LA HABANA, Cuba.-Como el turista es alguien que un día llega pero otro se va, representa para los cubanos una válvula de escape, una persona a quien confiarle, sin el riesgo de la delación, sus limitaciones más perentorias, y es por este motivo que en mis estadías fue también testigo auricular de dramas y tragedias no deseadas ni al peor enemigo.

Dentro del mustio y adormecido panorama que hoy ofrece la ciudad de La Habana, la nota de frescura y vitalidad que oxigena y hace soportable el ambiente es la aportada por el cubano en sí, o sea, por la idiosincrasia de la populación, que a pesar de las estrecheces donde se desenvuelve, toma a broma y a manera de chiste sus dificultades.

En el continente americano y en parte de Europa, el cubano se caracteriza en general por su vena humorística, su gracejo e indiscutibles habilidades para enfrentar con éxito diversas circunstancias, detalles que les han procurado una notoriedad ambicionada por muchos ciudadanos de los países donde están refugiados.

Los que aún  permanecen en la isla son iguales aunque con las alas un poco recortadas, y los que habitan en la capital no importando el sector donde residan son los más listos y divertidos de todos, pues desde Alamar a Jaimanitas y desde Valle Grande hasta El Calvario, el salero y la sandunga son los ingredientes principales de su identidad.

Tratando de indagar el origen de la gracia y chispa que particularizan a los cubanos, he llegado a la conclusión de que el mismo proviene en gran parte de su ancestro andaluz, de esa región de España denominada Andalucía, cuyos habitantes son a mi juicio los más graciosos y dicharacheros del planeta en que vivimos.

Los españoles estuvieron en Cuba hasta los albores del Siglo XX –más tiempo que en cualquier otro país de América- y aunque les decían gallegos a los peninsulares que se establecían en la isla caribeña, la verdad es que la mayoría no procedía de Galicia sino más bien de Sevilla, Málaga, Cádiz, Almería, Huelva y otras provincias andaluzas.

No obstante su presente inmovilismo, sus dificultades para el transporte, y su desmedrado patrimonio inmobiliario, la capital cubana constituye para quienes la visitan una grata oportunidad de pasar agradables momentos, que al ser posteriormente evocados, estimulan el deseo de rendirle una nueva visita

Disfruté de momentos encantadores conversando en el malecón, el parque Lenín, en Marina Hemingway, en torno a la Catedral y en la Universidad, con habaneros de toda condición –ingenieros, taxistas, artistas, militares, cocineras y hasta cederistas- constituyendo el denominador común el jacarandoso e irónico modo en que se expresaban.  El dominicano Máximo Gómez decía “que si los cubanos no llegan se pasan” queriendo con esta frase sumarizar su conocido desbordamiento para deslumbrar a los demás, sucediéndome en dos ocasiones un hecho indicativo de la donosa astucia que tanto asombra a quienes no están acostumbrados al trato guasón y bromista que los distingue.

Me invitaban a sus casas a tomar chistrain –nombre que me sugería la existencia de una exótica bebida anglosajona- que resultaba ser un horrendo y repulsivo alcohol obtenido por destilación casera  de la miel de pulga más levadura de pan, cuya verdadera denominación era chispa de tren, pero lo pronunciaban como si se tratase de un aguardiente inglés, para así seducir a los otros.

Chanzas de este género y comentarios para desternillarse de risa hacían placenteras mis visitas a La Habana, y si por casualidad un guajiro me invitaba al campo a comer o conocerlo, el escuchar sus transgresiones verbales, cómo hacía verbos de sustantivos, y en especial, cómo sustantivaba cosas abstractas, representaba para mí un gozo difícil de encontrar en otras latitudes.

En ruta hacia la finalización de esta reseña es justo recordar, que quizás fue un error de Washington persuadir a las cancillerías latinoamericanas para que en los pasaportes que extendía a sus ciudadanos se estampara un restrictivo sello o tampón que rezaba así: “Este pasaporte no es válido para viajar a Cuba, China comunista, Rusia y demás países satélites de la órbita soviética”.

Digo esto, porque la veleidad socialista-leninista de cualquier visitante, se hubiese sin lugar a dudas disipado ante el panorama físico de la ciudad, pues del Shangri-La que hace concebir la literatura marxista, solo encontraría casas derruidas, calles desiertas, personas ociosas y desusados vehículos, visión capaz de emocionar a un espíritu soñador, pero nunca a uno pragmático.

No obstante su presente inmovilismo, sus dificultades para el transporte, y su desmedrado patrimonio inmobiliario, la capital cubana constituye para quienes la visitan una grata oportunidad de pasar agradables momentos, que al ser posteriormente evocados, estimulan el deseo de rendirle una nueva visita.

(*) Ph.D.De la Universidad de París