En el debate público y en las conversaciones cotidianas, cuando hablamos de política y de los políticos dedicamos una gran parte del tiempo a la crítica mordaz, a la invectiva, a la descalificación de los políticos. Y como cosa ya casi comprobada, hemos concluido en la calificación de los políticos como los peores oficiantes de su gestión profesional y pública, y los consideramos los principales responsables de los males del país.

Tradicionalmente, una parte de ese ejercicio se invierte especialmente contra el presidente de la República -no importa de quién se trate ni de qué partido provenga- y contra los políticos que ejercen el poder.

Es como si se tratara de un modo de justificar aquello de "¡abajo quien suba!". Y esto ocurre en un país en el cual todo el que incursiona en política se entiende con capacidad y calidad para ser presidente.

La historia nuestra está bastante inundada de casos de políticos irresponsables, malos administradores, gente que nunca creyó en el país, pero que llegaron a la presidencia y que nunca renunciaron a seguirla gobernando. Pero también son muchos los que se negaron al ejercicio de la política, pese a poseer las mejores condiciones. Estos últimos, tal vez por temor a ser blanco de diatribas y maledicencias, rechazaron las propuestas de entrar a un partido y competir por la candidatura presidencial.

Los hay también que teniendo los méritos y las suficiencias profesionales fueron impedidos de alcanzar la presidencia dominicana. Entre los políticos del pasado siglo que no pudieron ejercer la presidencia de la República, con sobrada capacidad para hacerlo, se encuentran José Francisco Peña Gómez, Manuel A. Tavárez Justo. También el caso de Juan Bosch, quien apenas pudo ejercer de gobernante durante siete meses al inicio de los años 60, pero que siguió en la política hasta avanzada edad, retirándose por asuntos de salud en 1994.

De Balaguer y Bosch es mucho lo que se ha escrito y dicho. Los dos ejercieron el poder con enormes diferencias. Balaguer fue seis veces presidente por cuenta propia, luego de haber sido uno de los presidentes nominales del dictador Rafael Trujillo.  Durante 23 años gobernó Balaguer el país, pero Juan Bosch apenas pudo hacerlo, siendo siempre un factor de poder. Los seguidores de Bosch han gobernado 18 años, pero uno no sabe si calificar ese ejercicio como lo que hubiese deseado ese gran escritor y maestro de la política dominicana.

La política es una tarea difícil y amarga cuando se ejerce con dignidad y con visión de servicio. Pocas actividades generan más tensiones y presiones que la política, sobre todo si se ejerce con responsabilidad.

Es verse expuesto permanentemente al reclamo público en historias reales, falsas o con medias verdades y/ medias mentiras. Como cada dirigente ocupa un puesto en un partido político, si dos de ellos se juntan, o conversan por amistad o por simple cortesía, de inmediato surgen las conjeturas y maledicencias.

Es como si se quisiera que el político probara permanentemente que es el más firme e implacable adversario de sus competidores, evitando los saludos y las conversaciones. Todo se reduce a una competencia sin tregua, a una batalla extrema, siempre apostando a vencer sin importar el precio.

En las campañas electorales de República Dominicana no hay debates formales, como los que se organizan en otros países frente a las cámaras de la televisión, pero se insiste en que cada quien debe destrozar al otro, para demostrar que tiene ánimo y que merece la confianza de los votantes. Porque también nos hemos acostumbrado a disfrutar votar en contra de alguien, más que a favor de una propuesta.

Algunas cosas deben comenzar a aclararse. Los políticos adversarios pueden dialogar. Los opositores pudieran dialogar con el presidente y expresar sus criterios, no necesariamente con un discurso o a través de los medios de comunicación. El presidente puede acostumbrarse a escuchar las críticas de los dirigentes opositores.

No es cierto que todos los políticos son vagos o son pregoneros de la tragedia. En la política hay personas con vocación y con buenas intenciones. Gente que se ha formado para un ejercicio en la administración pública, así como se forman profesionales de la medicina, la economía o la agricultura.

Nos hemos acostumbrado a despotricar contra la política y contra los políticos, pero en los procesos electorales les votamos. A los de izquierda y a los del centro, así como a los de derecha. A los oportunistas, enganchados, vivos, negociantes y busca cargos los conocemos por sus discursos y sus acciones en los procesos electorales. Pero no todos caben en el mismo saco.

Y hemos llegado al punto de la anti-política. Acogemos y votamos a cualquier improvisado, porque rechazamos a los políticos de formación, y por ese sendero se corre el riesgo de entregar la administración del Estado a improvisados que pueden hacer mucho daño. Como ocurrió en Estados Unidos con un candidato presidencial que se decía independiente, que abjuraba de la política, pero que fue acogido por  un partido y obtuvo la presidencia.

En una entrevista la pasada semana, el ex presidente Francois Hollande, de Francia, reflexionó sobre su decisión de no buscar una repostulación y dar paso a un independiente como Enmanuel Macron: Si se hubiese postulado -expresó- la presidenta de Francia sería hoy Marine Le Pen. Hollande es un ejemplo de político juicioso, sacrificó sus aspiraciones personales para no exponer a su país al peligro de ser un gobernado por un partido de extrema derecha, xenófobo, nacionalista irracional, que habría tratado de aislar a Francia.

La capacidad de saber interpretar las coyunturas, de leer el momento histórico, es también una cualidad muy apreciada en un político, y uno de sus mejores servicios al pueblo que desee liderar. No todo es ganar elecciones.

Pero para valorar este tipo de actitudes de los políticos es necesario despojarnos del prejuicio y de la capacidad para la especulación sin límites. Por ejemplo, este lunes se reunieron en Santiago el presidente Danilo Medina y el presidente Hipólito Mejía, y de inmediato han comenzado las especulaciones e interpretaciones.

La imagen de Danilo Medina e Hipólito Mejía tomados del brazo, en una inauguración en Santiago de los Caballeros ha disparado las conjeturas. Es como si pronto se pusiera en evidencia que el mundillo político nuestro está saturado de quienes ponen a trabajar la imaginación sin límites. Todo esto cuando probablemente la amabilidad de ambos políticos fue lo único que motivó el acercamiento y la sonrisa; el resto lo pone el morbo de los círculos políticos.