“Y tú te vas, que seas feliz,
te olvidarás de lo que fui;
y yo en mi ventana veré la mañana
vestirse de gris” (José Luis Perales: Y tú te vas).
“Esos días grises del otoño me ponen triste…” (José Luis Perales: Canción de otoño).

Excusando la contradicción del título (una sinfonía es una pieza musical para una orquesta, aquí la reducimos a dos voces), como estamos viviendo la estación otoñal y pronto vamos a sumergirnos en las brumas del invierno, hoy dedicamos nuestro espacio en Acento al color gris, también llamado plomizo. La referencia a ese color es muy común en las letras de canciones y en la poesía lírica. El gris es un color apagado, que transmite una serie de sensaciones que van desde agobio, desapacibilidad, desolación, aburrimiento hasta tristeza. Es decir, nuestros poetas y compositores lo utilizan para expresar sentimientos relacionados con esos estados interiores. Sólo cuando se habla de inteligencia, el gris adquiere un sentido positivo, ya que suele asociársele con esa facultad (tener poca o mucha materia gris).

Es el color que prevalece en los días nublados, aunque cuando éstos se vuelven muy intensos el cielo pasa de gris a negro. Por eso, en los meses del año en que más abunda la lluvia (meses de otoño e invierno) el gris es un huésped habitual. Algunos prefieren hablar de cielo plomizo, que es definido como color gris azulado, parecido al plomo. En otras palabras, el mismo gris.

Dos poetas, uno nicaragüense –Rubén Darío (1867-1916)– y el otro dominicano                        –Federico Bermúdez (1884-1921)– nos aportan los textos que hoy comentamos. El primero es uno de los poetas más prestigiosos de Hispanoamérica, figura máxima del Modernismo; el otro sobresale como uno de nuestros primeros poetas de temática social. Ambos recrean un panorama en el que sobresale la gama del gris, aunque difieren en que uno corresponde al verano y el otro al invierno.

II.

Rubén Darío.

Sinfonía en gris mayor, de Rubén Darío, dibuja una especie de cuadro paisajístico en el que predomina un clima sofocante de verano y todo el panorama está envuelto en un intenso color gris. El título nos habla de una sinfonía, que más arriba definíamos como una composición musical hecha para ser ejecutada por varios instrumentos. La sinfonía no está en La o en Re Mayor: está en Gris Mayor, con lo que se produce una extrapolación de un concepto musical a un campo visual. En el poema del que aquí nos ocupamos, los instrumentos no son más que los diversos elementos de la naturaleza que conforman el cuadro descriptivo. Si todos los instrumentos de una orquesta, debidamente ejecutados, concurren en un mismo motivo o tópico, los diferentes objetos y espacios que dibuja el poema deben concurrir también hacia un mismo fin, un mismo tema, que en este caso es la gris coloración del paisaje y la quietud del entorno, los cuales pueden ser resumidos en el concepto monotonía. En este caso, a diferencia de lo que suele ocurrir con una pieza musical, no hay variación. Se trata de un ambiente monocromático (de un solo color).

Esa invariabilidad, no sólo está presente en el contenido, sino que se manifiesta en la forma escogida por el poeta para presentar sus versos: la rima elegida se mantiene inalterable de principio a fin. Esta recae en los versos pares (excepto una ligera variación en la estrofa tres), y descansa invariablemente en la sílaba i (zinc, gris, cenit…). Dicho recurso repetitivo contribuye aun más a reflejar el carácter monótono del paisaje.

Los primeros elementos que nos presenta el poeta son el mar y el cielo. El mar adquiere la forma de un espejo en cuya transparencia se refleja el cielo en un día intensamente nublado. Un día en que el sol ha sido parcialmente borrado por las nubes. Por eso el cielo, que el mar refleja en su transparencia, adquiere un color de zinc (metal de color gris). Y esa imagen grisácea se reitera en una escena en la que unas bandadas de pájaros vuelan a gran altura, ocultando fragmentos de ese cielo gris pálido, como lo describe el poeta:

El mar como un vasto cristal azogado
refleja la lámina de un cielo de zinc;
lejanas bandadas de pájaros manchan
el fondo bruñido de pálido gris. 

El sol aparece en el firmamento, pero no es el astro que flamea potentemente sobre la tierra durante la estación veraniega; es un sol cuya luz es débil, como si se reflejara a través de un cristal opaco. La voz poética lo presenta como un enfermo que avanza hacia el cenit (punto más alto de la elevación solar, mediodía). No sólo hay un sol opaco, sino que todo luce quieto, impasible, inmóvil. La naturaleza está sosegada. Es de destacarse cómo el poeta humaniza los elementos naturales del ambiente, los cuales actúan y se comportan como seres animados y racionales: “el viento marino descansa en la sombra”. Es decir, el viento del mar está acostado, ocioso, usando como almohada su clarín (alusión al sonido que emite el viento, y que ahora está en silencio).

El sol como un vidrio redondo y opaco
con paso de enfermo camina al cenit;
el viento marino descansa en la sombra
teniendo de almohada su negro clarín. 

Para dotar de mayor consistencia a la imagen de una naturaleza cuasi estática, en la siguiente estrofa el poeta habla de la pesadez con que se mueven las aguas marinas, dice que tienen vientre de plomo (el plomo es metal pesado, recordemos la expresión “pie de plomo”). Tan sombrío es el panorama que las aguas marinas adquieren un sonido semejante al llanto. Y es ante ese panorama que aparece en escena un ser humano. Un marinero que evoca su distante país de origen:

Las ondas que mueven su vientre de plomo
debajo del muelle parecen gemir.
Sentado en un cable, fumando su pipa,
está un marinero pensando en las playas
de un vago, lejano, brumoso país. 

La imagen de un marino sentado, fumando y pensado (rememorando), refuerza la idea de quietud que ya sugiere el paisaje desde el principio, como hemos visto. Por otro lado, para enfatizar aun más la grisura del ambiente, la voz poética nos describe la imagen del país objeto del recuerdo del navegante: vago, lejano, brumoso. Es como si los ojos del personaje vieran lo que está en su mente a través del humo de su pipa. Son imágenes borrosas, opacas, que parecen estar más próximas al sueño que a la vigilia.

El marinero es un hombre curtido en labores de marinería. Ha recorrido todo el orbe terrestre yendo de un extremo a otro a través de las rutas marítimas. Dura tarea para la que hay que tener un espíritu fuerte, una voluntad de acero. Y aun así, en medio de las vicisitudes propias del oficio, el tabaco y el alcohol son estimulantes necesarios: uno para estimular la voluntad y otra para atenuarla cuando se precisa de calma. Las referencias al tabaco (pipa) y al alcohol (gin, es decir, ginebra) no son, pues, gratuitas:

Es viejo ese lobo. Tostaron su cara
los rayos de fuego del sol del Brasil;
los recios tifones del mar de la China
le han visto bebiendo su frasco de gin. 

La estrofa que sigue, como la anterior, está centrada en la figura del marinero. Aquí se describen sus rasgos físicos, se trata, pues, de una prosopografía: |

La espuma impregnada de yodo y salitre
ha tiempo conoce su roja nariz,
sus crespos cabellos, sus bíceps de atleta,
su gorra de lona, su blusa de dril. 

La próxima estrofa continúa la escena del marinero sentado en su barco, fumando su pipa, mientras contempla en su imaginación los contornos de su lejano país. Aquí se presenta de manera más explícita lo que ya sugería una estrofa anterior: la asociación entre el humo del tabaco y la imagen borrosa que el navegante esboza en su imaginación:

En medio del humo que forma el tabaco
ve el viejo el lejano, brumoso país,
adonde una tarde caliente y dorada
tendidas las velas partió el bergantín… 

Hora caliente del mediodía estival en el trópico, a pesar de la nubosidad que resta intensidad al sol. El viejo marinero, que metafóricamente es nombrado por el poeta bajo el apelativo de lobo (asociación con el lobo marino), entra en un estado de adormecimiento, frontero con el sueño. En medio de la impasibilidad y la modorra, el gris envuelve todo el entorno. A lo lejos, borrado por las brumas, el horizonte ha desaparecido:

La siesta del trópico. El lobo se aduerme.
Ya todo lo envuelve la gama del gris.
Parece que un suave y enorme esfumino
del curvo horizonte borrara el confín.

El poema cierra con una estrofa donde se insiste en la particularidad del momento  (“la siesta del trópico”), que a su vez re-acentúa en la conciencia del lector la sensación del calor propia de esta región del mundo, agravada por ser la hora en la que el sol alcanza su mayor intensidad. Todo el ambiente está quieto, y en medio de la inmovilidad y el silencio sólo se escucha el sonido ronco (desagradable) de una cigarra y el canto monótono del grillo:

La siesta del trópico. La vieja cigarra
ensaya su ronca guitarra senil,
y el grillo preludia un solo monótono
en la única cuerda que está en su violín.

La imagen de una cigarra vieja, que pulsa una “guitarra senil” de la que brota un sonido ronco, unida a la de un grillo que toca un solo en un violín de una sola cuerda no pueden ser más deprimentes. Ello contribuye a hacer más patético el cuadro, lánguida expresión de la grisura y la monotonía del paisaje.

III.

Federico Bermúdez.

Serenamente gris, de Federico Bermúdez, presenta una escena sentimental enmarcada en un atardecer lluvioso. Es ese momento maravilloso en que la tarde va borrando sus contornos indecisos y la noche va recubriéndolo todo con sus espesas sombras. Hora del ocaso, que ha inspirado a tantos poetas.

En la primera estrofa aparece la lluvia, que el poeta define como tornadiza, es decir, inconstante, variable, y tan menuda que parece un polvo gris flotante. Es una lluvia que cae sin estruendo, sobria y quedamente. También hay viento, pero es un viento suave (adormilado) que no alcanza a turbar el sosiego de la tarde. Por encima de los ramajes se destaca la niebla, definida como sutil, es decir, fina y delgada. Los tres elementos de la naturaleza (lluvia, viento y niebla) no hacen sino acentuar la imperturbabilidad del atardecer.

La lluvia, tornadiza como una polvareda,
más flota que desciende, serenamente gris…
el viento, adormilado, sobre la tarde queda
y sobre los ramales la nébula sutil…

Es común a la tradición poética relacionar el atardecer con un sentimiento de tristeza, inspirada en los últimos latidos de la tarde que muere a manos de la noche. Por lo general, suele ser un sentimiento vago, sin llegar a profunda melancolía. Sin embargo, en este poema no hay tal tristeza en los personajes que actúan en la escena, a pesar de ciertas “tristezas invernales”. Todo lo contrario, ese escenario beatífico es el marco perfecto para la expresión de la ternura y el romanticismo:

Cabalgan por el éter tristezas invernales,
y en la tranquila estancia, serenamente gris,
mientras la vaga niebla se asoma a los umbrales
¡te duermes en mi pecho como una flor de lis!


La misma placidez que se ha adueñado del entorno parece obrar sobre el estado anímico de los personajes. La amante, lánguida, se duerme en el pecho del amante. He dicho la “amante”, y más bien podría hablar de la novia, o la amada, pues la inocencia de la escena y la comparación de la dama con una flor de lis no admiten las connotaciones que encierra aquella denominación. La flor de lis es una representación del lirio blanco, que simboliza la virginidad, la inocencia y la pureza.

En la estrofa siguiente (primer terceto) la voz poética, que se corresponde con la del enamorado, enumera las acciones de la dama. Hay en ella una disposición a los reclamos de la pasión, pero la escena es de tal inocencia que conmueve. El poema sugiere que se trata de una joven, sin experiencias en las artes amatorias, cuyo pecho (corazón) es definido como cándido (lo cual enfatiza lo dicho sobre la estrofa anterior), que actúa con pasividad, a pesar de la sugerente sonrisa como invitando al beso. Pero no hay que imaginarse un arrebato pasional, bien lo dice el poeta: “un beso romántico sutil”.

Tu joven pecho cándido me brinda sus latidos
y tus fragantes labios, dulces y sonreídos
me invitan para el beso romántico sutil,

La última estrofa (segundo terceto) presenta la consumación del beso sugerido en los versos precedentes. Aquí el poeta insiste en la condición virgínea de la mujer. El poema concluye con el retorno al marco ambiental, al gris y la quietud que envuelven la tarde agonizante:

y mientras que yo beso tus labios virginales,
envuelta en sus dolientes crespones invernales
muriendo va la tarde, ¡serenamente gris…!

Aspecto formal

Sinfonía en gris mayor es un poema formado por ocho estrofas de cuatro versos, excepto la número tres, que contiene cinco. Sus versos son dodecasílabos (12 sílabas) divididos en dos hemistiquios de seis. La rima es asonante y sólo se produce en los versos pares; y como ya indicamos, es fija, descansa en la vocal i. Los versos impares están libres de rima.

Para hacer más “visible”, y más pintoresco, el cuadro que nos pinta en sus versos, Darío utiliza recursos retóricos como la comparación (“El mar como un vasto cristal azogado”); la personificación o prosopopeya (“el viento marino descansa en la sombra”), metáfora (“es viejo ese lobo”).

Serenamente gris es un soneto (catorce versos divididos en dos cuartetos y dos tercetos) de versos alejandrinos (catorce sílabas), con hemistiquios de siete sílabas. Su rima es consonante en los versos impares, y asonante en los pares. Los versos pares riman entre sí y mantienen la misma fijeza de Sinfonía en gris mayor, sustentada en la vocal i (gris, sutil, lis…). En las dos primeras estrofas predomina la descripción del entorno natural, el cual adquiere vivacidad debido a la personalización de algunos de sus elementos. Los personajes aparecen al cierre de la segunda estrofa y su presencia se extiende a los dos tercetos siguientes.

Conclusión

Al leer ambos poemas es difícil no cotejar sus respectivos contenidos y reparar en sus notables coincidencias. Veamos. Los dos inician presentando un entorno natural en el que predomina el color gris y la sensación de una calma casi absoluta. Luego se presenta una escena con un mínimo de acción humana. En Sinfonía en gris mayor la intervención humana se reduce a un solo personaje, que fuma, rememora su país distante y se queda medio dormido en medio del sopor del mediodía. En Serenamente gris la acción recae en una pareja de enamorados. A uno de ellos, el enamorado, corresponde la voz que habla desde dentro del texto. Es la voz que describe el espacio y relata las mínimas acciones que ejecuta junto a su amada, así como las tímidas reacciones de ella. En cuanto al marco temporal, hay una diferencia entre los dos poemas: un mediodía de verano enmarca el tiempo de la Sinfonía… y un crepúsculo de invierno, a Serenamente gris.

No tenemos el dato de cuál de los dos textos se escribió primero, y si uno influyó en la escritura del otro. En este caso, habría una mayor posibilidad de que el dominicano leyera previamente el poema del nicaragüense, ya que éste era un poeta de enorme reconocimiento y trascendencia, no así el dominicano, buen poeta, pero desconocido más allá de nuestros límites geográficos. Y esta posibilidad no rebaja al dominicano, pues ambos poemas poseen sus propios méritos. Más allá de cualquier especulación, lo que es verdaderamente cierto es que hay coincidencias notables entre el uno y el otro. ¿Obra del azar? Tal vez.

Dentro de la poesía lírica, hay muchos poemas que recrean entornos grises. Generalmente presentan ese color como un reflejo del estado interior en un momento en que se ha recibido una grave decepción sentimental o un perjuicio de cualquier índole. La música popular igualmente está llena de referencias a ese color, como puede deducirse de las dos canciones que hemos colocado a manera de epígrafe, ambas del cantautor español José Luis Perales. De otro intérprete español, Raphael, recordamos una balada titulada Gris, gris, que trata de la ausencia de la mujer amada. ¿Y cómo olvidar a la Penélope serratiana, aquella “pobre infeliz” cuyo reloj se detuvo “una tarde plomiza de abril, cuando se fue su amante”?

Al color gris se opone el rosa. Ver la vida color de rosa es propio de aquellos que disfrutan de un buen momento existencial. Una canción francesa es emblemática a este respecto: La vie en rose, popularizada por la intérprete Edith Piaf, cuyo título traducido al español es La vida en rosa. Ese tema ha sido versionado por muchos artistas de nuestra lengua, entre ellos el puertorriqueño Danny Rivera. Hay también un merengue interpretado por Rubby Pérez, titulado De color de rosa, que es un ilusionado canto al amor.

Entre ambos colores, en esa escala que va del gris al rosa y del rosa al gris, corre la vida en su albur; alternando buenos y malos momentos dentro del vaivén de las circunstancias. Es uno de los rasgos que caracterizan la llamada condición humana.