RÍO DE JANEIRO, Brasil.-Por más que intentaba acercarme a lo nativo, a lo auténticamente brasileño, no lograba aprehenderlo por la imposibilidad de hablar el idioma, impresión que surge naturalmente en los latinoamericanos que se adentran en esta antigua monarquía –la única en la historia de Suramérica  – haciéndolos sentir ajenos a la realidad circundante.

Otra particularidad que en Río coopera a esa sensación de extrañamiento, no obstante estar dentro del mismo continente, es la exclusiva forma de designar a los días de la semana, en vista de no servirse para ello del sistema solar o los dioses nórdicos, como se estila en la mayoría de los países del llamado Occidente.

Emplean como base para su nominación, el orden numérico de los días de mercado – o feira -, tal y como se hace en los países árabes, sin alusión alguna a divinidades mitológicas o cuerpos celestiales, representando por consiguiente, una especificidad no encontrada en ninguna de las naciones que hacen frontera con el.

El Tercer día de la semana se dice en español martes, en honor al planeta Marte; en francés mardi; en italiano martedi; en inglés tuesday y en el alemán dienstag, pero en Brasil es terca –feira, algo que nos resulta inesperado, fortaleciendo la imagen de encontrarnos en un mundo que no es el nuestro.  Así con los otros días.

También la manera en que se apellidan las personas, es otro aspecto en que difiere el país del carnaval con las restantes repúblicas del nuevo mundo, y que para muchos constituye un contundente respaldo a una evidencia por todos constatada: la maternidad es un hecho concreto, mientras que la paternidad es una vaga suposición.

En el Brasil, la precedencia en la colocación de los dos patronímicos que componen el nombre completo de un individuo, lo tiene la madre, sistema totalmente inverso al acostumbrado en la zona hispanófona del continente, donde la usanza es la de mencionar primero el patronímico y luego el matronímico..

Si en Managua o Montevideo alguien se llama Bonifacio Batista Bonilla porque su padre era Batista y su madre Bonilla, en el caso de haber nacido en Recife, Belo Horizonte u otra ciudad brasileña, el mismo sujeto se llamaría Bonifacio Bonilla Batista, pues es la madre la que tiene la prevalencia en el orden de los apellidos.

En su entretenido e instructivo ensayo titulado “La tercera América”, el diplomático brasileño Nestor Luiz dos Santos Lima expone con enjundia las individualidades continentales de su país, arribando a la conclusión de que existen en efecto tres Américas radicalmente distintas: la anglosajona, la hispana y la lusitana, o sea, la brasileña

Esta originalidad es de excepcional importancia para los analistas de las diferencias y analogías entre las culturas hispana y luso americana, no explicándome además, cómo esta forma de estructurar el nombre de las personas tan favorable a la mujer, no haya sido utilizada como bandera de lucha por las organizaciones feministas.

Estas últimas, tampoco se sirven en la defensa de sus derechos e intereses, de una modalidad de uso generalizado en el extenso territorio del Brasil, contrapuesta a lo habituado en Centro y Suramérica, que por su rareza, concita la atención a los oriundos de estos países cuando hacen turismo en la otrora colonia portuguesa.

En Hispanoamérica, las mujeres casadas llevan en su apellido la preposición de –típica del genitivo- como evidencia, no solo de su estado civil, sino también, de su pertenencia al marido, formalidad nominal con que se desea destacar la preponderancia    o  primacía del hombre en la relación matrimonial.

En la tierra de la feijoada, la caipirinha y la capoeira , esta preposición que implica dependencia, subordinación y hasta servidumbre, no se coloca en el apellido de la esposa, o sea, que si Cecilia Bandeira se casa con Graciliano Peixoto, su nombre completo de casada será Cecilia Bandeira Peixoto.  Nada de preposición avasallante.

Esta inversión en el orden de los apellidos de familia y la inexistencia del genitivo en las mujeres desposadas, son pormenores sociológicos que personalizan al Brasil, e indicadores de una realista actitud frente al sexo femenino, no encontrada en los países conquistados y culturizados por la España de Fernando e Isabel.  No de Isabel y Fernando.

En su entretenido e instructivo ensayo titulado “La tercera América”, el diplomático brasileño Nestor Luiz dos Santos Lima expone con enjundia las individualidades continentales de su país, arribando a la conclusión de que existen en efecto tres Américas radicalmente distintas: la anglosajona, la hispana y la lusitana, o sea, la brasileña.  Analiza certeramente diferentes facetas de la cultura brasileña  como el baile, la cocina, la educación, la música, la religión, la literatura, las diversiones, los particularismos del litoral poblado y el interior deshabitado, así como también, sus incruentas revoluciones, conduciendo al lector mediante una prosa sin pretensiones a identificarse con sus apreciaciones.

Desde  la llegada a Río, me apercibí, de estas y otras peculiaridades que distinguían el entorno donde me encontraba, las cuales contribuían a la sensación de estar en el extranjero, de hallarme fuera del hábitat acostumbrado, como debe sentirse cualquiera que visita un medio de coordinadas culturales diferentes.  Este natural escrúpulo o recelo se desvanece sin embargo con rapidez, desde el instante en que nos damos ese baño de multitud que significa el deambular sin rumbo por sus atestadas calles, en particular por la rua Uruguaiana, que por puro azar fue la primera que transité después de salir del hotel el día de mi llegada.

Playa CopacabanaEntre la avenida Getulio Vargas y Largo do Carioca, esta céntrica vía es un torbellino de gente que recuerda un concurrido mercado árabe, donde a orillas y en medio de la calzada se ofrecen una infinita y diversa variedad de artículos, resultando una proeza digna de una hormiga o termita, circular por ella sin tropezar con alguien.

Se pondera a viva voz la calidad y precio de lo ofertado, y hasta te toman del brazo para que te detengas y escuche, y aunque no comprendía sus ofrecimientos, su expresión facial no tenía la agresividad muchas veces reflejada en los vendedores del Medio Oriente, sino más bien, una dulce pasividad que invitaba a la compra.

Dejándome llevar por el instinto de orientación, que tan gratos descubrimientos me ha deparado en las ciudades desconocidas, una luminosa mañana, luego de caminar por estrechas callejuelas del viejo Río y atravesar la plaza Tiradentes, entré en Campo de Santana, un recinto cerrado frente a la Estación Central de trenes.

Se trataba de un amplio parque de bien cuidado césped y ornamentales estanques, donde bajo, la sombra de enormes árboles, se sentaban en bancos de madera los parroquianos ociosos dedicados a tomar un descanso, a observar la vegetación circundante o a mirar a los transeúntes que con prisa iban o venían de la terminal de ferrocarril.

En este verde paréntesis urbano, que visité en diferentes oportunidades, conocí dos cosas que deseaba ver desde larga data: el agutí, un roedor suramericano del tamaño de un conejo muy mencionado en las clases de genética durante mis estudios universitarios, y además, las famosas secoyas, árboles de gran tamaño y longevidad.

Hermosos Ficus religiosa, esbeltas Araucarias australiana, extraordinarios Ficus enorme y exuberantes Moráceas y Esterculiáceas, tejen un cerrado dosel en algunas áreas  del parque, siendo responsables de la refrescante temperatura, agradable humedad y acariciante  brisa, prevalecientes en este citadino y acotado espacio.

El tiempo parecía no discurrir, cuando fatigado de tanto pasear, me acogía a su umbrosa y glauca apacibilidad, transgredida de una manera sutil –a lo brasileiro- por un discreto asomo de prostitución femenina y masculina, observable en algunos puntos del Campo donde era menos intensa la circulación de paseantes.

El vecino Sambódromo, gigantesca pasarela del arquitecto Oscar Niemeyer, en el que se desatan hasta el delirio las pasiones de este híbrido país en los alucinantes días de carnaval, bien vale una visita, aunque sea en los meses en que solo ráfagas de viento frío o tímidos rayos solares, ocupan sus desiertas graderías.

Si hay un aspecto que caracteriza a Río de Janeiro, este es sin lugar a dudas la existencia de playas paradisíacas, que en número, extensión y belleza superan a las encontradas en Miami, Cannes, Rímini o Palma de Mallorca, a las que frecuentaba por motivos diversos, no constituyendo la natación el más importante y primordial.

Del norte hacia el sur y a partir de la ensenada de Gloria, encontramos en orden sucesivo las siguientes: Flamengo, Botafogo, Urca, Vermelha, Leme, Copacabana, Arpoador, Ipanema, Leblon, San Conrado y Barra de Tijuca, que en los meses calurosos del hemisferio austral están repletas de bañistas provenientes de todas las latitudes.

Unas son pequeñas como Urca, y otras espaciosas como la última referida que tiene unos veintidós kilómetros de longitud, estando casi todas desprovistas de árboles que ofrezcan el consuelo de una sombra protectora, orfandad que obliga a sus usuarios a la utilización de sombrillas y parasoles para atenuar la radiación solar.

Para desdicha de los practicantes de la natación, las aguas del Atlántico en el litoral carioca están en una permanente agitación, una constante excitación, como si el mar estuviese poseído de una cotidiana inquietud, de seguro originada por la seductora belleza y múltiples atractivos de esta ciudad sin igual.

* El autor es PhD de la Universidad de París

Río de Janeiro: cidade maravillosa del gran Brasil (parte primera)