RÍO DE JANEIRO, Brasil.-Como en los cerros de Caracas, los desposeídos de Río habitan en los numerosos montes o mogotes de la ciudad en comunidades llamadas favelas – la denominada Rocinha es una colmena ciclópea -, teniendo como única compensación a su espantosa miseria, el permanente disfrute de una espléndida perspectiva urbana.

Recostado a la colina de Tijuca y no lejos del centro, existe un barrio muy romántico de nombre Santa Teresa, de empinadas y tortuosas calles llamadas por ello ladeiras, asiento de la bohemia carioca distinguida, en el que la circulación automotriz es mínima, y el principal atractivo es un viejo tranvía, el famoso bonde eletrico.

Por túneles y extraños pasadizos, llegué a un sector opulento conocido con la frutal y jugosa designación de Laranjeiras, espacioso y de tupida arborización, en el que antes residían los llamados barones del café en ostentosos palacetes custodiados por una celosa vigilancia, en la que sobresalen soberbios perros parecidos a los que vi en Palermo de Buenos Aires.

Los árboles ornamentales que con más frecuencia veía en las grandes avenidas de Río, eran el almendro de las Indias – Terminalia catappa – y los alelíes de todos los colores, particularmente en la vizconde de Pirajá en Ipanema y en la Nossa Senhora de Copacabana, alcanzando las hojas de la primera bellísimas tonalidades en los meses otoñales.

En cada esquina de la ciudad hay por lo menos un local – a veces dos y hasta tres – donde se hacen jugos naturales de frutas, raíces, tallos y flores

En cada esquina de la ciudad hay por lo menos un local – a veces dos y hasta tres – donde se hacen jugos naturales de frutas, raíces, tallos y flores, que comprenden a casi todas las especies cultivadas en el país, al que acuden en bandadas miles y miles de personas las veinte y cuatro horas del día, en especial, durante la canícula.

El de maracujá o fruta de la pasión, de ácido sabor y reconocidas propiedades hipotensoras, era el de mi predilección, y su penetrante fragancia  que recuerda mucho al de la guayaba, es el que  me transporta cerebralmente a esta ciudad, cuando la olfateo como algo común en mi país, o exótica delicatessen en Europa o los Estados Unidos.

Con respecto a la cocina brasileña indicaré, que la misma es parecida a la caribeña donde el arroz, las habichuelas  rojas o negras, la yuca y la carne son los invitados permanentes en la mesa, con la salvedad, de que la mencionada raíz no se consume entera y hervida, sino bajo forma de harina por ellos llamada farofa.

Se distingue eso sí por la excesiva abundancia de las raciones capaces de satisfacer con creces el más voraz apetito, recordando siempre un antiguo restaurant próximo a la calle Vizconde de Inhauma, en el que almorzaba con regularidad, donde cada servicio, ingerido independientemente, podía saciar el hambre más canina, más pantagruélica.

Visité en el Centro y en la calle Quitanda 25, un restaurant llamado Chave de Ouro especializado en massas –pastas – que ofrecía una modalidad de servicio denominada rodizio del cual no tenía conocimiento, y que resultaba ideal para aquellos que con poco dinero deseaban darse un descomunal atracón de comida.

Consistía, en  que cada vez que el plato de un cliente se vacía, un diligente mozo vuelve a reabastecerlo cuántas veces lo solicite, no existiendo entonces la posibilidad de abandonarlo lamentándose de no haber comido lo suficiente, o de ordenar un servicio extra para llevar, como en ocasiones se acostumbra en otros lugares.

Por recomendación de amigos allá conocidos, visité en Ipanema los restaurantes "Vinicius" y "La garota de Ipanema" situados uno frente al otro, que por lo general estaban repletos en las horas de cenar, ofreciendo el primero unos célebres kipes sazonados con menta o yerbabuena, aconsejados para las familiarizados con las delicias árabes.

Al haberse universalizado la música del Brasil, en cualquier punto del globo terráqueo es posible escuchar una composición que recuerde las ganas que se tienen por visitarlo, pero una vez en el, se tiene la oportunidad de oír los conjuntos y las voces que gozan, por su repetición en las calles y la radio, de mayor audiencia.

Durante mi estadía, el conjunto Raca Negra interpretando "feito felino" y "algo en comum" entre otros, constituyó la banda sonora de mis reminiscencias cariocas y cada vez que deseo transportarme por vía mental a esta placentera ciudad, pongo en el componente integrando la cinta que compré de esta agrupación musical.

Era una lástima que no pudiera expresarme en portugués, porque la mayoría de la población, sin estar en carnaval, en el homenaje a Yemayá o en un partido de fútbol, es accesible, dispuesta a detenerse para hablar con alguien que le dirija una pregunta o le solicite la realización de un favor o petición determinada.

No obstante este inconveniente, pude anudar lazos de amistad que aún perduran con personas que hablaban además el español y el francés, sirviéndome esta relación de valiosa ayuda para el conocimiento de sucesos históricos que deseaba conocer en detalle, así como para la realización de ciertas visitas imposibles de efectuar por un extranjero solitario.

Me hacía mucha gracia la expresión tudo bem  -todo bien- asaz empleada en el idioma coloquial y cotidiano, en particular, el movimiento de la mano empuñada con el pulgar hacia arriba acompañando su pronunciación, como una manifestación de su total y completo respaldo a lo dicho o llevado a cabo.

Observar sentado desde una terraza o parque, en compañía de un frío vaso de guaraná, bebida hecha con el fruto de una palma amazónica, a la muchedumbre carioca que vestida o en bañador está en un incesante vaivén, representaba un gratuito espectáculo con el que a diario disfrutaba, como si estuviera en un circo o feria.  Aunque regocija visitar el palacio do Catete, el monasterio de San Benito, la casa de Rui Barbosa, la Biblioteca Nacional, el museo de Heitor Villa-Lobos, la catedral Nova, el planetarium, el museo de Bellas Artes y la iglesia de la Candelaria entre otros, lo que realmente motiva desplazarse hasta Río en su gente y la contemplación de la naturaleza.

Son muy pocos, los que en el momento de estar haciendo las maletas para ir a esta ciudad, piensen como objetivo prioritario ver las telas de Portinari, Cavalcanti o Segall en el museo de Arte Moderno; visitar la tumba de Alvares Cabral el descubridor del Brasil, o comprobar si el estilo del Teatro Municipal, se asemeja o no, al de la Opera de París.

Lo que en verdad ilusiona a la generalidad de los turistas que eligen este meridional destino, es ser espectadores de cuerpos admirables, sorprendentes playas, curiosas costumbres y contagiosos ritmos, es decir, de cosas muy difíciles de ver ayuntadas en otro sitio con tanto derroche, categoría y diversidad.

Un radiante mañana, paseando por la calle Prudente de Morais en Ipanema, vi en provocadoras trusas una pareja tan hermosa, cuyos hijos -si los tenían- deberían ser totalmente mantenidos por el Estado o la Fundación Rockefeller, y en la isla de Paquetá en la bahía de Guanabara, a una negra que Oscar de la Renta hubiese preferido en pasarela a Naomi Campbell.

Existe en esta urbe un arraigado culto al cuerpo humano, a la armonía de las formas corporales, encontrándose por doquier gimnasios y escuelas de baile con maestros especializados en el perfeccionamiento somático, constituyendo un hecho nada desacostumbrado, ver en parques y áreas verdes personas entregadas a la gimnasia rítmica o sueca.

(*) El autor es PhD de la Universidad de París

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