Pura Emeterio Rondón.
Pura Emeterio Rondón.

Santo Domingo, República Dominicana. – Era una muchacha grácil, con urgencia de horizontes y una sonrisa que le daba la vuelta al mundo. Tenía mucha fe, Pura Emeterio Rondón, y le sobraban los sueños. Y un día, guiada por los ángeles del saber, se fue al otro lado del mar y atravesó el umbral de la Universidad de Los Andes, en Mérida, Venezuela. Y eso le cambió la vida.

Allí se encontró con un mundo nuevo, un mundo que rezumaba ideas de renovación y olía a futuro, y de inmediato se enamoró de él. Aquella academia la encandiló y le abrió caminos, la hizo desplegar las alas y, ante todo, le ensanchó el espíritu de libertad que aprendió en su casa.

Pura Emeterio Rondón era una mujer voluntariosa y eso era parte de su encanto. Volvió a su tierra con las alas abiertas y escribió siete libros. Fue ensayista, investigadora, crítica literaria, catedrática, amó la poesía y a los poetas, y amó la vida y luchó por ella hasta su último aliento. En el arte de escribir lo puso todo, Pura Emeterio Rondón. Ganó dos premios nacionales, dictó conferencias, charlas y talleres y dejó huellas imborrables en el pensamiento crítico de la República Dominicana.

Era licenciada en letras con especialidad en Lengua y Literatura Española por la Universidad de Los Andes, Mérida; master en Literatura Iberoamericana por la Universidad Nacional Autónoma de México; doctora en Letras por la Universidad Simón Bolívar, de Caracas; y diplomada en Estudios Superiores por la Universidad Católica de Santo Domingo. Pero por más títulos que tuvo nunca perdió el don de gentes que la engalanaba, y en su casa cada quien tenía un lugar.

Según Roxana Amaro, una maestra que aprendió a hablar con el viento en todos los idiomas que le regaló la vida, Emeterio Rondón, a quien considera dueña de una gran erudición, supo ser maestra dentro y fuera del aula. “Supo abordar los temas no solo desde la óptica estética, sino también lingüística, filosófica, política, histórica, didáctica, sociocultural, mística y metafísica, entre otras órbitas del universo”.

Para Amaro, el libro de Pura Emeterio Rondón Literatura dominicana y otras ficciones es un caudal de riqueza y da cuenta de los atributos profesionales de la ensayista. Fue una mujer de “una vasta cultura, una amplia erudición, sensibilidad estética, visión crítica, profundo conocimiento lingüístico y literario, alto sentido ético y, sobre todo, su amor y su interés por compartir todo lo aprendido en esta fascinante trayectoria de la crítica literaria”.

Las primeras luces

Pura Emeterio Rondón encendió sus primeras luces con un libro fundacional: Domingo Moreno Jimenes: cimiento y búsqueda en la lírica dominicana.  Fue escrito en 1984, aunque ella lo publicó, con sus propios recursos, treinta años después. Fue preparado como requisito para su ingreso en calidad de docente-investigadora a la Universidad de Oriente, en Cumaná, Venezuela.

Cuando lo escribió estaba imbuida de futuro. Ya era una bien plantada profesional del área de las letras, con un enfoque rotundo de la cultura de los pueblos del Caribe y que miraba esa zona, no como un lugar hecho de pedazos de territorios, sino como una totalidad multicultural.

“Este libro reposaba callado en los archivos de la Oficina de Clasificación Docente de la Universidad de Oriente y en este momento quiero hacerle justicia, liberándolo de tan prolongado silencio”, escribió Pura en la presentación del libro. Es una publicación de la Editora Universitaria, de la UASD, y para que viera la luz la autora tuvo que poner de su dinero.

En su ensayo, Pura Emeterio Rondón sacó al poeta de la bruma de los tiempos y lo colocó en el regazo de las nuevas generaciones. Y lo hizo con una mirada profunda.

“Domingo Moreno Jimenes -dice- es un poeta íntegro e integrador. Poetizó con su vida y la de otros. Paulatinamente fue ampliando su universo poético en los ámbitos geográficos y espirituales. Supo convertir la poesía en experiencia del diario vivir del hombre en campos, aldeas y ciudades. Y con ese poder de síntesis que le dio la poesía, unificó su interior. Y así unificado, logró ver desde la perspectiva poética todo el universo, especialmente América”.

Lo definió como “poeta de lo esencial”, “jubiloso cuando le es dado penetrar el misterio de las cosas, cuando siente abrirse a lo habitualmente nublado y penetrado”.

Y lo colocó en el centro del universo y en el centro de la vida:

“En su obra poética cabe todo el universo. El hombre, la mujer, todo el universo encuentra expresión en su obra”.

“En Moreno Jimenes -prosigue- tiene nuestra tierra, ¡la tierra de los inesperados milagros! un auténtico poeta. Su nombre merece devoción y respeto. Es un artista del pensamiento y de la palabra. Nos dice la verdad de su alma, y tanta verdad dice que a veces su sinceridad ahoga la forma. No es un poeta de imaginación; su mundo no es un mundo imaginado, es un mundo vivido. Todo el universo está comprendido en su alma. Todos los dolores, todas las esperanzas, todas las ternuras, la visión de todas las vidas humanas convergen en su arte”.

“El escenario de Moreno Jimenes fue la República Dominicana toda, pues la recorrió palmo a palmo con la dedicación de un enviado profético, y sí lo era, de la poesía postumista”.

La tristeza del poeta

Al desmenuzar a Moreno Jimenes y al postumismo, Pura Emeterio Rondón decantó sus elementos, miró verso adentro y entendió los motivos de su nostalgia y de la profunda tristeza del poeta.

Dice Pura que fue un poeta triste, una tristeza que está repartida en toda su obra poética. Y para demostrarlo, ahí está La hija reintegrada, con sus versos estremecidos, su dolor a cuesta y su nostalgia infinita. La obra cumbre de la tristeza.

“Moreno Jimenes -concluye Emeterio Rondón- es un poeta triste. Es una tristeza connatural, desde temprana edad y constante en toda su vida”.

Pura estableció un paralelismo entre Moreno Jimenes y el poeta español Juan Ramón Jiménez.

“En ambos poetas -dice la ensayista- lo esencial es el camino hacia lo absoluto. Juan Ramón Jiménez logra captarlo también en lo cotidiano y natural sin mayor esfuerzo, como el poema Dios visitante”.

Rastreando a Compadre Mon

Pura Emeterio Rondón tenía magia a la hora de sentarse a escribir, y en su libro número dos la puso toda. Se titula Género épico y elemento popular en Compadre Mon, una obra esencial para entender la literatura dominicana, mirar sus tiempos y observar sus contextos.

La obra, escrita con rigor investigativo y como resultado de un rastreo minucioso hecho por los elementos estructurales que la componen, es una mirada hecha con los ojos de una especialista que tenía los pies en la calle. Está construida con un lenguaje rico y complejo, desafiante, y en base a un esquema que la situó a la vanguardia de la crítica.

Según el filólogo José Enrique García, eso lo logra con base en la estructura, la metodología aplicada, el planteamiento y desarrollo de las tesis y las conclusiones.

La ensayista miró muy adentro de la obra e identificó la intención social del texto, y donde Alberto Baeza Flores solo vio folklorismo, ella vio denuncia social.

Pura desagregó en pedacitos de luz a Compadre Mon. Hurgó en sus contenidos, auscultó sus formas de expresión, vio detenidamente los tiempos de la historia y evaluó el perfil de los personajes. Se detuvo en los elementos épico y popular y los sometió a un análisis crítico y, al final, los unió en una propuesta para la relectura crítica de Compadre Mon. Y con ello abrió nuevos senderos para la comprensión de las historias, los contextos y la estructura de la obra, del perfil social de sus personajes y de los elementos que van tras la identidad nacional de lo dominicano, empezando por el mismo Compadre Mon.

Y estas fueron algunas de sus conclusiones:

Compadre Mon recoge una vieja aspiración de la institución literaria dominicana en el sentido de dar al país una obra en la que pudiera reconocerse: su epopeya nacional”.

“En Compadre Mon hay denuncia, concientización, utopía. El pueblo encuentra en el héroe su propia voz. No se trata de una presencia civilizadora exterior. Tampoco plantea la vuelta nostálgica de un orden socioeconómico anterior. Se hace eco de la visión de las clases populares del país, dueñas de un pasado que no fue mejor, de un presente que oprime y condena a la muerte”.

“El símbolo Compadre Mon es, en el orden de la semejanza, una versión literaria del caudillismo en la República Dominicana, al mismo tiempo que impugnación del fenómeno como tal”.

“La diversidad genérica y estilística de Compadre Mon, el sujeto plural que sugiere la perspectiva novelesca, constituye la marca ideológica de la presencia del pueblo en su cosmovisión y en sus aspiraciones”.

“Y dentro de lo real maravilloso, la fe, como elemento básico en esta forma de percepción de la realidad, tiene en Compadre Mon un doble valor: sirve tanto para afirmar los poderes extraordinarios del héroe, como para reconocerlo encarnado en la existencia cotidiana del hombre dominicano”.

Pura Emeterio Rondón se detuvo en la belleza del poeta y en su profundo lirismo, y no deja pasar frases excelsas como esta: “La calle es una historia que camina”. O como esta: “Por una de tus venas / me iré Cibao adentro”.

Según la ensayista, Compadre Mon, por sus características estéticas y sus maneras de expresión, se adelantó al realismo mágico formulado años después y convertido en todo un fenómeno literario.

El poeta Mateo Morrison también ha ponderado las luces y aciertos del libro de Emeterio Rondón:

“Pura Emeterio Rondón, con libros como Género épico y elemento popular en Compadre Mon, Premio Nacional de Literatura, mención ensayo 1992, hace que la crítica no sea un espacio solo para la unilateralidad y la exclusión, pues demuestra que, como dijo uno de los grandes poetas de nuestra América, todo acto o voz genial viene del pueblo o va hacia él. Su admirable trabajo sobre Manuel del Cabral constituye una lúcida visión escritural acerca de esta obra medular de la literatura dominicana”.

Para Manuel Núñez, Pura vio todo lo que el poeta Manuel del Cabral quiso resaltar: “En Compadre Mon se hallan la geografía, la historia, los personajes que obran como arquetipos en la construcción de nuestra historia”.

El libro de Francisco

Donde Pura lo metió todo fue en el ensayo que escribió sobre el libro El pobre de Asís, de Nikos Kazantsakis, quizás por su identificación con su espiritualidad. El lenguaje ahí es superior y las formas de la imaginación, ilimitadas. Allí ponderó la obra y ponderó al autor.

“¿Habría podido alguien poner en boca del narrador o atribuir al protagonista palabras y hechos tan encomiables, tan profundamente humanos y sublimes sin tener también sentimientos de honda compenetración y amor a los personajes históricos que tan magistralmente recrea, sin compartir con ellos creencias y convicciones?”

Sobre ese ensayo el enjundioso Luis Quezada, un hombre que sabe escuchar los latidos de los libros, dice que “es un trabajo digno de la locura simple y radical, alegre y jovial, llena de ternura y vigor que expresó con su vida el pobre de Asís, con su legado de pobreza, paz y amor, con el cual concluye felizmente la autora su breve pero concentrado estudio de una narrativa modélica del siglo XX”.

Y pensando en el conjunto de su obra, expresa Quezada que Emeterio Rondón es “una pedagoga del ensayo” y “una exquisita crítica literaria”

Pensar el Caribe de otra manera

Pura Emeterio Rondón sentó las bases para pensar el Caribe de otra manera y aprender a mirarlo en su complejidad histórico-geográfica, etnolingüística y cultural y socioeconómica. Recorrió la geografía literaria de la zona y se detuvo en obras fundamentales.

Manuel Matos Moquete, especialista en literatura, considera que Emeterio Rondón dio inicio a los estudios del Caribe con decidida sistematicidad. Él la conoció en la década de 1990 y cuenta que se hizo “un lector aplicado” de sus obras. Y en abril del 2017 le dedicó unas palabras en el acto en que las autoridades de la XV Feria Internacional del Libro 2012 le pusieron su nombre a una calle.

Ella estaba allí, vestida de luz y radiante como el mejor sol de una mañana, y en su presencia afirmó:

“Pura Emeterio Rondón es en República Dominicana la especialista en los estudios caribeños de la literatura, la única con que contamos. Ese tipo de investigaciones y publicaciones singulariza a esta autora por los novedosos aportes en áreas incipientes, no explotadas en los estudios literarios en República Dominicana y en otros países colindantes”.

“Particularmente, -continúa el especialista en literatura- pienso en la mirada caribeña de esa autora, en el estudio de grandes autores de la literatura dominicana”.

“Los aportes de Pura Emeterio Rondón a la literatura dominicana deben ser apreciados por dos motivos: la búsqueda profundizada, investigada, interpretada de la autoctonía de la literatura dominicana; y la apertura y el dimensionamiento de nuestra literatura a escala caribeña, una realidad que nos interpela desde nuestros orígenes y a la cual le hemos dado la espalda”.

Y concluye Matos Moquete: “La labor intelectual, dicha así con apresuramiento, de Pura Emeterio Rondón, debe ser exaltada no hoy, sino siempre en nuestro país. A mí me honra honrar a esa gran mujer dominicana”.

Pura cultivó la humildad con rigor religioso e hizo de la conversación y la expresión oral un arte mayor. Y ese mismo día, frente a la candorosa sonrisa de la ensayista, expresó Matos Moquete:

“Todo su haber, de lo cual es muy ínfimo lo que aquí se ha resaltado, daría a cualquier escritor o intelectual que no fuera Pura Emeterio Rondón motivos para vanagloriarse. Ella no. Sus creencias y su práctica de vida se lo impiden”.

¿De qué color es la literatura dominicana?

Pura Emeterio Rondón.

Las élites dominicanas que escribieron su versión de la historia se alzaron con el gran logro de deformar, en opinión de la ensayista Pura Emeterio Rondón, la mentalidad del pueblo dominicano en la percepción de sí mismo.

“La élite dominicana, erigida defensora de lo hispánico, impuso sus valores, al extremo de pretender suprimir la herencia africana, negando unos valores absolutamente vigentes en la vida, en la cosmovisión del dominicano. Ello condujo a obstaculizar la comprensión adecuada de la propia identidad étnico-cultural, sobre la base de los elementos que verdaderamente la componen, y a este nivel también ha contribuido a deformar la mentalidad del pueblo en la autopercepción de sí mismo”.

Esta idea es una de las conclusiones del ensayo ¿De qué color es la literatura dominicana?, incluido en el libro Estudios críticos de la literatura dominicana, en el que la escritora aborda la historia étnica de la República Dominicana y sus omisiones en la literatura, así como su impacto en la vida cultural y en la identidad.

La literatura dominicana no tiene color, según Pura; a lo sumo es mestiza y ha omitido en sus historias elementos que son esenciales para definir la identidad, como la presencia del componente africano, concentrando sus definiciones en los conflictos con Haití y aferrándose exclusivamente a lo hispánico.

“En la literatura dominicana, por lo general, está ausente la cultura negra o mulata, así como también el conflicto silente que estas han mantenido entre sí. De ahí que la literatura dominicana, grosso modo hablando, sea una literatura sin color”.

“Una visión panorámica de la literatura dominicana en el siglo XIX -agrega la ensayista- no deja ver ningún registro de elementos étnicos, salvo referencias épicas y nostálgicas de la raza indígena. Para esta literatura el negro no existe; menos aun los conflictos raciales, así se puede ver en estos escritores una perspectiva eurohispánica. Escritores clásicos de la literatura dominicana como José Joaquín Pérez, Salomé Ureña de Henríquez, Gastón Fernando Deligne o Arturo Pellerano Castro desconocen la pluralidad étnico-cultural del país”.

Tradicionalmente, la literatura dominicana ha mantenido largos silencios sobre este tema, concluye Emeterio Rondón.

Según Pura, el mérito de una visión distinta se lo llevan Manuel del Cabral, Marcio Veloz Maggiolo, Aída Cartagena Portalatín y, tiempo atrás, Juan Antonio Alix, entre otros.

Lo que Jit piensa de Pura

Ella era una mujer de fe, él también un hombre de la iglesia; ella pertenecía a la Institución Teresiana, él a la Orden de los Frailes Franciscanos. Se conocieron en el 2012, poco después de que ella llegara, con las luces encendidas, de su experiencia venezolana, y él ya estaba pensando en el mundo y sus historias. Y de inmediato se amistaron, una amistad que tuvo mucho que ver con la literatura y con la espiritualidad. Y el jueves 10 de diciembre del 2020, en la conferencia “Fundamentos de una nueva crítica literaria en busca de nuestra expresión en el libro Ética y estética en el mito literario (en República Dominicana y Haití) de Pura Emeterio Rondón”, en la que se develizó la fotografía de la escritora, él, el escritor Jit Manuel Castillo, hizo de ella esta definición:

“Era un alma iluminada que, con su disciplina literaria, tesón y esmero alcanzó la expresión firme de la institución artística”.

Al ponderar su obra, Castillo aseguró que Pura Emeterio Rondón “funda una nueva crítica literaria dominicana, caribeña y latinoamericana”, y opina que “la trascendencia de sus ensayos literarios abre el horizonte para el ejercicio de una crítica literaria que va más allá del me gusta, no me gusta; del amiguismo o el revanchismo, en fin, de la crítica que no se sustenta críticamente”.

Según él, sus ensayos tienen la virtud de no perder de vista el estilo ni caer en el academicismo.

El ejercicio de la crítica

Pura Emeterio Rondón fue una pensadora total, una entidad preparada para lidiar decorosamente con el hecho literario, y tenía un concepto muy elevado de lo que debía ser la crítica y de su sentido ético.

“Ni la amistad ni la enemistad -sostenía- ni la coincidencia ni la disidencia con el autor en posiciones ideológicos, de poder o afectos, debe primar en el momento de enjuiciar una obra”, decía. “La crítica no debe ser entonces visceral porque se descalifica. En ese sentido, es importante tomar en cuenta que el juicio es a la obra, no directamente al autor, pese al reconocimiento de los estrechos lazos que los unen”.

Ofelia Berrido, la poeta que transfirió la luz de sus ojos a la luz de sus versos, asegura que, como crítica literaria, Pura Emeterio Rondón pertenecía al mundo de la luz. “Su arte -observa Berrido- lo dedicó a mostrar lo mejor de la literatura dominicana, y en el proceso muestra las imágenes presentes y probables, los movimientos de la obra y sus sentidos posibles; los sentidos inequívocos, a la vez que muestra cómo las obras se le escapan”.

Y prosigue: “Emeterio como crítica, con su técnica y estilo, nos habla de las obras como estas le hablan a ella, en su parte esencial”.

En su opinión, cuando Pura analiza un texto se expresa a sí misma:

“Su mundo y el de la obra se responden mutuamente, eco de voces que tienen de pareja el mismo vértigo. Su pensamiento crítico en sí mismo reproduce el movimiento esencial de la obra. (…) La autora se transforma como parte de la aventura literaria”.

“Y es que todo el mundo de la crítica verdadera y honesta es objeto de un cambio frente al material que decide estudiar, al quedar atrapada en el mundo de la ficción que penetra”.

Para Tulio Cordero, el poeta que notificó en sus versos que carga en las pupilas “la llama, los pájaros y viento, la escritura crítica de Pura es una osadía. “Y he aquí la osadía de Pura Emeterio: dejarse seducir, arrastrar por una provocación, abrirse un sendero hacia el sustrato primigenio que sustenta esa otra palabra”.

Dice el maestro Bruno Rosario Candelier, quien considera su obra como “un ejercicio crítico auspicioso, iluminador y significativo”, que su valor es que, al analizar un texto, toma en cuenta unas coordenadas sociográficas, intelectuales y estéticas, así como la realidad social, histórica, antropológica, ambiental y cultural, y la connotación de las estructuras conceptuales, espirituales y estéticas”.

“Nuestra distinguida escritora -aduce- posee el don de la palabra, el don de la interpretación y el don del servicio altruista. Dotada con la gracia de la ternura y la comprensión, su trabajo crítico y ensayístico refleja no solo su inteligencia y su sensibilidad, sino la seriedad de análisis, la profundidad de sus planteamientos y la propiedad con que se expresa, al testimoniar sus percepciones interpretativas de los diversos textos que han merecido la atención crítica de la escritora dominicana”.

Agrega Rosario Candelier: “Pura Emeterio Rondón era una mujer de luz, inspirada en la verdad, la belleza y el bien; un ánfora de amor y solidaridad, impregnada de un genuino ideal humanizante; y un cauce de sabiduría y dulzura, centrada en la gracia divina. Su obra literaria es un reflejo de su pensamiento y su horizonte intelectual, estético y espiritual. Y un testimonio, lúcido y elocuente, no solo de su talento exegético y ensayístico, sino de los valores que motorizaban su palabra y de los principios que fraguaban su virtud, su pasión y su espiritualidad”.

Avelino Stanley, cuya novela Tiempo muerto ella sometió a un lírico escrutinio, expresó que Pura Emeterio Rondón era “una profesional de las letras en cuerpo y alma; una militante del oficio que, en la labor arquitectónica de lidiar con el genio y la figura de un autor o autora y su obra, sabía descomponerlos en piezas ínfimas y luego rearmarlos con una inusitada pericia”.

La escritora Emelda Ramos se siente discípula de la ensayista, y desde esa cercanía tiene unas tiernas remembranzas de la Pura que conoció hace mucho tiempo en su andar. “Quiero consignar que conocí a Pura Emeterio Rondón en el año 1968, cuando ella, en plena adolescencia, pues, contaba 16 años, era ya una dedicada normalista de la reputada escuela Félix Evaristo Mejía”.

Ramos pondera su voluntad y su entereza a la hora de encarar sus temas. “Nunca le tembló la mano a la hora de abordar los temas por espinosos que fueran, porque su vocación dialógica estaba por encima de muchas consideraciones”.

Y Camelia Michel, la poeta que puso a agonizar a los astros en un verso de su Estación oscura, expresó que Emeterio Rondón, que era su amiga y compañera de luchas y desvelos, tenía la magia infinita de unir en una sola fuerza la pasión, el rigor, la técnica y la curiosidad a la hora de enfrentarse a sus temas.

“Ella suele llevarnos de la mano por cambios inesperados y sorprendentes hacia verdades de a puño, o simplemente hasta los oasis de mayor belleza y frescor, con un estilo suave y un lenguaje fluido y sin mayores artificios”, aduce Michel.

En consideración de César Zapata, poeta y académico, Pura Emeterio Rondón es una maestra del buen decir, una escritora que construye sus textos “con transparencia y exactitud” y “sin esterilidades decorativas”, creando una atmósfera discursiva sin didactismo y facilitando la comprensión de los textos analizados”.

La música de las palabras

Acudió a Petrarca y a su Cancionero de 1349. También al poema que este dedicó a Laura de Noves, su amada, a la hora de su muerte, Triunfo della Morte y, sobre todo, a la musicalidad de su escritura. Y desde esas premisas preparó sus análisis sobre la música, como un hecho que va de la mano de la literatura, que es parte de ella y que, con el devenir de los tiempos, se hizo parte indispensable de la magia de la escritura.

“Tres siglos más tarde -explicó Pura en su ensayo Aproximación a los antecedentes literarios del bolero– en el siglo XIX, surge otro antecedente importantísimo para el bolero: el romanticismo. Nace en Alemania y se extiende por el resto de Europa y América. En España tiene cultivadores importantes como Espronceda, pero el más destacado, para algunos ya posromántico, es Gustavo Adolfo Bécquer”, con sus Las oscuras golondrinas.

El bolero -puntualizó la escritora- es una expresión de identidad caribeña y, por tanto, dominicana. En él está cifrada una forma de cultura, una forma de vivir, de pensar, una manera de concebir la realidad y de relacionarse con el mundo.

“En particular el bolero es elemento esencial en la conformación del alma caribeña, en su emotividad estética y dolorido sentir. Ciertamente, hemos creado el bolero en la misma medida que él nos ha creado a nosotros, en una reciprocidad dialéctica que no cierra el círculo, sino que lo expande hacia otras culturas y hacia nuevas posibilidades de regerminación bolerística”.

“Hay un derroche de colores, luces, brillo, música, mariposas, estrellas que bajan, balcones y alegrías, en una armoniosa combinación de versos de arte mayor con los de arte menor. Todo ello muy propio del modernismo”.

Pero para Emeterio Rondón, la música va más allá de las canciones. Está en la poesía, en la prosa, en la lengua y, en general, en la vida de todas las personas. “La lengua suministra al escritor la plataforma rítmica para su creatividad, para su exploración y explotación, en función de los significados que quiere dar a los mundos poéticos, narrativos, dramáticos o ensayísticos, según el género que cultive”.

“El hecho que la articulación ritmo-música-literatura ha implicado un diálogo permanente a lo largo de la historia de la literatura y durante ella ha contado con momentos estelares”.

Candidata al olvido

En un país que siempre lleva prisa en olvidarse de sus valores, Pura Emeterio Rondón es una candidata perfecta al olvido. Murió hace cuatro años y su legado está en el aire. Hoy nadie se decide a asumir la edición de sus obras, que son su legado, a nadie parece interesarle que su nombre sea presencia en el ámbito intelectual y a nadie parece importarle que la huella que dejó en el pensamiento crítico dominicano se proyecte hacia el futuro.

La escritora Lidia Nieves Emeterio Rondón, que es su hermana, sabe el tesoro que dejó Pura a la posteridad, y con las pocas armas que le concede la vida lucha cada día para que se mantenga su legado.

Ha tocado puertas, enviado cartas y participado en reuniones; ha hecho propuestas y ha formulado proyectos. Sus desvelos no han tenido límites. Ha ido al área cultural del Banco de Reservas, al Archivo General de la Nación y a otras instituciones. En su romería ya se le están acabando las palabras.

Lo más cercano a un reconocimiento que ha tenido Pura Emeterio Rondón lo hizo el escritor Rafael Peralta Romero, en su calidad de director de la Biblioteca Nacional, quien dispuso que se colgara una fotografía suya en tamaño 24 x 30 en la Sala Aída Cartagena Portalatín, aquel jueves de diciembre en que su amigo Jit Manuel Castillo dictó la conferencia sobre ella y un grupo de escritores le hizo un homenaje.

Pura Emeterio Rondón es una escritora que le concierne al futuro. Lo dio todo por la cultura dominicana -hasta la vida- y hoy lo único que le está quedando es su derecho al olvido.

Pura en el tiempo

La imagen de Pura que todos recuerdan es la de una mujer entera que siempre podía hacer que las estrellas bailaran para ella, un ser enamorado de la literatura del Caribe, que nunca dejó de luchar y que a través de sus libros presentó sus respetos a las letras dominicanas: una prometida del futuro.

Hoy es el cumpleaños de su ausencia. Hace cuatro años que partió y aún es difícil imaginarse que aquella mujer fuerte y voluntariosa, que cargaba el mundo en su mirada y que no dejaba de sonreír, haya dejado de existir. Sabía sonreír, aquella muchacha, y la vida le sentaba bien. La tuvo en sus manos durante sesenta y cinco años, y con su sonrisa radiante y con sus destellos iluminó todo aquello que vieron sus ojos.

Ella soñó un país y lo escribió en sus textos. Sus libros son del tamaño de su libertad. Hablan de mundos posibles y de aquellos universos luminosos a los que las ideas suelen poner alas. Sus palabras, hermosos decires desparramados en sus siete obras, en sus conferencias y en sus ricas conversaciones, eran firmes y rotundas.

Pura Emeterio Rondón ejerció la crítica con precisión, elegancia y profundidad y fue una ensayista fundamental. Puso su mano en textos esenciales de la literatura dominicana y caribeña y miró a todos los rincones de esta geografía. Y, por la calidad de su trabajo, fue reconocida con dos premios nacionales de ensayo. Pero el mayor galardón que tuvo siempre fue el respeto de los demás.

Su labor fue distinguida por todos, aunque era evidente que nunca fue parte de las élites ni estuvo cerca de los centros de poder intelectual. Siempre se movió en los márgenes, nunca en los centros.

Cuando la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra (PCMM) creaba la Cátedra de Estudios del Caribe, un hecho relevante para el acercamiento a la cultura de estas islas, a nadie siquiera se le ocurrió pensar en el nombre de aquella mujer que, según Matos Moquete, había definido los contornos del Caribe cultural: el de Pura Emeterio Rondón.

Según la historiadora Carmen Durán, su obra es parte importante del acervo bibliográfico de la nación y debe ser protegida. “Eso la consagra como una intelectual comprometida cuyos textos nos revelan un contenido didáctico, analítico y vigente dentro de la bibliografía educativa nacional”.

Entre sus amigos ella sigue siendo una presencia y en su familia aún está viva su sonrisa. Ahora Pura pertenece al tiempo, y su recuerdo queda a disposición de las flores. Su obra está ahí, en brazos de la posteridad. Esa es su marca, ese su legado. De lo que se haga hoy depende que sus libros, ya ella ausente, vuelvan a nacer.

Últimos escritos

Quería andar de gancho con la luna e intercambiar con ella su luz; quería tener un asiento en el futuro y que sus libros fueran interlocutores del tiempo. Pero no pudo. Tenía apenas sesenta y cinco años cuando entró a un consultorio médico para un chequeo rutinario y salió con un diagnóstico de cáncer terminal. Ahí empezó su peregrinaje por esos caminos del dolor.

El mismo día del diagnóstico -17 de enero de 2017- comenzó la cuenta regresiva. Ella se empeñaba por mantenerse de pie y a veces lo lograba. El viernes 28 de abril, junto a Laura Gil, Delia Quiñónez y Olivier Batista como moderador participó en la XX Feria Internacional del Libro en el panel “Miguel Ángel Asturias, 50 años de un Nobel” en la Sala Carmen Natalia Martínez, de la Biblioteca Nacional. También era jurado del concurso literario auspiciado por ese evento.

En esa misma feria fue convidada a otra actividad, pero llovía a cántaros aquella tarde y ella, en el estado en que se encontraba ya, no pudo ir.

Pura dejó de escribir cuando ya los dolores la desbordaban y las quimios comenzaban a derribarle las defensas. Lo último que pudo llevar hasta el final fue el prólogo de El derrumbe, de Federico García Godoy, en edición de la Biblioteca Dominicana Básica, del ministerio de Cultura.

Un día de mediados de año de 2017 la llamó José Enrique García, director de la Editora Nacional. Ella había leído la obra hacía tiempo y le interesaba mucho el tema, que tiene que ver con la patria y sus dolores. Pero dudó. Pensaba que no iba a poder cumplir y no estaba acostumbrada a quedar mal. Lidia Nieves la convenció de que lo hiciera y se comprometió a apoyarla con los textos y referencias que necesitara.

Cuenta Lidia Nieves: “Un día le dije: Tienes que apurar, el tiempo se está venciendo. Y ahí ya me dijo: No te das cuenta, es que ya yo no puedo. Pero aun así decidió que sí podía. ¡Y lo terminó! Fue un mes entero de trabajo y tropezones.

Las conclusiones de su último prólogo fueron estas:

El derrumbe es un texto fundamental para el estudio de la génesis de la primera intervención militar norteamericana en nuestro país en el año 1916, así como del comportamiento de los estadounidenses, apegados siempre a sus propósitos particulares, como, por ejemplo, la Doctrina Monroe y la Convención”.

“Cien años después de haber sido escrita, su lectura provoca el inevitable impulso de constatar los niveles de similitud en la ocurrencia de hechos o comportamientos entre aquel periodo y este que nos ha correspondido vivir. ¿Es que este libro contiene verdades y males con vocación de eternidad?”.

Era fuerte, Pura Emeterio Rondón, y entre quimio y quimio, se ponía a escribir, a preparar notas, en ocasiones en la misma sala de espera de la clínica. “A veces era tarde de la noche -recalca la hermana- y el malestar se le calmaba un poco. Volvía a la computadora y comenzaba a decir mira, ay caramba, fallé aquí, fallé allí. Hasta que pudo limpiarlo y se lo mandó a José Enrique”. Fue casi un trabajo en equipo. Eso fue en julio. Tuvo que detenerse mucho pues estaba escribiendo desde el dolor, pero aun así ella quedó satisfecha con el resultado. Cuando le puso punto final al prólogo de El derrumbe sintió que había obtenido una victoria contra el desaliento.

Sobre ese trabajo, su amigo Manuel Núñez comentó años después de su muerte: “Al leer este último ensayo de Pura Emeterio Rondón no puedo sustraerme a la nostalgia, al inmenso valor de su personalidad literaria y a la profundidad y al valor de su pensamiento, que siempre echaremos de menos”.

Otro día la llamaron del ministerio de Cultura para pedirle que escribiera un artículo sobre el agua en la poesía dominicana, pues allí a alguien se le ocurrió que, con todo y ser una isla, la República Dominicana vive de espaldas al mar.

“Yo recuerdo -rememora Lidia Nieves- que llegué un día con dos poemas que encontré de Mariano Lebrón Saviñón; también de una poeta dominicana que tiene como dos poemas sobre el agua. Se los llevé y se puso contenta y se animó”. Pero a pesar de la colaboración de su hermana no pudo preparar ese trabajo. Era que ya las fuerzas no le respondían.

En esos días también terminaba un doctorado en Filosofía en un mundo global y como tesis doctoral escogió temas relacionados con el Caribe. En ese trabajo iba a someter a estudio los textos de Federico Gratereaux, y el maestro Gerardo Ogando, uno de sus compañeros, cree que ella llegó a redactar al menos el primer capítulo. Además de las clases que impartía en la UASD, también coordinaba una maestría en literatura hispanoamericana.

Agosto cruel

Agosto fue cruel y no le dio tregua. Ya había tenido tres internamientos e incontables sesiones de quimioterapia. “Para ese tiempo fue todo muy violento; tenía dolores muy fuertes, ya no podía ir a la universidad, casi no podía mover las manos y respiraba con dificultad”, recuerda Lidia Nieves.

En un momento el cáncer la engañó y le dio una apariencia de victoria. En un estudio que se le hizo tras un tratamiento parecía que se estaba reduciendo, pero en realidad lo que hacía era crecer en otra dirección. “Un día -recuerda Lidia Nieves- las doctoras que la atendían me llamaron para decirme que nos preparáramos, que ya a ella no le quedaba mucho tiempo, que el cáncer había hecho metástasis, que ellas lo habían hecho todo y que en lo adelante lo que quedaba era rezar. Entonces, ahí supimos que ya no había nada qué hacer”.

Al despuntar septiembre de 2017, ya la vida se le estaba convirtiendo en un silencio. Aquella sonrisa que hacía juego con la luna se apagó y a su alrededor se instauró una orgía de sombras y tristezas. El día antes de partir ni siquiera sintió dolor físico, solo un dolor existencial y la luminosa serenidad que siente una persona de fe en su último minuto.

Los gemidos del ciervo herido

Dos años antes, en su libro Literatura dominicana y otras ficciones. Estudios críticos, había escrito un ensayo sobre Gemidos de un ciervo herido, un hermoso poemario de Fausto Leonardo Henríquez hecho de versos dolientes y estremecidos que obtuvo en España el Premio Mundial “Fernando Rielo” de Poesía Mística 2009, en su versión XXIX.

Y de su autor había dicho que su poética “integra la sensibilidad, la estética y la mística, mientras al mismo tiempo sostiene y resguarda el amplio mundo interior de este poeta genuino, a quien, por sus dotes literarios y atributos humanos, expreso mi hondo reconocimiento y admiración”.

Por una de esas cosas raras de la vida, ella misma terminó convertida en la metáfora de un ciervo herido, y estos versos, que ella analizó en aquel libro, cobraron una triste similitud en sus últimos días:

Muero con la tarde. No llevo nada a la tumba: ni reloj ni llanto.

A fuerza de frío palidece la noche.

 

Bajo el sueño, tumba que madruga a la muerte.

Dejo al pie de la cama mis despojos

Para descender a la noche.

Y así, justamente, como un ciervo herido, a las dos de la tarde del cuatro de septiembre del año 2017, Pura Emeterio Rondón descendió a la noche y entregó su último suspiro.