RÍO DE JANEIRO, Brasil.-Aunque Ipanema después de la célebre composición de Vinicius Moraes -La garota de Ipanema- se ha convertido para los brasileños en la playa más chic y glamorosa, Copacabana es para los extranjeros la vedette, la que no debe dejar de visitarse, porque de lo contrario, se pensaría que uno no estuvo en Río.
A pesar de tener una longitud de cuatro kilómetros y medio describiendo una curva casi perfecta, no me agotaba el recorrerla de punta a punta, desde el hotel Meridien hasta el Othon y viceversa, fascinado por los continuos e interrumpidos encantos, que a izquierda y a derecha, solicitaban con persistencia mi inagotable curiosidad.
Como una patriótica indicación de su lugar de procedencia, los turistas acostumbran en la ardiente arena de esta playa, colocar picas en cuyo extremo anudan una bandera de su país de origen, y en base a los diferentes estandartes que veía, todos los países del mundo conocido tenían en trajes de baño sus representantes.
La heterosis, concepto que en genética define el vigor y exuberancia resultantes del cruzamiento entre individuos diferentes, es posible evaluarla a conciencia en Copa – el usual apócope de Copacabana -, en que cubiertos con insinuantes taparrabos, las mulatas y mulatos del Brasil muestran con calculada indiferencia los primores de su hibridación.
Es probable que en Acapulco, Varadero, Cancún, Waikiki, la Costa Azul y Boca Chica, se vean contados ejemplares similares a los que concurren a esta playa, pero nunca en cantidades parecidas, al extremo de llegar un momento, en que el intenso nalgotráfico produce dolorosas molestias cervicales y oculares.
Este espectáculo no tiene como único escenario la arena, sino también, la acera que orillea la avenida Atlántica y el estrecho bicicletario construido en sus bordes, en el que cromadas y deportivas bicicletas son conducidas por esplendorosas muchachas que quitan el aliento, y atléticos jóvenes que despiertan una natural envidia o admiración.
En esta playa y sus alrededores, la noche del 31 de diciembre de 1993, cuatro millones de personas, con el acompañamiento de música local e impresionantes fuegos artificiales, esperaron la llegada del año nuevo, no pudiendo jamás olvidar las cosas vividas en la molotera que se formó en las primeras horas del 1994.
Después de esa medianoche, se produjo un colosal estallido de alegría sin paralelo en la historia de la humanidad, como si de repente y simultáneamente, el hombre desembarcara en una de las lunas de Júpiter descubriera la vacuna contra el Sida, inventara el vivir sin comer, o extendiera por tres largos minutos el orgasmo masculino.
Es probable que en Acapulco, Varadero, Cancún, Waikiki, la Costa Azul y Boca Chica, se vean contados ejemplares similares a los que concurren a esta playa, pero nunca en cantidades parecidas, al extremo de llegar un momento, en que el intenso nalgotráfico produce dolorosas molestias cervicales y oculares
Si las fiestas del carnaval son la prolongación durante cuatro días consecutivos de lo presenciado en el transcurso de aquellas aurorales horas, este evento debe ser algo demencial, apoteósico y a nadie debe sorprenderles las locuras, las extravagancias y los excesos reseñados por la prensa al comentar estas modernas saturnales.
Antes en La Habana y hoy en Venecia, Niza, New Orleans y Trinidad-Tobago, la realización de este colorido acontecimiento es esperado con ansiedad por la población local, pero el de Río es aguardado con dionisíaco interés por el mundo entero, al representar para el Brasil y toda la humanidad, la única ocasión donde todos somos como no podemos ser.
La capacidad de los cariocas de entregarse al desenfreno con total indiferencia a los convencionalismos sociales, es una característica de su comportamiento que me seduce, constituyendo esta actitud un valioso argumento a los sostenedores de la tesis, de que la carne tiene su voluntad propia, y que a veces es saludable ofrecerla en holocausto a los sentidos.
De las restantes playas de Río debo expresar, que no tienen la espectacularidad y frecuentación observada en Copacabana, prefiriendo algunos, por su apariencia sosegada y recoleta, la de Urca situada al pie del Pan de Azúcar, cuya pequeñez y belleza me hacían recordar las de la costa septentrional de mi país.
En los meses veraniegos, me encantaba una actitud de los habitantes de esta ciudad que laboran en las proximidades del océano, consistente en darse un chapuzón en el mar durante su hora de almuerzo, retornando posteriormente a su trabajo, pero fresco y despojado de la fatiga ocasionada por los quehaceres matutinos. Así como sobre La Habana pasa la línea imaginaria que simboliza el trópico de Cáncer, sobre Río de Janeiro atraviesa la que representa el trópico de Capricornio, y esta correspondencia siempre me ha servido para delimitar esta zona del mundo – el Trópico – identificada por regiones cálidas con acentuadas desigualdades pluviométricas.
Quienes preparan con fines turísticos un viaje al Brasil, por lo general se asignan como objetivos prioritarios, una visita a su inigualable urbe atlántica –Ivo Pitangui incluido – y una excursión a la Amazonia, pero debido al distanciamiento de ambos y la falta de tiempo, no siempre existe la posibilidad de satisfacer los dos propósitos a la vez.
Es por ello, que para el cumplimiento parcial del segundo designio, es preciso –el uso en portugués de esta última palabra como sinónimo de necesario, es una gozada – insertar en el itinerario carioca una paciente incursión por todo un día al Jardím Botánico de Río, ubicado en la vertiente meridional del parque nacional de Tijuca.
En éste, el comité de recibimiento está constituido por un largo y angosto paseo flanqueado por inmensas palmeras imperiales (la Roystonea regia), que casi duplican en altura a las palmeras reales, tan comunes en las islas del archipiélago antillano, siendo el garbo y la gracia de su elevada cabellera, sus detalles morfológicos más sobresalientes.
En el mismo recinto y a corta distancia de este sendero, encontramos la llamada “palma mater”, es decir, la primera palmera imperial plantada allí en el 1809, que a dado origen a todas las otras de la región, de apariencia desarreglada por haber sido víctima en tan larga existencia, de la furia de los elementos y la energía celestial.
Una emoción sobrecogedora nos invade al penetrar en la región amazónica del Jardim, conformada por árboles, arbustos y helechos originarios de este vasto y selvático territorio del Brasil, en cuyo seno se disfruta de unas prodigiosas condiciones ambientales, reinando una escasa luminosidad y un intenso olor a humedad confinada. En su interior se vive la ilusión, de que en cualquier momento escucharemos el sigiloso desplazamiento de un reptil, el estruendoso aleteo de una bandada de guacamayos dispuestos a emprender el vuelo, el bullicio de un grupo de macacos persiguiendo a una hembra en celo, o la seca detonación de un cazador furtivo.
Quien haya leído la novela “La Vorágine” de José Eustasio Rivera, en la que se describen con inusual realismo el llano del Orinoco y la selva del Amazonas, experimentará un goce fenomenal al contemplar esta área del Jardim, por la formidable correlación entre el contenido del libro y lo que se ofrece ante sus ojos.
De todas las zonas de este singular espacio botánico de la ciudad, la que me provocó mayor y mejor impresión fue la alameda –es decir, pues no había álamos – constituido por un hermoso árbol, no existente en mi país, originario del norte del Brasil según pude con posteridad averiguar en una enciclopedia ilustrada.
Se trataba del pau mulato, o sea, el palo mulato en castellano, conocido en los medios científicos con el nombre de Calycophyllum spruceanum, una Rubiácea emparentada con el café, la jagua y la gardenia, pero que en porte, aspecto y belleza, supera en mucho a todos sus parientes y a muchísimos que no lo son.
El que lo mira de inmediato ve cautiva su atención por su erecto, cilíndrico y pulimentado tallo, que detenta una coloración sepia, cobriza sin igual en los dominios de la botánica, encontrando extraño que hasta el momento, nadie familiarizado con la flora brasileña haya ponderado con entusiasmo esta espectacular pigmentación.
Alguien obsesionado por lo militar o castrense, pensaría que estos árboles acaban de uniformarse para cumplir un servicio o participar en un inminente desfile, en razón de que la mate tonalidad carmelita de su bruñido tronco, recuerda en cierta medida, la ropa de combate usualmente portada por los miembros del ejército.
Como ocurre con el pavo real, donde la belleza de su abierto plumaje contrasta con la fealdad de sus patas, en el pau mulato el maravilloso matiz y diseño de su tallo está disminuido o por su esmirriada copa, formada por ramas cortas y vulgares hojas incapaces de conformar una fronda en consonancia con la parte basal.
Vagabundear sin tiempo y sin preocupación por esta alameda, representó una de las vivencias más placenteras tenidas durante mi estancia en Río, explicándome entonces los motivos por los cuales algunos filósofos chinos o hindúes se refugian en las faldas del Himalaya, con la finalidad de encontrar la paz entre su vegetación. Otros atractivos susceptibles de encontrarse en esta avanzadilla de la flora brasileña, son un hibiscus con la particularidad de que sus flores tienen los pétalos rizados, un imponente árbol denominado currupita cuyas flores brotan directamente del tallo, y un pequeño lago cubierto por verdes y lujuriantes lotos.
Dentro del Jardim Botánico existen dos museos, el Kuhlmann y el Carpológico, donde los interesados pueden calmar sus curiosidades biológicas, pero a pesar de su riqueza a las piezas exhibidas –granos, frutos y demás -, les falta esa vitalidad apreciada en todos los especímenes vegetales que prosperan al exterior de sus paredes. El ascenso al Pan de Azúcar y al Cristo del Corcovado, debe figurar en la agenda de quienes visitan a Río de Janeiro, sobre todo el último, porque desde una altura de más de setecientos metros es posible observar la belleza topográfica de la ciudad, disfrutando al mismo tiempo de una deliciosa brisa y una grata temperatura.
Coincidiría con millares de personas, si dentro de mis siete maravillas del mundo incluyera la vista panorámica contemplada desde la cima de este rocoso macizo, en que el convulso relieve del paisaje y la pintoresca oposición entre los elementos naturales y artificiales, representan los principales protagonistas. En primer término aparece la verde y gloriosa alfombra de la foresta de Tijuca; a continuación y un poco a la derecha, la serena tranquilidad de la laguna Rodrigo de Freitas; a su lado la elíptica figura del hipódromo de Gávea, y al final del todo, las blancas arenas de las playas de Ipanema y Copacabana, reteniendo las impacientes olas del Atlántico.
De frente avistamos el pétreo promontorio del Pan de Azúcar y su teleférico de acceso; a su vera el pequeño aeropuerto Santos Dumont; a la izquierda los refulgentes rascacielos del Centro, y como telón de fondo, la cerrada bahía de Guanabara, salpicada por numerosas islas y atravesada de un lado al otro por el puente de Niterói de quince kilómetros de longitud.
Creía que esta visión excepcional finalizaría al mirar hacia la zona norte de la ciudad donde residen las clases más desfavorecidas, pero el enorme redondel del estadio Maracaná con casi un kilómetro de perímetro, me deslumbró, embelesó dando la bíblica impresión de parecer una rueda desprendida del carro de fuego que raptó al Profeta Elías
* El autor es PhD de la Universidad de París