SANTO DOMINGO, República Dominicana.-“Para que nada nos separe, que nada nos una”; la frase es de Neruda, dijo Rafael, pero me sorprende cómo Dios me habló usando un texto tan ajeno a la Biblia; más aún, de un ateo…
Jairo tuvo conciencia entonces de las sutiles ligaduras de su alma y se sintió descubierto. Había estado desprotegido, casi abandonado a su suerte desde el día que, sin que mediara ningún conflicto, ni palabras previas, La Turca le había pedido que no volviera a llamarla: Ahora nadie estaría entre ellos, serían sólo el y Dios en sus esfuerzos por encontrarle, mientras el Creador insistía en esa vieja manía de mantenerse a escondidas, como jugando a los acertijos.
Sus años en esa búsqueda eran dolorosos; solía ver con amargura cómo, desde el día lejano en que decidió aceptar la religión, sus pasiones no habían sufrido grandes transformaciones, y el escaso crecimiento espiritual que notaba en su vida regularmente lo atribuía a la madurez que inevitablemente producía el paso de los años.
Pero sentía que valía la pena seguir negándose a sí mismo, abstenerse de sus instintos para lograr doblegarlos, declarar un gozo que jamás había sentido para que por la confesión se volviera realidad y esforzarse en ser un hombre bueno hasta llegar a merecer de Dios bendición y gloria, en lugar del castigo que les esperaba a los pecadores. Obedecer.
Seguir el ejemplo de sus líderes religiosos, a los que en el fondo consideraba anticuados y autoritarios, puestos por Dios para guiar al rebaño sin ser cuestionados, le hizo descartar el suicidio como escape, ya no por falta de motivos, sino por temor al infierno.
La Turca era una especie de profeta que le ayudaba a descifrar sueños y revelaciones e intercedía por él y sus proyectos cada noche antes de dormir. Lo amaba con lástima, pero admiraba y respetaba su inteligencia; por eso cuando no estaba, Jairo veía el mundo demasiado grande a su alrededor.
Se sentía pequeño, solo, abrumado con las desesperanzas de sus necesidades sexuales, que se agolpaban en manada entre su pecho y garganta; cosas de la carne que trascendían hasta el alma, y apenas le dejaban respirar, para luego quedar desoladas y desnudas ante ese mundo enorme que le rodeaba cada vez que ella se iba: la soledad, el espacio grande pero angosto donde, sin La Turca, no había posibilidad de relacionarse con nada ni nadie, porque hasta Dios existía sólo através de su comprensión.
Los días de Jairo terminaban siempre después de la fecha: se acostaba tarde, buscando en la televisión o en libros releídos o por leer las ilusiones y emociones de otras vidas que le hubiera gustado vivir.
A menudo soñaba que estaba de vuelta en su pueblo, derrotado, sin ninguna conquista que exhibir de su vida profesional mediocre, caminando solo y sin rumbo en medio de la plaza, porque sus amigos vivían todos en la ciudad, ocupados en cuidar el éxito que cada uno había alcanzado en sus respectivas carreras, mientras él perdió el tiempo intentando ser escritor; o que andaba descalzo por un terreno lleno de basura y cagada de gente pobre, o se bañaba en el río, en aguas turbias en las que se negaba a zambullir su cabeza y a duras penas lograba mantenerse a flote, hasta que despertaba desesperado a un estadio en el que sus extremidades no obedecían el mandato de su cerebro y por mucho rato no podía moverse.
Y cada mañana, al volver a empezar la rueda, sabía que tendría todo un día para nada, en esencia. Visitar a los clientes y tomar nuevos pedidos; escuchar sus reclamos o charlar de sus cosas y saludar a quienes se encontraba en el camino, deteniéndose a veces para oírles contar sus historias, no eran la causa de una vida aburrida cuya rutina no mereciera vivirse.
Había mucho más que eso. Era esa soledad ancestral a la que se había aferrado como consuelo en medio de su divorcio, con la esperanza de encontrar, en su nueva libertad, la mujer que llenara ese espacio sin dejar surcos que pudieran servir de excusas a la melancolía para plantar sus semillas.
La Turca no tenía el tamaño de ese espacio, pero si él obviaba sus pequeños defectos y dejaba de lado las cosas que de ella le disgustaban, solía llenarlo. No era la mujer sensual que buscó como loco en los días de su juventud ni le pareció tan bonita como para perder la cabeza, pero en la medida en que fue conociéndola y encontrando en sus expresiones la más sublime admiración y comprensión a sus sueños, y en sus opiniones las acertadas respuestas a sus inquietudes más elementales, la fue queriendo y convirtiendo en su nuevo amor eterno.