Se subestima el carácter totalmente extraño del inconsciente, que es a la vez lugar y no-lugar, completamente indiferente ante la realidad, que desconoce la lógica, la negación, la casualidad y la contradicción, por estar irresistiblemente entregado al juego de los impulsos del instinto y a la búsqueda del placer. Terry Eagleton
Mónica Ojeda.

El cuento “caninos”, de la escritora ecuatoriana Mónica Ojeda (1988),destapa uno de los tabúes más oscuros de las sociedades modernas.En concreto, trabaja el tema del incesto y su práctica a través de fetiches y sadomasoquismo. Mónica Ojeda nos habla de una familia cuyos nombres solo parecen remitir a sus funciones. Esto es, están rotulados como Papi, Mami, Hija y Ñaña (esta última significa “hermana de ella” en quechua), quizá para contrastar el estrecho vínculo filial y afectivo que suscitan esos nombres con el mórbido juego de roles que encabezanciertosactos sexuales de dominación y humillación. Bajo el efecto del alcohol, los padres orquestan el juego tenebroso en el que Papi hace literalmente de perro -postrado en cuatro patas, con correa y bozal, ladrando- dominado por Mami, quien suelta al marido enfebrecido que persigue a las hijas despavoridas por la casa.El trasfondo visceral y sórdido de este secreto familiar se guarece a puertas cerradas.El cuento también refuerza el sentido de intimidad de la trama recortando los espacios que no tienen que ver con la casa o los perímetros interiores de los personajes. Sabemos vagamente que la familia podría pertenecer a la clase media-alta, pues se alude a una herencia, a autos descapotables, villas y viajes. Esto les permite permanecer más tiempo encerrados y ebrios, entregados al desenfreno y la búsqueda insaciable de placer. Pero las secuelas físicas y psicológicas de este prolongado sistema de perversión y negligencia terminan repercutiendo en todas las partes involucradas.

El padre enferma y se deteriora rápidamente. Papi, quien de vez en vez manifiesta culpa durante sus arrebatos bestiales, es progresivamente abatido por las consecuencias de sus excesos. Pero consideramos que es precisamenteel sentimiento de culpa lo que le desgasta con más ferocidad y rapidez. Esta idea está plastificada en la película El maquinista (2004), en el que un demacrado Christian Bale hace de un hombre atormentado que no puede dormir por un remordimiento enterrado en su inconsciente.En la obra de Brad Anderson se subraya que el protagonista estaba siendo físicamente consumido por la culpa. Papi, quien sufría episodios melodramáticos de temblores y sudoraciones cuando intentaba dejar de beber, suplicaba “perdones no solicitados” y lloraba hasta quedar deshecho en mocos y lágrimas. Esto le revelaba como el más débil del grupo, el más vulnerable y atormentado. Paradójicamente, solo parecía ser imponente e implacable en su papel de perro. La madre, en cambio, al ser “más coherente” e inmutable, resiste mejor los estragos de su estilo de vida. Eso sí, advierte Hija, con la condición de quedar eventualmente más dañada y silenciosa. La cosa es que hay que cuidar al padre, quien rápidamente pierde la capacidad de valerse por sí mismo.Tampoco puede hablar. La constante alusión a sus ojos es muy significativa. Nos dice que, en todo momento, hasta el final de su vida, estuvo terriblemente consciente de cuanto padecía. Son sus ojos los que nos dicen que Ñaña ha estado arrancándole los dientes y quemándolo con cigarrillos. Es adrede. Simbólicamente, le está quitando poder al dejar su boca desnuda. Está humillándole y restregándole su sumisión. Con ello,deja aflorar un sadismo puro y transparente que confunde con una forma salvaje de amor. Pero Ñaña se excede, no se ajusta a las delimitaciones de los rituales preestablecidos. Es lo que más sorprende en este apartado. El problema no es que Ñaña desee o maltrate a su padre, sino que no lo haga en el punto preciso que exige los parámetros del juego sexual.  Es violenta, irreverente, inflexible. En cambio, Hija, en su rol de protectora y mártir, se torna efectiva y complaciente, y por eso la madre juzga idóneo que sea ella quien cuide lo que queda de su padre.

Antes de dormir le quitaba los colmillos con un placer que jamás admitiría en voz alta

Ahora, el cuento tocaotro punto fundamental, y es el tema del dolor como vía de acceso a la dimensión más oscura de la mente.Recordemos que Hija es mordida por Godzilla, un perro callejero que se cruza por su camino el día en que se mudaba. A raíz de ese incidente, Hija descubre que no era la primera vez que había sido mordida. En otras palabras, descubre que había sido sistemáticamente violada por años. Por supuesto, el personaje lucha contra lo que ebulle de su interior:

A veces Hija se revolcaba en la luna de su memoria: blanca, oronda, rellena de cosas que quería olvidar y que olvidaba, aunque no para siempre. Cosas como que Papi y Mami bebían y Ñaña e Hija se encerraban para no verlos jugar en la sala. Para no ver la sexualidad roja del padre con correa (Ojeda, 2020).

El crítico literario Terry Eagleton, en su reseña del psicoanálisis, señala que el inconsciente es esquivo por naturaleza. Si la información almacenada allí irrumpiera de repente en el plano consciente, la persona podría colapsar o desmayarse. Por eso, los psicoanalistas decían que el lenguaje del inconsciente resultaba siempre metafórico y onírico. Por eso estaba cifrado en los sueños. La película Spellbound (1945) de Alfred Hitchcock ilustra ese pensamiento, en el caso del personaje de John Ballantine. Este, aquejado por un intrincado complejo de culpa, ha bloqueado todo lo concerniente a su identidad. Para abrirse camino en su mente, los psicoanalistas deberán interpretar sus sueños. Estos fueron recreados por el arte surrealista de Salvador Dalí para la película, en referencia al fuerte carácter alegórico y poético de los sueños. Hija seguía recordando cosas horribles y temía recordar cosas peores, cuando optó por conseguir una dentadura postiza para el padre.Este vuelve a su rol de perro y marca un punto de inflexión en la postura de Hija frente al juego. Sería el principio de una transformación irrevocable. Cuando finalmente muere el padre, Hija toma posesión de la dentadura postiza y reconstruye el ritual:

Hija guardaba la dentadura de Papi como si fuera un cadáver, es decir, con amor sacro de ultratumba: seco en los colmillos, sonoro en las mordidas, desplazándose por los rincones de la casa igual que un fantasma de encías rojas. Un clac clac de castañuela molar la hacía sonreír al amanecer (Ojeda, 2020).

El luto se torna parte de la cotidianidad de Hija porque es algo que está en permanente edificación. Es decir, la muerte propicia el florecimiento de una faceta reprimida y oculta del personaje. Este es un tema determinante en el cuento, ya que se alude constantemente a episodios ocurridos antes y después del fallecimiento del padre. Además, se menciona también un jardín enervante ysucio que podría representar la zona restringida de Hija, su espacio privado y erógeno. Es el “terreno de Godzilla” y es donde oculta la dentadura de Papi. El rincón que, a la luz del psicoanálisis, podría representarlo que atesora su inconsciente. A todas estas, es preciso subrayar el papel determinante del perro callejero, que no solo se circunscribe al momento de haber mordido a Hija. El nombre de Godzilla no es gratuito, pues, como sabemos de la cultura popular, Godzilla es una criatura mutante. Es decir, es una versión modificada de una especie. Consideramos que así también se concibe en el cuento. Es decir, el perro callejero se perfila en última instancia como una versión de consuelo del padre muerto. Por eso Mami y Ñaña lo odiaban, porque veían a un impostor, a un perro “lamesangre”. Pero Hija deja que el olor de la orina de Godzilla impregne la casa y le devuelva el recuerdo de Papi. Me parece que, a partir de aquí, Hija empieza a descuidar su físico y la casa. Su psique empieza un proceso de “animalización”. Dicho proceso parece aceptado por el resto de la familia, quienes consideran que es algo propio del duelo y estiman que Hija tendría que volver a la normalidad algún día. Por el momento, asisten a la casa de los abuelos y la limpian, regañan a Hija como si se tratara de una mascota. Por supuesto, ellas desconocían la magnitud de su transformación porque habían perdido contacto con el padre y lo que representaba. Habían perdido contacto con los caninos. Incluso se alude a una especie de “renacimiento” de la madre, hasta que descubre la dentadura postiza y se reanudan sus viejas obsesiones. En cualquier caso, Hija concentra el concepto de perro que se viene trabajando en el cuento. Es decir, hace patente la parte más cruda y salvaje del animal, que busca satisfacer sus necesidades primarias por puro instinto. El camino descarnado supondría una transmutación irreversible de la identidad de Hija, quien parece asistir sola a su destino. Ella intuiría varias veces en que se convertiría,cuando volvía a tocar la dentadura postiza en las noches de vigilia con el padre:

Antes de dormir le quitaba los colmillos con un placer que jamás admitiría en voz alta, mirando los ojos del padre que brotaban de horror por la desnudez de la boca y, en esos globos oculares que parecían huevos a punto de romperse, Hija veía con nitidez quien era ella de verdad, aunque por la mañana nunca lo quería saber (Ojeda, 2020).

La carga sensual y mórbida del fragmento anterior podría confirmar la consolidación de la metamorfosis. El deseo explícito de reproducir los mecanismos que trastornaron la infancia y personalidad del personaje representaría el triunfo caótico del inconsciente. Hija quedaría desprovista de moralidad y límites, y sucumbiría a las más bajas pasiones frente al primer estímulo de placer. En ese sentido, sería interesante releer el cuento a la luz del Complejo de Electra. Me parece que sería una buena oportunidad para seguir desarrollando esa concepción teórica a través de la literatura.