Edificio en demolición/José Arias
Edificio en demolición/José Arias

La foto que ilustra esta crónica me recuerda una serie vivencias en este edificio que,  en los 70, 80 y algo más de los 90,  albergaba al desaparecido Supermercado Dominicano de Pepe Bustos, un destacada empresario que   primero era liceísta y luego español a tal punto que fue presidente del Glorioso Licey.

Don Pepe, más calvo que una de las bolas de queso de crema San Juan en la sección de lácteos, llegaba todas las mañanas al súper. El primer saludo se lo daba el personaje no parlante que todavía anda por ahí con esa buena disposición a servir a los demás,  aunque no se pueda comunicar con palabras (ya ronda mi edad).

Lo que la foto muestra es la demolición de supermercado La Cadena de la Sarasota. Sucesor del Dominicano.  De sus cenizas surgirá un renovado complejo comercial de igual naturaleza cuya administración estará a cargo de un importante grupo empresarial de la capital.

Al pasar por el frente de la voladura  repasé, en cuestión de segundos, una serie de episodios cotidianos de aquellos años. Pendejadas las que solo el paso del tiempo le da su verdadero valor… o el valor que la nostalgia imponga.

Uno de esos episodios (y no es una pendejada)  es aquella vez que,  tranquilo y hambriento,   devoraba uno de los famosos sanguiches de jamón y queso en pan de agua elaborados por Moya, el sonriente y popular  dependiente de la cafetería del supermercado.

Entre bocado y bocado, más el aburrimiento, madre de todas las sorpresas,  alcé  la vista al televisor colocado en una esquina de la cafetería cuando observé una escena insólita e inolvidable hasta que la muerte me separe de este mundo.

Cortesía de Imágenes de Nuestra Historia.

Se trataba del momento en que el   joven político y escritor de sesudos ensayos sobre la corrupción en la administración pública, Leonel Fernández,  alzaba    la mano derecha del entonces presidente Joaquín Balaguer, el exconsigliere de Chapita, la astuta mosquita muerta para lo que le convenía y el mayor exterminador de “gente con ideas propias” jamás conocido en este pedazo de la historia de tigueraje y palomones que le tocó y todavía le toca vivir no solo a mi generación sino también a las generaciones de mis padres y abuelos.

…Y con su mano izquierda,  el desconocido y pragmático Leonel alzó la mano izquierda del maestro de la narrativa dominicana y el menos animal político de la cuadra: Juan Bosch.

Tras el impacto devastador de la escena, que sellaba así el Frente Patriótico, la coalición de fuerzas políticas encabezada por Balaguer y el Partido Reformista y que impulsaría la exitosa candidatura de Leonel Fernández al poder, llegué a la conclusión de que el Sistema No Se Equivoca y Nunca se Equivocará. Cefiní. Algo así como “acaba de devorar el jodío sanguiche y sigue tu vida. Atiende tus cartones”

Pero no todo era frustración en la cafetería de Moya. También era el centro de tertulias deportivas y espacio para el encuentro de cincuentones cerveceros a partir de las 5 de la tarde (la cerveza Quisqueya, la pequeñita,  estaba de moda).

La cafetería sustituía por las mañanas la cancha de baloncesto, ubicada a pocos metros del establecimiento comercial. Allí se discutían las estrategias de juego del Club Los Delfines del Mirador. Antes de las prácticas, los jugadores y managers desayunaban sendas batidas, completos de pierna, de jamón y queso o derretidos. Siempre bien atendidos por la simpatía del Gran Moya.

La segunda planta del supermercado se alquilaba para celebrar fiestas de recaudación de fondos, fin de curso, cumpleaños,  casi siempre con el combo aguja y  en las ocasiones relevantes tocaban las agrupaciones musicales de menor valía de la época.

Los varoncitos intentaban  “quemar” a las agraciadas, aquellas que  aceptaban bailar sin el consabido “ay no, estoy cansada, gracias”.  Algunas más ligeras al roce y otras había que “emplearse a fondo” sin asustar a la presa.

Hay que recordar que los tocamientos y la quemadera eran   material de “escándalo”. Los muchachos visitaban a la Tía Herminia “aunque sea para ver”  y las muchachas iniciaban su expertice con lentitud y alertas, claro.  Otras se comían el mundo y nadie se daba cuenta.

Para finalizar, estaban los que robaban chucherías entre las góndolas del supermercado,  vigiladas por un señor muy respetable. No era un guachimán como los de ahora de azul y rifle en mano. No, era un señor setentón  vestido de kaki con una macana que le colgaba por la derecha. La macana era casi del tamaño de su pierna.

Su trabajo era pasear entre las góndolas lento y expectante ante cualquier situación extraña. Con las manos cruzadas en la espalda y la macana bailando en sus caderas.

En una ocasión por poco le arranca la oreja izquierda a un raterito nada más y nada menos que con el lanzamiento de una ¡habichuela roja! El señor respetable siempre cargaba en uno de los bolsillos de su pantalón un puñado de habichuelas de todos los colores. Por suerte, nunca usó la macana. Solo las habichuelas como dardos de amonestación.

Parecía un lanzador de Grandes Ligas. Lanzaba las habichuelas con una velocidad y puntería a lo Pedro Martínez en sus buenos tiempos. Así espantaba a los adoradores de lo ajeno con un lanzamiento de strike en las manos, en la nuca o en la espalda.

El señor macana tampoco permitía que leyeran las revistas en el kiosco. Nunca pude terminar El placer está en el último piso de Pedro Peix. La obra del irreverente Peix se ofertaba junto a las revistas Vanidades, Buen Holgar, los libros de cocina, Mecánica Popular y el horror titulado Tus zonas erróneas.

Pensé robarme a Peix pese a los habichuelazos del señor macana. Pero no, los libros robados traen mala suerte. Comprobado.