La manifestación antihaitiana de los barrios de la zona sur de Santiago, reclamando la expulsión del país de los inmigrantes haitianos y de los líderes de las organizaciones no gubernamentales que defienden sus derechos, es una expresión de intolerancia que desdice de la tradicional postura del pueblo dominicano.
Pese a las contradicciones y enfrentamientos históricos, los dominicanos y los haitianos han debido reconocer la obligación de convivir uno al lado del otro, físicamente, y muchas veces compartiendo solidariamente ante los ocasiones fenómenos de la naturaleza o ante los desafíos económicos y políticos comunes.
La falta de democracia, en primer lugar, y la división del pueblo haitiano por vía de un liderazgo que no ha podido ponerse de acuerdo, la comunidad haitiana ha tendido a emigrar. Hay millones en Cuba, Canadá, Estados Unidos, Francia, y en muchos otros países. Los que menos posibilidades tienen emigran hacia la República Dominicana, y aquí realizan labores pesadas, aunque productivas, integrados a la construcción, a la producción agrícola, al trabajo doméstico, al corte de la caña y a muchos otros servicios.
Las autoridades dominicanas trabajan, aplicando la ley y mejorando los controles migratorios. Incluso persiguen a ilegales en las calles y los deportan, muchas violentando los procedimientos internacionales establecidos para esos fines.
Presionar en la dirección en que lo han los barrios del sur de Santiago es tomar el camino de la xenofobia, el peor de los caminos, y aplicar una solución que hasta el momento no ha sido la política del Estado dominicano.
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