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Parte 1: Mi adiós a los estadios de Béisbol de nuestro país

Por Jorge Chaljub


Todo ser humano busca alguna forma de entretenimiento; la diversión la procura tratando de alcanzar un sano esparcimiento. El pasatiempo escogido muchas veces guarda relación con la clase social, edad de las personas, cultura del país y hasta con el clima. Alegrar el espíritu contribuye a hacer sentir bien a quien lo disfruta.

En nuestro país, entre los deportes más populares están la lidia de gallos y el béisbol. La generalidad de los dominicanos y dominicanas gozan a plenitud el enfrentamiento entre dos gallos, o un juego de pelota. Cuando están en una gallera o en un estadio de béisbol, nuestros compatriotas se olvidan de todo.

Siempre he sido un apasionado del béisbol; me he sentido atraído por practicarlo o presenciarlo. No hace mucho tiempo fui un activo jugador de pelota y softbol; y, desde hace casi setenta años, he hecho acto de presencia en estadios de béisbol, como simple espectador, tanto en el país como en el extranjero.

Siguiendo mi tradición beisbolera, me he mantenido como un asiduo asistente a los juegos que se han efectuado en el Estadio Cibao; desde aquella noche del 25 de octubre de 1958, cuando recibiendo Vicente Scarpate, Radhamés Trujillo hizo el lanzamiento de la primera bola, y Dick Stuart disparó, por el mismo centerfield, dos cuadrangulares, en ese juego inaugural de Águilas frente al Licey.

Por tradición, por adquisición propia o gentileza de un amigo, antes de iniciar la temporada de béisbol profesional en el país, siempre he tenido en mis manos el documento que me autoriza a estar presente en todos los juegos a efectuarse en el Estadio Cibao; pero en los últimos años no había ido a presenciar dos partidos consecutivos, aunque le doy seguimiento permanentemente a todo lo relacionado con el campeonato y, en particular, con el equipo de mi simpatía, las Águilas Cibaeñas.

Rompiendo la tradición de mi no continuidad de   asistencia al Estadio Cibao, atendiendo a una invitación que me hizo un entrañable amigo, en la pasada serie de todos contra todos, hice acto de presencia en forma sucesiva a los tres últimos juegos efectuados en Santiago por las Águilas Cibaeñas frente a las Estrellas Orientales y Los Toros del Este.

I.- LA COMPOSICIÓN CLASISTA EN LOS ESTADIOS   Y LA PROMOCIÓN PARA MOTIVARLA.

Actualmente hay en la organización y dirección en los estadios de béisbol profesional para motivar al fanático a presenciar un juego de béisbol, y la composición clasista de los que asisten al espectáculo.

En reiteradas ocasiones he dicho que la sociedad dominicana está agrietada, que el deterioro se comprueba desde el seno del núcleo familiar, pasando por el sistema educativo, hasta llegar a todas las instituciones del Estado.

Una persona con sano juicio, y que tenga la posibilidad de leer este escrito, a lo mejor se hace la pregunta, ¿qué busca Negro Veras, relacionando la asistencia a un estadio béisbol, con el deterioro hoy de la sociedad dominicana?

Ciertamente que hay estrecha relación. Veamos.

El Estadio Cibao de ayer era animado primero por la Sirena de Coco y El Capi Victoria, luego por El Guayaberudo, posteriormente por el Combo de Picholo Cordero, y desde siempre por lo que ha puesto a vibrar a los fanáticos aguiluchos, el merengue Leña, himno de las Águilas Cibaeñas. La animación hoy difiere totalmente en el llamado Valle de la Muerte, el Estadio Cibao.

Todo aquel que asiste ahora al Estadio Cibao, o a cualquier otro estadio del país donde se lleva a cabo un juego de béisbol profesional de invierno, debe estar preparado mentalmente para saber que está presente en un lugar ideal para lo que es la sociedad dominicana de hoy, caracterizada por el comportamiento inadecuado de algunos fanáticos, y actividades promocionales que dejan boquiabiertos a quienes no estamos familiarizados con el nuevo ambiente en los estadios.

Es cierto que todo aquel que se desplaza desde su hogar para asistir a un juego de pelota sabe que no va a estar en una ceremonia religiosa, de recogimiento espiritual, sino en un ambiente festivo, donde reina la alegría, la diversión, el chiste, la ocurrencia; en fin, en un medio donde la jocosidad está a flor de labios en los presentes.

En cualquier lugar del mundo donde se lleva a cabo una actividad deportiva ahí estará la bulla, la algarabía, como expresión de agrado o disgusto. Las emociones se van a expresar en alboroto, gritería; en un natural jolgorio.

Lo que no se va a ver en un estadio de una sociedad organizada, civilizada y donde se respetan las buenas costumbres, es una continuidad escandalosa motivando a los fanáticos para que se mantengan, en forma ininterrumpida, por medio de un altoparlante, escuchando una música chillona, y a un señor con un megáfono incitando a bailar, a cantar, a beber, etc.

No escapa a mi conocimiento que el béisbol profesional es un negocio y que aquellos que están involucrados en el mismo tienen que aplicar todos los medios mercadológicos para motivar a sus clientes, a fin de que se sientan a gusto con el ambiente y la mercancía servida.

Pura y simplemente, el fanático que va a un estadio a presenciar un partido de béisbol, hay que hacerlo sentir bien, de acuerdo con su concepción de vida, del mundo y de su ubicación clasista.

La generalidad de los que hoy van a presenciar los juegos de béisbol profesional a nuestros estadios, disfrutan el momento; no solamente viendo a su equipo ganar, sino también viéndole el trasero a una “cubetera”, escuchando música buena o mala, por amplificadores a todo dar; a un fanático bailando sin camisa sobre su asiento, o en estado de locura por la emoción que le produce el oportuno cuadrangular disparado por un bateador del equipo de su simpatía.

A los estadios asisten a presenciar los juegos de béisbol profesional fanáticos con criterios y gustos muy distintos. Ese negocio se nutre de muchos parroquianos amantes, más que del béisbol, de la chercha sin sentido; de consumidores de espectáculos buenos y malos, de compradores de servicios de cualquier naturaleza, sin importar que se lo oferten en un santuario o lugar de mala muerte.

Unademostración de los que promueven y motivan al nuevo fanático que asiste a los estadios de béisbol profesional es que, conociendo su estructura clasista, su ubicación social, gustos, hábitos y actitudes, por las bocinas que están dentro del estadio, en el momento de más emoción de un inning, se escucha la voz de un promotor diciendo: “… y después del juego salga para el club…”, “…no olvide que luego del juego lo esperan enpara bailar hasta que amanezca en el monte …”.

La citada incitación dentro del estadio es una evidencia de que sus promotores tienen la firme creencia de que la generalidad de los hombres y mujeres que están sentados presenciando el partido, pueden ser inclinados o inducidos, una vez concluya el juego, para que, en lugar de irse a sus hogares donde los espera su familia, esposo o esposa, e hijos, se vayan a continuar de parranda para un prostíbulo o un lugar cualquiera de mala muerte.

Lo que pinta la realidad de nuestros estadios de béisbol, en el curso de la celebración de los campeonatos de invierno, es la composición social, la convergencia de distintas clases sociales en nuestro medio, que se dan cita en un mismo lugar o espacio físico, y hacen acto de presencia con diferentes motivaciones.

 

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