ESTAMBUL, Turquía.- El Bósforo –Bogazici en turco- es un estrecho que une el mar de Mármara con el mar Negro, el cual bien merece ser recorrido de un extremo al otro, avistándose, tanto en la ribera europea llamada Rumeli como en la asiática denominada Anadolu, palacios como el Dolmabahce, Ciragan y otros, pequeños pueblos, acogedoras bahías y espaciosas áreas verdes.

Quienes conocen la historia personal de los emperadores romanos, disfrutarán al ver sus rizadas y azulosas aguas, al recordar que por ellas se pasearon en imperial embarcación Adriano y Antinoo, luego de que ambos se conocieran al borde de una fuente en la bitinia ciudad de Nicomedia.

Para mostrar su desagrado por haber perdido una ocasión favorable a sus designios, hacen los turcos un gesto de disgusto que consiste en chocar con violencia y rapidez el dorso de una mano contra la palma abierta de la otra, acción que a veces instigaba, motivaba, para disfrutar viendo este manoteo de fastidio.   Al garrote vil deben ser condenados quienes van a la antigua Constantinopla –los griegos prefieren llamarla Constantinópolis y no por su designación actual- y no se toman el placer de visitar su lugar más simbólico, el que por antonomasia mejor la define desde hace ya varios siglos: El Gran Bazar.

Ubicado en una zona densamente poblada en la parte antigua de la ciudad,  El Kapali Carsi –su nombre turco- es un conjunto de edificaciones de pequeñas cúpulas y callejuelas techadas, que componen una intricada red de galerías, cuyo resultado final es la formación de un abracadabrante laberinto.

Es en realidad una ciudad dentro de otra ciudad, que ha sido restaurado en varias oportunidades y transformado a raíz de los incendios y frecuentes terremotos que asolan la península de Anatolia, y en esta especie de dédalo incongruente jamás he podido salir por la misma puerta que utilicé para entrar.

En su interior hay puestos, tiendas, talleres, almacenes, depósitos y hasta una mezquita, donde joyeros, orfebres, zapateros, fabricantes de telas, de muebles, comerciantes de alfombras, artesanos locales, chamarileros y ropavejeros, ofrecen a la masiva concurrencia sus mercaderías en medio de una estridente algarada y un calor tan horroroso como corrosivo.

Había conocido vistosas joyerías en Amsterdam, Caracas y New York, pero las del Gran Bazar, tanto por su surtido, el elevado número de joyas exhibidas y su refinada orfebrería, son las más impresionantes que he visto, estando gerenciadas por astutos negociantes que buscan de inmediato quien hable el idioma del cliente que pregunta.

Son tantas las piezas que exponen en sus aparadores, que por efectos de la iluminación directa despiden un aurífero esplendor como si se tratara de una hoguera llameante, y este deslumbrante fulgor es el responsable  de que ninguno de los disparos fotográficos hechos por mi a estos establecimientos, haya permitido la obtención de una nítida fotografía.

Los vendedores de alfombras –kilims en turco- hacen olas en el interior del Bazar, disputándose la preferencia de los potenciales compradores que se acercan a sus negocios, teniendo en una oportunidad la suerte de encontrar el propietario de una que hablaba el castellano por estar casado con una española, el cual había estado en mi país de vacaciones.

En todas direcciones, pululan por pasillos y corredores interiores jóvenes portadores de bandejas con aspecto de jaulas, llevando en pequeños vasos un humeante  y perfumado té, para ofrecérselo como sebo a los clientes que están en negociaciones con los dueños de los variopintos establecimientos existentes en este varias veces centenario Bazar.   Me embelesa ver, cómo los cuadrados trocitos de azúcar blanca, en el momento de ser echados en esta ardiente infusión se derriten formando transparentes nubecillas de aceitosa apariencia, contemplación que debo pronto abandonar debido a que las yemas de los dedos no resisten por mucho tiempo el contacto con el candente vasito.

En el barrio de Eminönü próximo a la mezquita Nueva y al puente Gálata, está el Bazar Egipcio o Bazar de las Especias, que es un mercado cubierto en forma de ele cuyo nombre obedece, a que en sus primeros tiempos estaba dedicado a la venta de condimentos y productos aromatizantes que embalsamaban toda el área.

Es un batiburrillo en el que apenas se puede circular, donde en tarros o sacos abiertos se ofrece al público sándalo, anís, canela, ámbar gris, benjuí, nuez moscada, mirra, jengibre, incienso, pistachos, zumaque, almendras, ambarinos dátiles y un largo etcétera, cuyo olor se aloja en nuestras fosas nasales y no nos abandona mientras permanecemos dentro.

Fue toda una odisea el buscar dentro de este atiborrado lugar un puesto donde vendieran “gul receli” la célebre mermelada de pétalos de rosas que deseaba comprar, obteniéndola gracias al amigo turco Ibrahím Arslan que me acompañaba, luego de recibir pisotones, codazos y empellones al por mayor y detalle.   Alrededor de este Bazar y en todos los rincones de la ciudad, existen centenares de mercadillos de los llamados quita y pon, algunos especializados en ciertos géneros de ofertas, en los que el regateo y las discusiones entre vendedores y compradores, forman parte del color local de esta fascinante metrópoli.

El turco es un mercader por naturaleza, o sea, que parece llevar esta propensión inscrita en su genoma, y así vemos que si llueve salen a vender paraguas, pero si escampa y sale el sol, ofrecen entonces gafas oscuras; el que vende sandalias y camisetas sin mangas en la calle, guarda de súbito su mercancía si se presenta un frente frío, ofertando entonces mantas y abrigos.

Como ocurre en el resto de la ciudad, el sector de Eminönü se distingue por el abigarrado amontonamiento de las multitudes, y es por ello que el viajero le parece una bendición, un desahogo, la tranquila superficie de las aguas del Cuerno de Oro, el estrecho del Bósforo y del mar de Mármara.

Estambul goza de una privilegiada posición geográfica al estar emplazada en medio de amplias superficies líquidas, representando el primero un golfo de unos siete kilómetros de largo alimentado por dos pequeños ríos, derivando su denominación –Cuerno de Oro- a que en una época  los sultanes y las grandes familias construían villas y palacios en sus orillas.

Barcas permiten cruzarlo de lado a lado y de arriba abajo, y al final del todo está el viejo barrio de Eyüp donde vivió en el siglo XIX Pierre Loti un gran admirador francés de Turquía, existiendo aún en la actualidad un café que lleva su nombre, al que acostumbraba visitar al final de las horas vespertinas.

Si atravesamos el llamado bosque de Belgrado ubicado en la orilla europea del estrecho, podemos llegar a kilyos, un pueblecito de pescadores al borde del mar Negro, que posee una atractiva y recoleta playa en la que es posible entregarse a dulces ensoñaciones observando las quietas aguas de un mar que no tiene nada de negro.

El mar de Mármara es un mar interior de unos 11,500 Kms2 atrapado entre la Turquía europea y la asiática, el cual moja una parte de Estambul comunicándola a la vez, y a través del estrecho de los Dardanelos, con el mar Egeo y por consiguiente con todo los países localizados en la zona oriental del Mediterráneo “De Algeciras hasta Estambul para que pintes de azul”, como dice Serrat.

A unas veinte millas de la ciudad y mediante trasbordadores que salen a cada momento de Eminönü, podemos visitar un pequeño archipiélago al sudeste del mar de Mármara llamado islas de los Príncipes, en las que viejas casas otomanas de madera con soberbios jardines de mimosas y magnolias, hacen las delicias de los viajeros.

Cuerno de Oro, Bósforo y Mármara son nombres propios, que asociados al azulino matíz de sus aguas, hacen  pensar que es muy cierto lo leído en una ocasión en el sentido, de que hay palabras que a veces son colores, y colores que no consiguen resistir el deseo de querer ser palabras.

A media altura de la calle Istiklal caddesi y accediendo por un estrecho pasadizo, he ido en varias oportunidades al mercado de pescados de Galatasaray, en el que sobre carretones y pequeños puestos, se ofrecen a la vista y al olfato una riquísima diversidad de la fauna piscícola que puebla los ríos y mares de Turquía.

Conjuntamente hay una colorida exposición de frutas y legumbres que despiertan muchas veces el deseo de morderlas, de comérselas, en la que se destacan unos suculentos albaricoques, unos acaramelados dátiles, unas tentadoras pasas de Esmirna, así como relucientes verduras naturales de la huerta.

Esta ciudad es en esencia un vasto mercado de productos alimenticios cuya demanda no cesa las veinte y cuatro horas del día, existiendo pasada la medianoche una notable cantidad de vendedores ambulantes de baklavas, pasteles y otros comestibles, en torno a las paradas de taxis y lugares de mucha animación.