SANTO DOMINGO, República Dominicana. –Pero no se crea comadre Pimpa, yo lo sabía… yo sabía que era mentira. Pimpa la miró extrañada, y una expresión de compasión se dibujó claramente en su rostro. Entendió que el bochorno por el que esta mujer estaba pasando, era razón suficiente para que buscara en su propio interior algún consuelo del cual asirse.
El caso es que todo había sido una broma. Esa tarde el muchacho llegó a casa de su tía Cuca y, mientras ella cosía un vestido de alguna de sus clientes, él entró a la habitación que ella había compartido con su esposo difunto.
Sigilosamente se desvistió, tomó del ropero uno de los trajes de gala del muerto, se lo encajó lenta y cuidadosamente, se miró al espejo, se puso el sombrero, encontró sobre la mesa de noche unas gafas oscuras que uno de sus primos había olvidado allí, se miró nuevamente al espejo y empezó a imaginarse lo que sería su vida si aquel sargento de mierda no hubiera notado la deformación de los dedos de sus pies el dia que inspeccionaron los cuerpos desnudos de cada uno de los aspirantes a guardia.
Imaginó que por su fortaleza física y su capacidad de camuflaje, seguro lo pondrían a trabajar en “la secreta”. Se vió resolviendo importantes complots que salvarían al gobierno y luego se encontró frente al presidente de la república recibiendo medalla y ascenso, por sus importantes misiones al servicio de la patria.
Entonces, salió de la habitación y, engolando la voz, comenzó a hablarle con cierta autoridad a la tía que, de espaldas a él, pasaba entre sus labios la punta del hilo con el que ensartaba la aguja de la máquina de coser. Extrañada por el tono y timbre de voz de su sobrino, Cuca volvió la mirada hacia él y se sorprendió al ver el modo en que estaba vestido.
-Casi ni te reconocí, le dijo estallando en una estrepitosa carcajada. Vamo’ a hacé una cosa, le propuso; vamo’ a la javilla, con este cuaderno y un lapicero y diremo’ a todo el que pase que tu eres un hombre que mandó el gobierno, para que apunte los nombres de la gente con necesidá, para mandarle cada mes una caja con ropa y comida.
La gente se agolpó ruidosamente alrededor del hombre del gobierno. Con premura le buscaron una mesa donde apoyar sus documentos y de inmediato alguien se ocupó de organizar en una fila a todos los interesados en dar sus nombres.
Ella corrió al enterarse de la noticia, pero cuando pudo llegar la fila ya era bastante larga. Se alegró de ver que su cuñada Cuca estaba sirviendo de asistente al funcionario y, violando el orden de la fila, vino por detrás a exigirle que la apuntara.
-Tú conoce las necesidade de mi casa, tu sabe que el conuco de tu hermano no ta produciendo ni la comía de mis hijos desde que esa marbá laguna subió y se cogió las mejores tierras, asi que tú no me pué dejá fuera de esa lista.
El lago Enriquillo seguía subiendo. Los técnicos y políticos que se habían encargado del tema se deshacían en la construcción de argumentos que pudieran explicar las causas y posible fin de la crecida. Su presidente no iba a fallarle, lo sabía. Cuando le dió la mano, al final de su discurso a nombre de los afectados, el día que él vino a ayudarles, supo que era un hombre bueno. Por eso mandó a ese hombre.
-Cálmate Celia… al paso, le dijo Cuca, yo no puedo hacé na si ese hombre no me lo autoriza.
-Yo sé que yo no te caigo bien, y sé que aunque él te diga, tu te atreve a dejame fuera, nomá porque tu eres asi conmigo, pero yo a ti te digo, que yo no me voy a quedá fuera de esa lista.
-Doña váyase a la fila!!, dijo el funcionario. No me atienda a nadie que no esté en la fila, ordenó a Cuca.
Celia se quedó mirándolo por un momento. Tragó saliva y dos lágrimas rodaron lentamente por sus mejillas. Avergonzada y humillada, fue al final de la fila.
Allí esperó una eternidad, llorando profusamente, en silencio. No sabía qué hacer. Quería irse a casa, pero no era el momento de rendirse. Sin embargo cualquier decision, incluso esa, rendirse, sólo serviría para aumentar su frustración… Volver a la casa de nuevo sin nada; con menos de lo que se habia llevado de ella, sin estar en la lista de las ayudas del gobierno, era insoportable. Insufrible.
De algo debía servilre la vergüenza sufrida. Pasó mentalmente revista a sus pertenencias. La suma de todas daba siempre lo mismo: miseria.
Despacito, casi sin que ella lo pudiera percibir, una rabia muda empezó a subir desde su estómago. Le atravesó como un fuego la garganta y llegó hasta su cabeza y se apoderó de todos sus sentidos.
Abrió grandemente los ojos, resolló con fuerza, casi hasta jadear y empezó a caminar con paso firme al lado de la fila hacia la mesa del funcionario. Arrebató de un tiro el cuaderno y el lapicero a su cuñada y los dió al propio funcionario con una orden resuelta y los ojos firmes en sus gafas oscuras:
-Apúnteme, le dijo.
-Doña, ya le dije…
-No me importa, gritó ella interrumpiéndole… No me importa na’. Apúnteme, le digo!!!
La gente de la fila empezó a molestarse y a reclamar. La fiereza de esta mujer atrajo a todos en un completo desorden alrededor de la mesa, que terminó a trompadas de unos a otros y los pocos policías y el sargento del pueblo necesitaron toda la tarde para apaciguar a palos la protesta popular en la que se convirtió aquel jolgorio.
Al dia siguiente, cuando Pimpa fue llamada al cuartel a dar su versión de los hechos, como lider del grupo de madres de la Iglesia Católica, le dejaron conversar un momento con los detenidos.
-Pero y si usté lo sabía comadre, por qué armó ese rebú?
-Porque despué que uno tiene la esperanza, contestó Celia, nadie tiene derecho de quitásela, aunque uno sepa que es de mentira…