“La disolución de todas las formas tradicionales del sujeto –las del cuerpo social– las de las costumbres, la familia, la ciudad, la tradición y la memoria le dejan desamparado y desnudo”. Palabras del poeta mexicano Javier Sicilia (Ciudad de México, 1956) que se hacen eco de la insinuación de Friedrich Hölderlin sobre el papel del poeta en épocas como ésta; álgidos días que viven los hombres y mujeres de México y donde súbitamente el silencio –la voz callada del poeta– se convierte en voz.
Cierto, Toda ausencia es atroz, pero es aún más desgarradora la rendición a que nos arrastra el olvido. Para vivir, ha de existir la memoria, el olvido absoluto sería justamente morir, conceder la amnistía a los creadores del mal.
El dolor, el asesinato impune y la indignidad –oprobios e ignominias del presente– extrañamente, en ocasiones van de manos del amor, cercanos al don del amor que parece llenar el corazón de Javier Sicilia. Un hombre, que autorizado a gritar y llenarse de ira, escoge también la luz, la esperanza de que resucite la carne de su nación:
¿Hacia dónde volverse?; ¿hacia Dios, el ausente del mundo de los hombres?; ¿hacia ellos, que lo han interpretado hasta vaciarlo? ¿Hacia dónde volverse que no revele el hueco, el vacío insondable de la ausencia? Hacia ellos, los muertos, que guardan la memoria y saben que no estamos contentos en un mundo interpretado.
Javier Sicilia pronunció en Chicago, a fines de abril, una conferencia en el Jane Addams Hull House Museum de la Universidad de Illinois-Chicago titulada: “Cuando los poetas callan”. La conferencia puso fin a los trabajos del V Festival Poesía en Abril, organizado por Contratiempo con UIC, DePaul University, Global Exchange, el Instituto Cervantes y Northeastern Illinois University. Sicilia concedió posteriormente la siguiente entrevista a Jochy Herrera, integrante del consejo editorial y la mesa directiva de Contratiempo.
Jochy Herrera: Partiendo de la ya polémica discusión sobre Los motivos del lobo de Rubén Darío, ¿cómo ves el origen del mal?
Javier Sicilia: Es un misterio y como tal no tiene una respuesta absoluta. La única manera de abordarlo es desde la poesía, sobre todo la de los libros sagrados cuyos significados se hunden en un mar insondable y permiten muchas interpretaciones. La metáfora que mejor conozco sobre el origen del mal, porque pertenece a mi tradición, es la del relato de la Caída que se encuentra en el libro del Génesis. En él se habla de un árbol que contiene un fruto, el del conocimiento del bien y del mal, un árbol metafórico.
Se necesitarían muchas páginas de sesuda interpretación para poder llevar algo del inmenso contenido que ese relato encierra a la razón. Sin embargo, intento resumirlo, aunque termine por parecer banal.
En el relato de la Caída, Dios no le vedaba a Adán ni a Eva sentarse bajo la sombra de aquel árbol que estaba en el centro del Paraíso, porque el conocimiento está hecho para la contemplación. Le prohibía comer de su fruto. La clave del origen del mal se encuentra entonces, como lo dice Lanza del Vasto, en esa relación entre el fruto y el acto de comer. 
Fruto significa goce y provecho, mientras que comer significa tomar con violencia algo y reducirlo a sí mismo. Cuando el ser humano toma el fruto del conocimiento, que está hecho para el goce de la contemplación y el don de sí, y lo reduce a sí mismos, destruye la unidad original y pone como centro del conocimiento al yo que buscará reducir todo para su placer y provecho, es decir, buscará racionalizar todo para su bien, y no para el Bien. De allí la historia que no ha sido otra cosa que el inmenso conflicto, plagado de horrores, por usar todo para un supuesto bien, el del provecho. La única manera de escapar a eso es devolverle al conocimiento y al yo su lugar original: la contemplación y el servicio; una ardua tarea porque implica la renuncia, el límite, la proporción, que sólo puede nacer del amor, del don de sí. Conocer en el sentido hebreo es entrar en la intimidad del otro para hacerlo florecer. De allí que cuando en el relato del Génesis Dios crea al hombre y a la mujer les da la tierra para que la cultiven.
JH: Has declarado en mea culpa que la ira, en ocasiones, se apodera de ti haciéndote pecar ¿De qué forma la manejas?
JS: Observándome. La ira es un pecado capital cuyo tronco es la soberbia. Es hija de la Caída, del centramiento del conocimiento en el yo que, en el caso de la ira, quiere someter todo a su deseo moral. Cuando tienes ese pecado – una violencia que lentamente se va apoderando hasta convertirte en puro furor; por eso Dante ve a los iracundos en el infierno como fuegos que se autoconsumen eternamente–, la mejor manera de manejarlo es observarse, mirarse en él, en la ira, y detenerla mediante la paciencia, la firmeza y la dulzura. A veces lo logro, a veces no. La lucha del ser humano contra su autocentramiento es constante, lleva toda la vida. Siempre recuerdo las palabras de mi padre cuando la ira me alcanzaba, unas palabras que retomaba de la sabiduría popular: “Se gana más con una gota de miel que con cien barriles de vinagre”.
JH: ¿Cómo explicas que a tu modo de ver, con el silencio pueda morir la palabra vaciada en un poema y que no muera el poeta?
JS: La poesía es un oficio, pero antes que nada es un don, una gracia que habita en alguien como habita la gracia, misteriosamente. Se puede renunciar al oficio, como yo lo he hecho, porque el mundo, como le escribo a mi Juanelo, ya no es digno de la palabra sagrada – al menos de la mía–, que pertenece a la poesía. Pero no se puede renunciar a la gracia. Sigo mirando como poeta, sintiendo como poeta y ese mirar y ese sentir se articulan en mi vida con otros lenguajes.
JH: En 1949 Theodore Adorno afirmó que escribir poesía después de Auschwitz era algo barbárico; Javier Sicilia ha dejado de escribir poesía y ha catalogado la violencia en el México de hoy como un Holocausto. En tal contexto, ¿cuál es la responsabilidad moral del escritor ante tanta muerte?
JS: No lo sé. La mía, yo sólo puedo hablar de mí, es encarnar en actos, desde el silencio –de donde emana y en donde se recoge el sentido–, el decir de lo que ha sido mi palabra poética.
JH: Paul Celan, uno de tus favoritos, dijo que cada vez más el poema muestra una gran tendencia a enmudecer, y que el poeta “va con su existencia al lenguaje herido de realidad y buscando realidad” ¿De qué forma logra la poesía acercarnos al dolor?
JS: De muchas maneras. Hay grandes poetas del dolor como César Vallejo o Miguel Hernández o, para hablar de un contemporáneo mío mexicano, como Marco Antonio Campos. Pero cuando se ha vivido el Holocausto –un asunto de la intensidad del mal en la propia carne–, uno sabe, como lo supo Celan, que las palabras, “en el lenguaje herido de la realidad”, no alcanzan para revelar la realidad y mucho menos para revelar la densidad del dolor y del amor que nace de él. Celan, el más grande de todos los poetas del dolor, lo intentó con el alemán, herido por el nazismo, y lo llevó a territorios a los que quizás nadie más podrá llevar el lenguaje de ninguna lengua –yo, al menos, no podría; no tengo el genio de Celan– para al final terminar también en el silencio absoluto de las aguas del Sena.
JH: ¿Cuándo resurgirán las palabras tras el silencio, es decir: cuándo volverás a escribir poesía?
JS:Me digo a mí mismo,a la luz de mi fe,que cuando resucite la carne de mi nación. No sé si lo veré. Pero al fin y al cabo no importa si vuelvo a escribir poemas. Tarde o temprano al igual que venimos del silencio concluimos en él.
JH: Este tiempo que vivimos es uno de penurias, al que según Heidegger “le falta el desocultamiento de la esencia del dolor, la muerte y el amor”, declaración contentiva de un optimismo desencarnado; el mismo que parece invadirte ¿De dónde lo sacas a pesar de?
JS: Porque quizás en mí –no lo sé de cierto– la esencia del dolor, de la muerte y del amor se ha desocultado.