SANTO DOMINGO, República Dominicana.- Al abrir esta carta, entenderán todo. El recordatorio que muchos de ustedes guardan, tiene la fecha de mi muerte. En realidad sufrí un paro con síntomas de muerte súbita; ahora sé que fue un ataque de catalepsia.
Durante mi velatorio escuché cada palabra que decían de mí, sé quienes me lloraron por tristeza y quienes fingieron. sentí como a mi madre se le desgarraba el alma tratando de aceptar el terrible golpe, no podía abrir los ojos, pero casi sentía en mi ataúd el peso de su cuerpo, quería abrazarla, decirle que la amaba y que no estaba muerto, pero esa maldita patología era más fuerte que yo.
Mi cuerpo no obedecía, me veía a mi mismo muerto y el tiempo iba pesando como una losa, mi mente me recordaba el pasado y me colocaba el presente como en un espejo donde se reflejaba mi velorio y mi entierro en vida.
La tinta de mis palabras en este pálido papel está corrida por las lágrimas que caen mientras escribo. La tristeza al desnudo se refleja en mis pupilas. Llevo grabado en la memoria el trato vejatorio que dieron a mi cuerpo los empleados de la funeraria cuando lo preparaban.
Una esteticista forense me maquillaba mecánicamente mientras hacía bromas fáciles acerca de mis rasgos negroides y del color de mi piel
Si me hubieran hecho autopsia se habrían dado cuenta que mi corazón latía, aunque las incisiones rutinarias que hacen a los cadáveres igual me habrían matado. Sellaron mis ojos, mi boca, mis oídos, me afeitaron de mala gana y sin ninguna delicadeza; incluso me cortaron a la altura de la barbilla y luego cubrieron las faltas con masilla.
Una esteticista forense me maquillaba mecánicamente mientras hacía bromas fáciles acerca de mis rasgos negroides y del color de mi piel. Me buscaron un ataúd de lujo por ser hijo de Don Cabral, sin embargo no advirtieron que ese féretro me quedaba pequeño y cuando me introdujeron tuvieron que golpear violentamente mis codos y rodillas para que terminara de encajar. Los empleados seguían bromeando ajenos a mi dolor.
Rogaba a Dios, para que me sacara de ese estado, nunca había asistido a una misa, con las excusas de siempre: el trabajo, los estudios, la familia… esta vez
Escuché la misa entera, peor aún, mi propia misa; sabía que después de ese último acto de cuerpo presente, se llevaría a cabo mi propio entierro. ¡Cuántas lágrimas derramé desde adentro!, desde lo más profundo de mi alma, me sentí como un niño, sensible, inocente y desvalido.
Escuché la misa entera, peor aún, mi propia misa; sabía que después de ese último acto de cuerpo presente, se llevaría a cabo mi propio entierro
¡Quiero vivir!, ¡quiero vivir!, gritaba sin voz, mas nadie escuchaba mi silencio. Las campanas de la iglesia ya anunciaban mi partida… y sepultaron mi cuerpo. Escuchaba nítidamente el rasgar de la pala y más aún, el tétrico ruido que hacía la tierra al golpear contra la caja cada vez que la lanzaban desde arriba.
Allí quedé, solo, a siete pies bajo tierra y con la aprensión que me producía pensar que estaba rodeado de cadáveres.
Presentía la más atroz y solitaria de todas las muertes. Sabía que me habían enterrado vivo y a partir de ahora el tiempo tomaba otra dimensión. Sin embargo sentía el flujo de mi sangre y el calor de mi cuerpo. Estaba volviendo en sí.
Lentamente movía mis piernas acalambradas, magulladas y laceradas por la tortura. Mi boca y mis ojos estaban selladlos e intentaba despegarlos con desesperación. Con las uñas, arañaba mis párpados y con mis puños golpeaba el techo del ataúd, gruñía y golpeaba inútilmente. Nadie podía oírme.
Pasado un tiempo indefinible, creí sentir ruidos arriba. Después de un rato empecé a escucharlos con más claridad, hasta que escuché un tremendo golpe. Era la pala de uno de los sepultureros que chocaba contra la madera mi ataúd. Lo izaron y abrieron la caja sin miramientos aprovechando la soledad de la noche, sabría Dios con qué intenciones.
En cuanto la tapa se abrió, agarré con emoción la mano de uno de ellos, que pegó un grito y cayó inconsciente; el otro, salió corriendo y en unos instantes desapareció. Me arrastré como pude hasta la salida y en cuanto pide recuperarme comencé a vagar…
Durante todo este tiempo he permanecido escondido, pensando cómo llegar hasta ustedes.
El tiempo pasaba y no encontraba la forma de presentarme en casa para explicarles que no estaba muerto sin que a mi madre le diera un infarto y al resto de la familia saliera despavorido antela visión de un “muerto” que regresa de ultratumba.
Espero que después de recibir la carta acepten mi regreso tomándolo como el accidente que fue, sin aprensiones. Aunque en el fondo sé que desde ahora todos me mirarán con recelo.