PARÍS, Francia.-A media mañana tomé el Metro para ir a La Défense, un sector al oeste de la ciudad que no conocía, caracterizado por la existencia de altas y modernas edificaciones similares a una ciudad norteamericana, constituyendo el “Gran Arco”, de amplio y elegante diseño, su más emblemático monumento.

A continuación y mediante la utilización del tren y el autobús, me desplacé hasta el parque de Bagatelle en el que bajo un opresivo silencio y los rítmicos saltitos de los gorriones, rememoré pasadas jornadas de esparcimiento, a la vez que me deleitaba con la hermosura y fragancia de su admirable rosedal.

Lleno de ilusiones que creía ya perdidas, hice uso nuevamente de la vía férrea –aunque en esta ocasión las ruedas del Metro no eran de hierro sino neumáticas- para ir al museo de Orsay, impresionante tanto por sus pinturas y esculturas como por el artístico y sabio empleo de sus amplios espacios.

Ahíto de la contemplación de sus  sin pares colecciones, quise al marcharme darme el banquete de caminar de arriba abajo la calle que tiene la audacia de llamarse Solferino, en honor a la ciudad italiana en que franceses y austríacos libraron una batalla con tal cantidad de muertos, que inspiró al suizo René Dunant la fundación de la Cruz Roja.

Debe ser un regocijo que resiste la implacable erosión del tiempo, residir en esta corta y aseada vía del centro de París –al lado del museo Orsay- con edificaciones del más genuino gusto francés de siglos pasados, y si el transeúnte logra ver su interior notaría que sus inquilinos poseen un alto standing socio-económico.

A esas horas del mediodía dominical el tráfico es mínimo, reina una paz y un silencio parecidos al existente en el claustro del monasterio de Pedralbes en Barcelona, y cuando por fin resolví alejarme de ella, me detuve en la esquina del  boulevard Saint Germain para lanzarle la mirada que tengo reservada a las tiernas despedidas.

Con la finalidad de comer algo me encaminé  a pie hacia los Campos Elíseos, y al cruzar el puente de la Concordia descubro por las multitudes que llenan las aceras, que ese día era el final de la Tour de France, predominando en toda la zona un ambiente de feria, de fiesta, con una algarabía parecida a la de un 14 de Julio.

A duras penas logro subir poco a poco la congestionada avenida hasta el Arco de Triunfo, sorprendiéndome la gran cantidad de restaurantes de comida rápida estadounidenses en ella instalados, en uno de los cuales comí luego de hacer una cola  integrada en su mayoría por jóvenes alborotadores que llegaba hasta la calle.

Estuve varias horas junto a la expectante muchedumbre que aplaudía gozosa el paso de los pedalistas, causando un estruendoso revuelo un streaker, que totalmente desnudo se puso a correr en medio de la vía, hasta que la policía, con abucheos de la multitud, procedió a su arresto.

En un tenderete montado bajo la sombra de los castaños cerca de la Concordia y próximo a un local de Pierre Cardin, un francés que vendía heladas cervezas Kronemburg era el feliz propietario de todos los gestos, mímicas y frases usualmente atribuidas a ellos, meneando la cabeza   rítmicamente  de izquierda a derecha cada vez que decía alors lá.

Pasé un buen rato conversando con él disfrutando al escuchar expresiones que no oía desde hacía tiempo, tales como: mais quand méme; j’en ai marre;  je m’en fous royalment; une petite demie heure; en passant;  tu me barbe;  ca va pas; ras bol, y el oui aspirado tan frecuente en los parisinos cada vez que se le pregunta algo evidente.     Estando en este sitio conocí a una sedienta peruana hija de padre chino y madre limeña, que tenía uno de los nombres más cortos que en castellano pueda tener una mujer, al llamarse Fe Ng – dos letras para el nombre y otras dos para el apellido- cortedad nominal que hacía juego con sus pequeños pies, pechos, brazos y piernas.

Sobre las cinco de la tarde y bajo un sol candente aún, me dirigí  hacia la calle Rivoli con paradas nostálgicas en la plaza Vendóme y la de Pirámides, en que giré a la izquierda para llegar a la avenida de la Opera, destacándose al fondo el conocido palacio Garnier, obra maestra del segundo imperio en  el siglo XIX.   Con el sol ya moribundo resolví esperar su muerte sentado en una silla de las que bordean la fuente del Jardín de las Tullerías situada frente a la Concordia, desarrollándose en el firmamento un espectáculo de rayas y colores que hicieron inolvidable ese día de Julio, archivado desde entonces en un cerrado compartimento de mí memoria.

Aviones de pasajeros  que surcaban el cielo de París, dejaban a su paso blancas estelas que formaban una asimétrica red, entre la cual quedaban atrapadas sorprendidas nubes de dorados márgenes, que lentamente se escapaban de su filamentosa prisión dando lugar a una visión surrealista que solo De Chirico  podía reproducir.   Fue un crepúsculo en armonía con la belleza del día transcurrido, y cuando en la noche cerrada tomé el Metro para ir al alojamiento,  sentía en el cuerpo esa distensión, esa laxitud que nos sobreviene después de hacer el amor repetidas veces, o luego de llevar a feliz término una empresa que parecía de imposible realización.  Fue un hermoso día.

Henri Montherlant un escritor francés creador de bellas imágenes y metáforas, que se suicidó a los setenta y seis años de edad, dijo muchas cosas entre las que recuerdo ésta: “Alemania ha sido puesta junto a Francia como Xantipa fue puesta junto a Sócrates: para darle una oportunidad de superarse”.  Quizás le asistían poderosas razones para expresar tal aseveración, pero de lo que estoy totalmente convencido es que Francia, y sobre todo París, existe para que la humanidad tenga la ocasión de ver convertida en realidad lo que suponíamos ser perteneciente al mundo de la fantasía, al dominio de la imaginación.

Mujeres elegantemente vestidas; perfumes de aromáticas rosas búlgaras y de Chiraz; juventud dotada de un gran esprit; palacios y castillos dignos de ser habitados por hadas y duendes; jardines que solo Le Nótre y Le Brun podían concebir,  y monumentos que invitan al ensueño, todo esto junto –en una sola pieza- lo encontramos en París.

El gran hechizo de esta fascinante ciudad es sin duda alguna su formidable vida espiritual, su  promoción constante a las más variadas formas de la expresión artística, y su bien adquirida fama de ser el árbitro mundial en todas las actividades vinculadas a lo que se ha dado en llamar el buen gusto, el refinamiento.

No represento la excepción al advertir, que al dejar París a uno todo se le hace provinciano, rural, huérfano de esa distinción que en ella tiene hasta la forma de podar un árbol o cruzar una avenida, carente de ese estilo que fuera de sus límites es improbable tratar de copiar o reproducir.

París halaga la vista y agasaja el espíritu  como ninguna otra capital  en la Tierra, y cuando Charles Lindbergh después  de su histórico vuelo dijo al pisarla ¿This is París?, su asombro no respondía al hecho de haber atravesado el ancho océano, sino, el de haber llegado a la mítica y fabulosa ciudad francesa.

Aunque en los años de la decadencia física y sensual nadie es feliz pensando que una vez lo fue, admito que experimentan un cierto alivio, un dulce consuelo, los adultos o envejecientes que un día puedan recordar lo siguiente:

Tenía veinte y dos años

vivía en París

y  estaba enamorado