V

El Embajador fue directo al grano: “Ministro, lo han sustituido por un güirero”. El Cancelado, que pensaba que su nombramiento lo pondría a salvo de futuras zozobras, creyó que se trataba de una broma de mal gusto. “París tiene melao, todos quieren que los nombren allá, añadió De Castro y El Cancelado comprendió al fin que la cosa iba en serio. La situación era grave: Un ‘empresario musical’  que vivía en París, había logrado que un enllave bien ubicado redactara un decreto nombrándolo en su lugar y lo deslizara discretamente en el montón de papeles que el Presidente firmó ese día. Mucho tiempo después, El Cancelado pensó que éste era un argumento perfecto a favor de la erradicación definitiva del nepotismo en su país. Por haber pegado en las paredes de quién sabe qué vetustos edificios en pierre de taille unos afiches que promocionaban un concierto que Fefita la Grande daría en París, tenía asuntos pendientes con la justicia francesa, que no jugaban con las violaciones de una ley centenaria contra el afeamiento de una ciudad tan bella.

El Cancelado corría el riesgo de quedarse sin pito y sin flauta, pues, como ya se ha dicho, ya había renunciado y de repente lo habían “cancelado antes de ser nombrado”. Tuvo la dicha de contar la ayuda de un buen samaritano, quien le prometió – y le cumplió – que “ese juego él lo pichaba”. Cuando, luego de muchos días de angustia, el Cancelado fue reconfirmado en su puesto, algunos funcionarios de Cancillería le manifestaron su alivio y hasta su agradecimiento, por haberle  evitado una vergüenza al país.

Ya se ha dicho que al Cancelado abandonar Santiago, ese pueblo sumido eternamente en las tinieblas en el que se aburría enormemente y que no obstante contenía – y todavía contiene – el centro mismo del universo (sito en la Calle Del Sol con San Luis, para mayor precisión) le provocaba una gran zozobra. Quizás para erradicar la angustia de esta separación, o para compensarla, El Cancelado eligió un acto eminentemente simbólico: Llevarse consigo tres maletas llenas de cachivaches: Dos docenas de calzoncillos y una de camisetas cuello en V  de la Bazar; dos docenas de medias Corona, seis pantalones de vestir de la Sastrería Daniel y una docena de camisas de salir de las de Zaiek; dos correas – una negra y otra marrón – marca Bojos, varios pares de zapatos, un lío de corbatas, un puñado de pisacorbatas, tres trajes más un blazer y una plancha de viajes que tardó muchísimo en aprender a usar; un botiquín con aspirinas, lomotil, mercuro cromo, algodón, azul de metileno, mentiolé, dristán, actifed, hilos dentales, soluciones antisépticas, parches salompa, sal andrews, alka seltzer y aceite La Flecha en cantidades suficientes como para abastecer un hospital público.

Sus libros de cabecera completaban el cargamento: Casi todos los de Kundera, las memorias de Neruda y las de Jorge Amado, la trilogía del fuego de Galeano… El Cancelado tenía que agradecer no haber tenido que pagar recargo por las casi cien libras de su equipaje a su compañero de viajes, el recién nombrado Embajador, quien tenía magníficas relaciones con Air France.

Una mañana, su madre lo acompañó al Metro de Santiago y entre lágrimas lo ayudó a cargar las maletas, lo despidió y lo vio subir a la cabina de la guagua que lo llevaría a la capital.

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