La Suprema Corte de Justicia que cesa en funciones, para dar paso a los nuevos integrantes seleccionados por el Consejo Nacional de la Magistratura, tuvo el mérito de comenzar un proceso de reforma judicial que ha dejado huellas importantes y que deberá ser reconocida en la posteridad como la primera que emprendió con rigor un cambio en el poder judicial.
Su gran pecado fue depender en exceso del poder político y estar siempre pendiente de las posiciones del presidente de la República, Leonel Fernández o Hipólito Mejía. De los 14 años que tuvo al frente de la Suprema Corte de Justicia, Subero Isa estuvo 4 con Mejía y 10 con Leonel Fernández.
Subero complació prácticamente en todo a los dos presidentes, con una o dos excepciones no significativas, que terminaron cerrándole la posibilidad de la continuación para lo que él mismo definió como la segunda ola de reformas en la justicia dominicana.
Cuando la Suprema Corte de Justicia celebró los 10 años de su instauración, y cuando ponía en circulación uno de sus libros, el doctor Subero definió al doctor Fernández como un amigo entrañable, un miembro más de su familia, sin percibir que estaba dejando su independencia en manos del poder político y que se estaba colocando, a los ojos del país, fuera de la solemnidad que le corresponde al magistrado presidente del máximo tribunal.
El doctor Fernández impuso la reforma constitucional, y contrario al criterio del doctor Subero, instauró el Tribunal Constitucional al margen de la SCJ, que Subero quería dentro y como dependencia del Pleno de la SCJ.
La reforma judicial implicó la higienización física de los tribunales, su dignificación, y también le concedió mayor solemnidad a las decisiones judiciales. Hubo más preocupación por las cuestiones éticas, más búsquedas de jueces con formación, se estableció la carrera judicial, la Escuela Nacional de la Judicatura y se crearon mecanismos de vigilancia sobre el comportamiento de los tribunales.
Serán muchas las reflexiones que se harán sobre el manejo del doctor Subero y de las cámaras en que estaba dividida la Suprema Corte de Justicia. Algunos ya dicen que Subero fue excesivamente ambicioso, que trabajó para darle más poder a la independencia judicial cuando las condiciones cerraban esa posibilidad, o que confió excesivamente en Leonel Fernández y siguió su juego hasta el último momento, cuando abruptamente se enteró que no seguiría al frente de la SCJ. Y hablan hasta de un exabrupto.
Eso, en su tiempo, será explicado. Fueron muchas las diferencias internas que debió manejar Subero en la SCJ, muchas las presiones, y los temas más gruesos fueron decididos en condiciones pocas veces vistas en el país, como el caso Sun Land o las decisiones sobre los banqueros imputados por las quiebras fraudulentas del 2003.
Magistrados como Rafael Luciano Pichardo, José Enrique Hernández Machado, Julio Aníbal Suárez, Pedro E. Romero Confesor, Eglis Esmurdoc, Margarita Tavares y Julio Ibarra Ríos, estos dos últimos fallecidos, son también protagonistas en el proceso.
Al pasar balance a su gestión deben sentirse orgullosos de completar parcialmente un proceso relevante para la democracia dominicana. Pudieron hacer más, es verdad, y debieron hacer más, pero se fijaron demasiado en las señales de los partidos y de los líderes políticos, en especial del presidente Fernández, quien es y seguirá siendo un animal político.
Por eso, no es de extrañar que el doctor Subero haya dicho, al renunciar de la posición de miembro de la SCJ que le asignaron, bajándolo de posición, que las señales que había recibido eran otras.