Editorial

Una reflexión sobre la Iglesia y la sexualidad de sus ministros


La sexualidad ha sido un tema de bajo perfil de la Iglesia hacia su propio personal, desde seminaristas, diáconos, sacerdotes, obispos y arzobispos. Lo que pasa entre ellos, o de parte de ellos con la feligresía, de cualquier edad o género, es un tema a tratar con suma cautela, casi en silencio, en procura de no provocar escándalos.

Otra cosa es la sexualidad de los demás, vista por la Iglesia y sus miembros más destacados, o por los propios dogmas, que vienen desde San Agustín y Santo Tomás, dos de los llamados padres de la Iglesia. Es un tema a controlar. El sexo sólo se permite para la reproducción, nunca desde el punto de vista del placer, porque el placer es algo vedado.

Y temas como el sacerdocio de las mujeres o la educación sexual en la educación laica hay que abordarlos en perspectiva especializada, siempre en procura del mantenimiento del control. Las mujeres no pueden acceder al sacerdocio, pese a que juegan el papel más importante,  llenando masivamente las iglesias en todas partes del mundo. Y pese que sirven desinteresadamente a todos lo que las necesite en las parroquias.

Las mujeres tienen alma, tienen valores, tienen conocimientos, tienen fe, tienen capacidad de discernir, y por supuesto acogen como nadie los preceptos de Jesucristo. Pero no están dotadas para el ministerio sacerdotal. Están y seguirán excluidas. Y la razón es la sexualidad, que se ve en ellas a leguas, como no se ve la de los hombres.

Y la Iglesia se ha cargado de homosexuales y pederastas. Y en el Vaticano existe lo que se ha denominado “un lobby gay”, y sacerdotes y obispos son señalados en muchas partes del mundo como responsables de violaciones sexuales, pederastia y muchas otras barbaridades, como las que se atribuyen a Marcial Maciel, el fundador de Los Legionarios de Cristo, que incluyó el suministro de  drogas a sus propios hijos e hijas o tener sexo con sus hijos, a quienes también violaba.

Y la Iglesia desarrolló la político de ocultar los casos de homosexualidad y violaciones sexuales en su interior. Todo el mundo sabe que en los seminarios católicos se han visto y contado muchas historias de prominentes hombres de Iglesia, que han sido visto en actividades irregularidades para su ministerio.

O se habla de la activa vida sexual de sacerdotes y obispos, que en el pasado tuvieron hijos, formaron familias, y convivieron con ellas, pese a que los hijos tenían que llamarles tíos frente a las personas que no eran estrictamente del entorno familiar.

Las aberraciones son en realidad la gran culpa de la Iglesia, por taparlas y dejar que sus miembros las practicaran, dejando una estela de víctimas en todo el territorio nacional.

Si la Iglesia es Santa y pulcra, o una sociedad perfecta como se llama a sí misma, debió adoptar una postura más responsable con los casos de homosexualidad y pederastia. La homosexualidad en escuelas, en particular induciendo a jóvenes de los centros de estudios a prácticas para las que no estaban preparados, es una desviación. Lo mismo que la pederastia.

Cualquier ministro o sacerdote puede desarrollar su sexualidad de manera normal, si está preparado para ello y si la practica con personas adultas, que van con conciencia a una relación. El problema moral lo tienen frente a sus autoridades. Lo grave es que muchos personajes han ido a la Iglesia para esconderse en sus aberraciones, en particular con menores de edad. Eso es lo condenable.

Poco a poco la Iglesia ha ido adoptando posiciones más satisfactorias. Ya hay un código que condena la pederastia. Y el Papa Francisco inauguró una política de castigo a los abusos sexuales dentro de la Iglesia. Eso es correcto. Cada país debe juzgar a los miembros de las Iglesias que cometan delitos con menores de edad. Una cosa es la pederastia y otra muy distinta es la práctica de la homosexualidad.

Si miramos al siglo pasado, y al siglo antepasado, en la República Dominicana hay muchos nietos y biznietos de obispos y arzobispos. Eso nadie tiene que criticarlo o considerarlo aberrante o ilegal. La sexualidad no puede extinguirse en ningún ser humano, a menos que -como hicieron algunos que hoy se consideran santos- se arrancaran sus genitales y estuvieran definitivamente imposibilitados de tener sexo. Sin embargo, eso no les quita el deseo o la erótica visible y presente en todo ser humano, por más santo que desee ser.

La Iglesia dominicana, por tanto, si desea ser perdonada como han pedido algunos obispos, tiene que ser humilde en el reconocimiento de sus debilidades, y hacer todo lo posible para reparar los daños causados, adoptando posturas preventivas –alejar los lobos del rebaño de ovejas- y acogiendo la necesaria educación sexual en las escuelas.

Precisamente la educación sexual es lo que prepara a los niños y niñas para rechazar cualquier insinuación o seducción de los adultos que desean abusar sexualmente de ellos, sean estos maestros, familiares, adultos conocidos o desconocidos, o sacerdotes o nuncios representantes del papa.

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