco), baja la mirada ojerosa al féretro, con expresión grave, embutido en un saco negro y camisa blanca, con corbata morada. Levanta los ojos y mira al alrededor al escuchar el tumulto causado por los miembros de la prensa, quienes se azotan unos con otros para sacar la mejor toma.

Un hombre menudo, vestido de jeans y camisa azul holgada, con una corbata roja, frente pronunciada y grandes dientes, recorre la carpa de un lado a otro, soltando alaridos por la muerte de su querido Juan.

El Himno Nacional vuelve a sonar. Domingo Contreras, Johnny Jones y Francisco Fernández junto a otros toman lugar para hacer guardia de honor hasta que se agotan las últimas notas, dando paso al canto triste de un violín, y luego a Alberto Cortés, en cuya voz se escucha Cuando un amigo se va.

Suben nuevamente el féretro y empieza la marcha hacia el tercer punto, la Casa Nacional del Partido de la Liberación Dominicana (PLD), donde los miembros de la gobernante entidad política aguardan por él.

¡Adiós a Juancito!

Danilo Medina, Leonel Fernández, (presidente de la República y del PLD) Margarita Cedeño, Reinaldo Pared, Rafael Albulquerque, Francisco Javier García, Ramón Fadúl (Monchy), Alma Fernández, Cristina Lizardo, Felucho Jiménez y Eduardo Selman se acotejan como pueden en la escalinata de la explanada frontal de la sede morada, seguidos de Radhamés Camacho y de Euclides, quien rompe el negro y gris pronunciado entre los compañeros del partido con una chacabana blanca.

Héctor Olivo llama a la calma a los miembros de la prensa y pide por tercera vez hacer un espacio desde donde ingresará el ataúd, que llega a las 11.34. Descargan el vehículo y pasan los deudos, recibidos por los dirigentes políticos.

Danilo abraza a doña Berlinesa y las lágrimas empiezan su camino ya remojado hacia sus mejillas y barbilla, mientras Héctor Olivo repasa los nombres de los presentes y el motivo del acto solemne.

Anuncia la guardia de honor, encabezada por el mandatario y por Leonel, quienes se colocan en primera fila uno a cada lado de la caja, todavía abrazada por la bandera nacional. De fondo, el himno del partido se repite, suave, sin fin.

Por tercera vez, el himno del partido suena por los altoparlantes, después de que concluyen las seis guardias de honor efectuadas  por los miembros del partido, y de que Reinaldo y Julio César Valentín expresan palabras en honor al difunto.

“En este momento de momento nublado, no podemos contener el dolor, el llanto”, dice Julio César en un discurso cuasi político. “Adiós Juancito… te amamos Juancito”, robando unos aplausos a los presentes.

Veinte minutos pasadas las 12 del medio día, el cortejo toma dirección hacia el municipio Santo Domingo Este, por la Independencia, hasta el parque, subiendo por la 30 de Marzo y luego la avenida México. Una señora da gritos de dolor y se sacude mientras que el carro coronado con rosas blancas.

El rey de Santo Domingo Este

La fila de gente se extiende hasta llegar al puente Ramón Matías Mella (de La Bicicleta), retratando el momento. Sobre su convexo lomo, la hilera de yipetas que se desliza hacia Villa Duarte, lugar donde vivió en tiempos menos opulentos, es protegida por miembros de seguridad que se enganchan a cada lado.

La gente se vuelve a amontonar a ambos lados de la vía después del puente y lanzan un aguacero de rosas blancas, a la vez que sostienen carteles con el rostro sonriente del ultimado alcalde, adornados con listones de duelo.

Una mujer regordeta corretea detrás de la prensa gritando las bondades del extinto líder político, con lágrimas en sus ojos.

Al fondo, un mitin morado – masas de abajo, banderas gorras, carteles, vítores, besos, rosas, motores, por dioses – sigue el cortejo hasta su exvivienda, en donde se renuevan los gritos de dolor, antes de seguir su trayecto hasta llegar al nuevo Palacio Municipal, por la insoportable avenida San Vicente. El tapón se magnifica en dirección oeste hacia el este y llega hasta el puente.

“Ese era un buen hombre. Mataron a un hombre bueno. Juancito era el rey de Santo Domingo Este”, dice una señora, parada en la intersección de la San Vicente con Costa Rica, en medio de un bandereo.

Finalmente la carroza llega hasta el Palacio sin inaugurar, con honores y bombos extraordinarios. Allí son recibidos por la senadora Cristina Lizardo y la vicealcaldesa Jeannette Medina, dando inicio a la ceremonia formal a las 2.30 de la tarde.

Los gritos y las desmayadas no se hacen esperar, en medio del calor, la emoción y los olores concentrados.

El Sol sale detrás de una nube y deja caer de lleno su luz, multiplicando los sudores y la incomodidad. El Himno Nacional suena por tercera vez, y empiezan los discursos de honor, el último adiós de su municipio.

Puerta del Cielo

Solo faltando 15 para las cinco, el cielo se nubla por completo y la lluvia se hace sentir de lleno. El cortejo va sereno bajo el chaparrón hasta el último lugar de descanso de ‘Juancito’ en el kilómetro 22 de la Autopista Duarte.

El congestionamiento en la vía se extiende en ambas direcciones, incluso después de que la carroza ha cambiado su curso hacia el panteón.

El presidente y miembros del partido allí lo esperan, para darle una despedida final al compañero asesinado.

“Me enseñaste tantas cosas, pero te faltó lo más importante: cómo vivir sin ti”, grita Berlinesa, con la voz acabada por el llanto.

Bajo la carpa blanca y una sábana de rosas fue sepultado y lágrimas Juancito pasadas las 6.20 de la noche, sin la gente llana y simple detrás del carro fúnebre y sin banderas moradas.

El cortejo regresa ahora en desorden, entre los huecos dejados por otros vehículos que como ellos, navegan en el río tempestuoso de hierro, caucho y pintura en que se ha convertido la autopista. El aguacero continúa persistente.