Para el presente artículo, el tercero dedicado a la poesía de Manuel del Cabral, he escogido el poema “La palabra comida”. Se trata de un texto lírico que es (sólo supongo) poco conocido entre los lectores de la obra poética del autor de Compadre Mon. Al menos no es uno de los que aparecen citados con frecuencia o insertados en las antologías del género. En lo que a mí concierne, lo leí por primera vez en esta semana, mientras hurgaba en su libro Antología Clave, publicado por la Editorial Lozada de Buenos Aires en el año 1957.

Este ejercicio interpretativo no constituye un análisis en rigor, sino más bien una reflexión derivada de la lectura del poema. Por eso, me permito algunas libertades interpretativas, determinadas digresiones que si bien son derivadas de la lectura, podrían considerarse algo alejadas de las deducibles intenciones del autor.

El poema me impresionó desde la primera lectura, de carácter exploratorio. Lo primero que me atrajo fue el tema de la niñez, la relación materno-filial expresada sobre todo en los primeros versos. Aunque el texto no consiste en una recreación placentera de la niñez, sino más bien en la presentación del contraste entre la infancia plácida y candorosa, llena de sana afectividad familiar, y la adultez sobrecargada de responsabilidades y fatigas; y donde las relaciones interindividuales e intergrupales aparecen mediatizadas por el engaño, la artificiosidad y la simulación.

La lectura del poema me remitió a mi propia niñez y a los años inmediatamente posteriores, cuando al paso del tiempo se nos iban presentando evidencias de que las cosas no eran tan predecibles y homogéneas como las percibíamos en los primeros tramos de la vida. Todos hemos vivido, a nuestro modo y a diferente escala, el paso de una niñez mágica a una juventud un tanto desengañada y a una adultez que, si no es del todo escéptica, es por lo menos cautelosa.

En “La palabra comida” suena la voz autorial, debido a que se relata una historia aparentemente personal. La mención de Chinchina, la hija del bardo, en uno de los apartados del poema, nos hace suponer que se trata de un relato basado en su experiencia existencial. Partiendo de esta premisa, todo lo que aquí se dirá sobre el contenido del poema estará vinculado a las vivencias del autor: Manuel del Cabral.

La palabra comida

Comida.

De niño -casi siempre-

oía esa palabra que venía como un poco de aire,

de aire maternal que por todos los rincones

pasaba suelto,

sin compromiso,

sin pensamiento,

sin malicia,

sin nudos:

lo traía mi madre o mi tía o cualquiera…

y a veces, hasta el vecino honrado

lo echaba por el patio.

Aunque no podemos ver en el tema de la alimentación un fin en sí mismo, ni asumir que el autor lo haya tomado como pretexto para hacer una recreación gratuita de escenas de su infancia, la lectura de “La palabra comida” nos transporta a esos años primeros de la vida, llenos de encantos y de pureza. En ese sentido, notamos la complacencia con que el poeta evoca su niñez, junto a su madre, quien con amoroso empeño le prodigaba alimentos y cuidados. El bardo expresa que “la palabra comida” le llegaba con “aire maternal” de la boca de la madre, o de una tía, “o cualquiera”, incluyendo al vecino. Ese “aire maternal” es lo que hacía especial el momento de la comida, anunciada con gestos de dulzura y mansedumbre.

Por eso el poeta relaciona “la palabra comida” con cosas sencillas y cotidianas, como el aire. Un “aire maternal”, que bien entendido traducimos con adjetivos como suave, ligero, sin apremios. La mención del círculo familiar y social inmediato permite intuir el tipo de relación en el que se desenvolvió la niñez de nuestro poeta. Círculo que integraba a parientes cercanos y a vecinos, algo natural en la sociedad provinciana de entonces.

Bien sabemos que toda madre vela de manera especial por la alimentación y el sueño de sus hijos; en ambas cosas ponen ellas todo su empeño, a sabiendas de que ambas son determinantes para la salud y el bienestar de sus vástagos, lo que a su vez garantiza un crecimiento sano, sin perturbaciones de ninguna clase. Comer y dormir satisfactoriamente son requerimientos imprescindibles para el organismo humano. Si se trata de un niño de clase media, donde la alimentación está asegurada (como era el caso del autor, hijo de una connotada figura política) no hay mayores inconvenientes, pues la despensa siempre se encuentra bien abastecida. Diferente es la situación de los niños que provienen de familias pobres, donde el pan se adelgaza en la mesa; y muchas veces no aparece oportunamente ni en la debida proporción.

Manuel del Cabral.

Después,

me puse grandecito,

y la palabra comida ya no la sentía

pasar como un aire limpio;

y como los oídos y los ojos

ya los tenía más abiertos,

veía que los que pronunciaban esa palabra

hacían un gran esfuerzo para decirla,

y sentía que caía en mis oídos

de una manera diferente,

era como un metal que venía de la sangre,

de algo que no pertenece al sonido, ni al aire,

es algo que era ya lo meditado.

Pero la niñez es un estadio breve, apenas nos vamos haciendo conscientes de ella ya está concluyendo. Y como el presente carece de puentes que conduzcan al pasado en cuanto se rebasa la línea limítrofe entre la infancia y la mayoría de edad, comienza la nostalgia a invadirnos con sus agridulces emociones. Es la nostalgia de lo irrecuperable. Según la RAE (Real Academia Española) “La palabra “nostalgia” en español procede del latín moderno “nostalgia”, y este del griego “nostos” ‘regreso’ y “-algía” ‘-algia’ (‘dolor’). La nostalgia es en su origen el dolor que produce no poder regresar”.

(Ver Rae Informa ).

Demasiado pronto llega la juventud, que es la verdadera exclusión del paraíso, el destierro del edén adánico, del que pocos hemos salido sentimentalmente ilesos. Y no hablo aquí de traumas (que no pocos arrastran en su vida post-infantil), sino huellas sentimentales, arrebatos nostálgicos. Hablo, pues, de la saudade de los portugueses, de la añoranza nuestra y universal. Aunque nuestro poeta –ya lo hemos advertido– no se ocupa de la nostalgia en sí, sino de la oposición entre la inocencia y pureza infantiles y la vida cargada de deberes y fatigas correspondiente a la adultez, no queríamos pasar de largo sin tocar este puntal del poema.

Crecemos y nos vamos situando en un mundo que ya no es tan encantador y mágico como lo fue en los dulces –a veces agridulces– años de la niñez. Es lo que le sucedió al chico, al niño que llevaba en su ser el germen de poeta, cuando se convirtió en “grandecito”: “la palabra comida ya no la sentía / pasar como un aire limpio”, “sin nudos” y “sin malicia”. ¿Qué había ocurrido? Es que luego de haber crecido y “abierto” los ojos y los oídos, es decir, de haber despertado la conciencia, nuestro bardo comienza a percibir una realidad totalmente distinta a la que había vivido en su primera infancia. Ya su mundo no se circunscribía al reducido espacio del hogar y el de un puñado de vecinos. Con los primeros años llega el tiempo de la escuela y el círculo se amplía con nuevos seres que entran al círculo afectivo; luego de la pubertad continúa ensanchándose progresivamente el entorno. Y es entonces cuando se percibe el mundo desigual que nos rodea. Un mundo plagado de injusticias y desajustes. La expulsión del paraíso, que es la infancia, despeja el velo que no permitía ver lo que a partir de entonces se presenta con toda claridad.

Eso es lo que sucede en el poema con “la palabra comida”: con el paso del tiempo dejó de tener las connotaciones que antes había tenido. Ahora sonaba diferente en los sensibles oídos de nuestro bardo, y quien la pronunciaba lo hacía con gran dificultad. El poeta la compara con “un metal que venía de la sangre”, y su percepción ya no se corresponde con el sonido ni con el aire, y además “es algo que era ya lo meditado”. Toda esta acumulación de sentidos deja a uno un tanto perplejo, preguntándose por las experiencias y circunstancias vitales que habrían incidido en la vida del personaje-autor al pasar de la niñez a una etapa mayor, probablemente a la adolescencia.

Al producirse un cambio de visión en el personaje, éste dejó de percibir el “aire limpio” de “la palabra comida”. Es decir, la pureza con que su madre, parientes y vecinos la pronunciaban se había perdido. Ahora la sentía dura como un sonido de metal que provenía de las entrañas (la sangre). Esa pérdida de pureza, por un lado, y la dureza de su articulación en los oídos, o en la conciencia, pues ya “no pertenece al sonido ni al aire, es algo que era ya lo meditado”, nos habla de una realidad que ha dejado de ser un hecho concreto (escuchado por los oídos, por mediación del aire) a convertirse en una abstracción (“algo que era ya lo meditado”). Esto es así porque en la mayoría de los casos “la palabra comida” no pasaba de ser una aspiración, es decir, una abstracción. Sólo para unos pocos constituía una realidad objetiva.

Hagamos un ejercicio reflexivo. La mayoría de los pueblos del mundo padecen carencias de diversas clases, entre ellas las de tipo alimentario. Hay demasiada hambre en el mundo, que es un espacio lleno de estómagos vacíos y organismos desnutridos, fruto de las grandes desigualdades sociales y económicas, pues la riqueza de cada nación está concentrada en un número bastante limitado de familias. Por eso, “la palabra comida” está asociada también, por oposición, a conceptos como hambre, desnutrición, anemia, insalubridad, raquitismo, y, finalmente, muerte. Y conociendo como conocemos las preocupaciones sociales de nuestro poeta podemos intuir que ese cambio que se operó en la recepción de “la palabra comida” tuvo que ver con su posición frente a los desposeídos, a los que padecen hambre y miseria. Porque los alimentos –y el bienestar social en general– han sido monopolizados y racionados por una elite socioeconómica que acumula bienestares en perjuicio de la mayoría de sus congéneres. Y el poeta, que no sintió en carne propia los padecimientos de la pobreza, estaba, sin embargo, consciente de ello. Y toda su sensibilidad poética quedó marcada sensiblemente por esa cosmovisión.

El niño que vive en medio de la abundancia, sin contacto continuo con el mundo exterior puede pensar (si es que esas ideas le pasan por la mente) que todos los niños del mundo disfrutan de idénticas condiciones a las que vive él. Tardará unos cuantos años el darse cuenta de que no es así. Tendrá que ponerse “grandecito” para poder darse cuenta de que el mundo no es homogéneo, de que hay gran desigualdad en el mundo. Esa es la experiencia contenida en el poema.

Manuel del Cabral.

Y crecí un poco más,

hasta llegar donde se mide el hombre.

y he regresado a casa,

y he visto unos juguetes,

un cuchillo de juego,

un tenedor de juego,

un plato y otras cosas.

¿Y yo jugué con esto?

¡Ah, pero si debo regresar!

y con mis manos llenas de callos que piensan,

llenas de cicatrices ajenas,

llenas de cerebro,

llenas de letras de arrugas,

llenas de historias de falsas caricias,

de apretones de mano hacia la noche,

pesadas de obligados, de protocolares adioses,

endurecidas, casi piedras

de sostener tantos siglos un minuto…

esa dura porción de nuestra vida,

esa inútil verdad,

esa asquerosa responsabilidad,

ese pesado duende que odiamos y queremos,

ese "no te me vayas", "quédate un poco más",

"tal vez hay algo", "quédate como un odio",

"quédate como un fuego sin reposo en el grito".

El adolescente pronto alcanzó su mayoría de edad. Etapa en que se deja la casa de los padres para ir tras la caza de un destino propio y sobrevivir de manera independiente. Cuenta el bardo que un día regresó a la casa materna (en el poema sólo se habla de la madre) y se reencontró con objetos queridos que formaron parte de sus juegos de infancia (cuchillo, tenedor, plato…). Esos utensilios de juguete ahora le parecían tan pueriles al poeta, que se preguntaba asombrado: “¿Y yo jugué con esto?”. La mirada del adulto entonces se asombra de tanta simplicidad. Porque la niñez está rodeada de objetos simples que a la mirada inocente de los niños se transfiguran y adquieren un carácter mágico, extraordinario. Sin embargo, el poeta ya no tiene tiempo para esas cosas. Es el tiempo de la responsabilidad adulta, y tiene prisa, le aguardan otras urgencias (“¡Ah, pero si debo represar!”).

Lo que la mirada contemplaba casi en éxtasis gozoso, ahora se presenta descarnado, penetrado de una realidad diametralmente opuesta: un mundo cruelmente marcado por las injusticias y los abusos.  Es una de las cosas que separan la vida del niño de la del adulto. El niño todo lo mira con detenimiento, el tiempo es su mejor aliado. No lleva prisa, porque lo tiene todo a su disposición; el adulto vive bajo la presión tiránica del reloj y el calendario.

Sin embargo, no se trata sólo del tiempo; en contraposición a la simpleza de la infancia, el poeta hace una larga enumeración de circunstancias que atañen a la vida adulta: marcas que el tiempo y la fatiga han ido grabando en la piel y en los tejidos, y sobre todo en el espíritu. Todas esas huellas del paso del tiempo y del sufrimiento aparecen racionalizados: se habla de manos surcadas por callos que piensan, aunque se trata de “cicatrices ajenas”, que equivale a la asunción del dolor de la otredad sufriente, lo que se siente cuando se hace propia la angustia de los demás. Esas marcas están “llenas de cerebro”, “llenas de letras de arrugas”. En otras palabras, esas huellas dolorosas no se han estampado en vano: hay una memoria viva del sufrimiento, y esa memoria hablará en los días decisivos y se convertirá en voz aleccionadora para mantener la suficiente lucidez de la conciencia, condición indispensable para que se puedan canalizar las aflicciones de hoy en felices realizaciones de mañana. Cada cicatriz deja, pues, en la conciencia adulta una enseñanza que ayudará a transformar el presente aflictivo en futuro satisfactorio.

El poeta también se refiere al círculo de simulación que rodea al adulto, en el que abundan insinceras demostraciones afectivas. En las manos del adulto se concentran gestos fementidos: “falsas caricias” y falsos “apretones de mano”, gestualidades “pesadas de obligados” (obligaciones) y “protocolares adioses”. Manos “endurecidas, casi piedras, / de sostener tantos siglos en un minuto…”.  Son las mismas manos que han afanado tanto, que durante siglos han sostenido al mundo, creando riquezas, construyendo progresos que no le conciernen porque las manos laboriosas acumulan fatigas mientras los detentadores de la riqueza invertida acumulan caudales.

Ese mundo de falsas apariencias, de afectos hinchados de artificiosidades es el reino de los adultos. Y el poeta, ser sensible y reflexivo por excelencia, lo sabe. Por eso lo consigna en estos versos que recogen su aversión hacia ese mundo viciado, negación absoluta de la inocencia infantil. En su abordaje del mundo de los adultos, el poeta rechaza el ordenamiento social, caracterizado por rasgos y antivalores que son la negación del proyecto humanista: la inutilidad de su verdad y la “asquerosa responsabilidad”. Y fustiga la hipocresía reinante, donde lo que tipificamos como amor no es más que una coyuntura pasajera. Y los “no te vayas, quédate un poco más” carecen de un valor real, pues responden a deseos momentáneos, a requerimientos e impulsos corporales, que son inconstantes y cambiantes.

Y con esas,

con esas horribles,

con esas manos sencillamente horribles,

con esas manos mayores,

me he puesto a jugar con Chinchina,

y su voz de siete años grita:

"comida",

"comida".

y yo le doy comida … ¡la que sabe a comida!

la que también a mí, a la edad de Chinchina,

me sabía a comida … sí, a comida…

 

¡Qué triste que te pones paladar cuando creces!

Sólo ya la palabra pantalón te sostiene.

 

Esto es llorar sin que lo sepa el ojo,

sin que lo sepa el agua…

En esta última parte el poeta introduce a su hija Chinchina en la escena, como ya habíamos anticipado. Y se produce un paralelismo entre la propia niñez junto a la madre y la de la niña, que está bajo su tutela. Ahora es él quien con sus “horribles manos mayores” le da su comida a la hija. Y lo hace con un amor paterno idéntico al que recibió de su madre en iguales circunstancias. Por eso ahora “la palabra comida” vuelve a recuperar toda la fuerza vital y afectiva que tuvo en su niñez. Es una comida “que sabe a comida”.

Los últimos versos del poema expresan una conclusión dramática. Manifiestan la tristeza del paladar al crecer. Una tristeza que no es del paladar, sino un reflejo de las dificultades que produce la búsqueda del alimento, los sinsabores que conlleva el poder alcanzarlo. De ahí la insistencia con que el poeta habla de las manos. Esas manos pedregosas son las responsables del trabajo que se trasforma en alimentos para sí y para la familia. Pero una alimentación suficiente y balanceada no es fácil de conseguir; sobre todo para la clase obrera, que casi siempre trabaja en pésimas condiciones y recibe a cambio un magro estipendio. Tales dificultades son las que van minando las energías, y hasta la dignidad del ser humano, convirtiéndolo en un ser anodino, acaso justificado apenas por la vestimenta: “Sólo ya la palabra pantalón te sostiene”. Tal condición deriva en llanto. Un llanto que no siempre humedece los ojos, no siempre se convierte en “agua”, es decir, en lágrimas, pero que fluye por dentro, por la sangre, y reverbera en el espíritu. Es el más doloroso de los llantos, el que asola y corroe interiormente.

Bibliografía

Del Cabral, Manuel (1957). Antología clave (1930-1956). Buenos Aires: Editorial Lozada.