PARÍS, Francia.-Un museo de insoslayable visita a quienes están en París, es el de Augusto Rodin, el excepcional escultor francés nacido en el siglo XIX, situado en la calle Varenne No.77 del séptimo distrito, aconsejando la experiencia asistir  los días de semana para gozar en solitario de sus múltiples seducciones.

Aunque hay obras suyas en el hotel donde vivía y que hoy funge como museo, lo más interesante de todo es el soberbio jardín posterior que sirve de escenario a célebres trabajos de su autoría como “Los burgueses de Calais”, “El Pensador”, “Las puertas del infierno” y otros, dando origen a un bello paisaje que invita a mirarlo como si se tratara de un cuadro.

Las esculturas de este genial artista como “El Beso”, “Joven con sombrero florido” y las mencionadas anteriormente, dan la impresión de que el autor ha ido más allá de lo posible, no siendo pocos los que piensan en el gran amor y alegría que debe experimentar la materia por quien le ha dado forma con tanto arte.

No pierden su tiempo los que sacan dos horas o más para dedicárselas a Rodin, y al salir  los enmudecidos visitantes tienen la sensación de haber estado en un lugar fuera de este mundo, no equivocándose los que señalan que su magnífico jardín es el único sitio en que es posible tropezar con una divinidad en el camino.

No debo omitir al hablar de los mercados de París, el mercado de las pulgas –el mercato delle pulci, como dicen los italianos- de la Puerta de Clignancourt, considerado el más grande del mundo

Por leer en los años setenta “El recurso del método” de Alejo Carpentier, supe de la existencia del cincel galo Antonio Bourdelle, cuya casa y atelier  en el número 16 de la calle del mismo nombre en el sector de Montparnasse, sirven actualmente de museo al que iba con frecuencia por estar en mi vecindario.

Tiene trabajos sorprendentes distribuidos en la gran sala, el jardín, la planta baja, en el atelier y en las nuevas salas, y entre todos ellos el que retuvo más mi atención fue el concerniente a Beethoven, estudios y bocetos de su famosa cabeza en los que atrapa las geniales crispaciones y los gestos faciales del titán de Bonn.

Se admite que el tiempo es la cuarta dimensión, y en opinión de este escultor, la quinta es la presencia de esa fuerza misteriosa que nos habita, siempre invisible y que nos revela eso que la razón no puede ofrecernos, concepto y filosófica definición, que generalmente me hacen recordar a este artista.

Hay en la ciudad museos de la más diversa índole –de la historia de Francia, de la Marina, de Edith Piaf, de modas y costumbres, de Holografía,  de Pasteur, de la Opera, de las Termas de Cluny y de un larguísimo etc.-. cuya visita dependerá  de la formación, procedencia y caprichos del turista o residente

Durante mi último año de residencia en esta metrópoli, se inauguró el denominado “Centro Pompidou” o “Beaubourg”, un adefesio arquitectónico que recuerda una refinería de petróleo o un inmenso robot, asiento del Museo Nacional de Arte Moderno con salas destinadas a exposiciones provisionales y a la difusión de la cultura vanguardista.

Como se trata de un centro cultural, contiene interesantes manifestaciones del quehacer humano, encontrándose dentro de su abracadabrante maraña de tubos, escotillas, caleidoscopios y toberas, una estupenda biblioteca pública de información, varias librerías, el Ircam, y una sala de actualización para niños y adolescentes.  Bien vale una visita.

Hay en la ciudad museos de la más diversa índole –de la historia de Francia, de la Marina, de Edith Piaf, de modas y costumbres, de Holografía,  de Pasteur, de la Opera, de las Termas de Cluny y de un larguísimo etc.-. cuya visita dependerá  de la formación, procedencia y caprichos del turista o residente.

En París no encontré un gran mercado bajo techo como “La Boquería” de Barcelona o el que describía Zola en su obra “El vientre de París”, sino que en ciertos tramos de determinadas calles, se habilitan algunos lo cales para el expendio, bajo toldos o sobre la acera, de vegetales, carnes y derivados lácteos.

Visitaba mucho el de la calle Daguerre próximo a la plaza Denfert –Rochereau no lejos de mi domicilio, y durante un año en ruta hacia la universidad, pasaba a diario por uno de los más célebres de la ciudad, el de a calle Mouffetard llamado corrientemente “La Mouff” por los olores pestilentes que antes lo invadían provenientes de curtidurías vecinas.

Conocí y gusté de frutas que desconocía como la ciruela de la variedad “reina Claudia”; la clementina – una mandarina de fina piel-, las naranjas sanguinas que parecían podridas al partirlas; el kiwi; los albaricoques; las redondas  y amarillas mirabellas, y los brugnon, una variedad de melocotón de piel lisa, pulpa firme y núcleo adherente.

Si estas ofertas de origen vegetal estaban primorosamente expuestas  y sus contrastantes colores eran un placer para los ojos, lo que centralizaba mi vista era el arte con que exponían las aves de corral o los animales de caza muertos, con la comercial finalidad de promover su venta entre los compradores no aterrados por el colesterol y los triglicéridos.

Liebres abiertas en canal y colgadas de un gancho, mostraban sus vísceras comestibles con tal nivel de pulcritud y ordenamiento que uno creía procedentes de una sala de cirugía; faisanes y perdices a los cuales se les dejan sus plumas más llamativas, y conejos y cochinillos que parecen haber sido previamente lavados con lejía o blanqueadores.

Da gusto el detenerse por  varios minutos delante de estas carnicerías, que ofrecen el aspecto de un aseado quirófano alemán, y cuando terminan su horario de trabajo, la masiva cantidad de desinfectantes amoniacales empleado en la limpieza, hace que los transeúntes tengan en su proximidad un acceso de tos o lágrimas.

En la plaza de la Magdalena está Fauchon, un local exclusivo dedicado a la venta de productos para gourmets y de frutas exóticas, siendo posible adquirir guanábanas de Guinea, mangos cubanos, piñas brasileñas, papayas de Costa de Marfil, aguacates de México y cocos de agua de Filipinas, en cualquier época del año.

En los alrededores de éste hay otros consagrados al expendio de especias de categoría, platos cocinados, pastelería fina y exquisita chocolatería, a los cuales vale la pena entrar, a sabiendas de que es necesario solicitar un préstamo al Banco Mundial o al Deutsche Bank, para comprar algunos de sus ofrecimientos.

No debo omitir al hablar de los mercados de París, el mercado de las pulgas –el mercato delle pulci, como dicen los italianos- de la Puerta de Clignancourt, considerado el más grande del mundo, teniendo los fines de semana el aspecto de una feria gigantesca repleta de una cosmopolita muchedumbre.

Se ofrece en venta todo lo imaginable, razón por la que concurren puntillosos coleccionistas y caprichosos buscadores de excentricidades de los cinco continentes, y las oleadas de personas paseándose en todas direcciones,  junto a la incesante vocinglería de los vendedores, convierten este espacio de la urbe en un agitado pandemonium.