SANTO DOMINGO, República Dominicana.- Dándole audiencia a una opinión completamente falsa, muchas mujeres se resisten de visitar a Turquía por el temor de ser asediadas e incluso violadas por sus habitantes, conociendo en Atenas a dos muchachas argentinas que tenían el propósito de hacerlo y en mi presencia fueron disuadidas por una amiga española.

Jamás he visto en el área metropolitana de Estambul escenas de acoso femenino reñidas con lo convencional, lo aceptado, y aquello dicho por el desaparecido actor Brod Davis en el film  “Expreso de medianoche”, de que los turcos son un pueblo de cerdos y por eso no los comen, no fue más que una extravagancia del guionista.

En el sentido del galanteo, los otomanos son menos ofensivos que los italianos, españoles y cariocas, no debiendo ninguna europea u originaria del continente americano, dejar de vacacionar en este asiático y hermoso país, por el miedo a una supuesta agresividad sexual de parte de sus pobladores.

La desaparición hace algunos años de la hija de Tyrone Power de visita en Estambul, abonó la errónea creencia de que los turcos eran unos temibles violadores y abusadores de las indefensas mujeres, opinión que no se compadece con el comedido comportamiento público observado en la generalidad de ellos.

Para mis caribeños oídos el idioma turco es un lenguaje incomprensible, con una fonética que imita al de una persona secuestrada por la ira, y en el cual para decir no hay que inclinar la cabeza hacia atrás y hacia abajo para decir sí, mientras que la mano colocada sobre el corazón expresa unas sentidas y sinceras gracias.

En el lenguaje escrito las letras K, Y,  y Z se emplean muchísimo como tuve ocasión de verificar en los periódicos que por curiosidad hojeaba, y en los momentos en que escribo estas impresiones solo conozco cuatro o cinco palabras de este idioma, donde tereyag es mantequilla, eczacilik farmacia y el mes de Julio temmuz.  Algo atroz.   La fidelidad con que este vehículo de expresión exterioriza la áspera idiosincrasia turca, me lo demostró la oportunidad que tuve una tarde al escuchar por la radio junto a varios turcos, la transmisión de una carrera de caballos, de la que lógicamente no entendía ni comprendía absolutamente nada.

Lo que decía el emocionado locutor en los momentos finales de la competencia, solo Dios o su Profeta estaban en condiciones de interpretar, y las interjecciones, comentarios y ademanes que hacían los sobreexcitados oyentes, era algo perteneciente a los dominios del delirio, al alucinante imperio de la enajenación.   En Turquía, más que en cualquier otro país donde se hable un lenguaje radicalmente distinto al español, me persuadí de una vez para siempre, de que los labios pueden mentir pero los rostros no, y de que la boca puede traicionar el pensamiento, pero los ojos tienen menos recursos para disimular lo que se piensa.

Una institución otomana que además de recordar las celebradas termas romanas representa uno de los elementos típicos de su exotismo y pintoresquismo, es el baño turco –hamman en este idioma-, que se localizan en cualquier parte de la ciudad y a los cuales visité  reiteradas veces.   Fui al más antiguo de Estambul situado en la calle Gedik Pasa caddesi, que ha sido visitado por los reyes y emperadores de paso por la ciudad, y en el que prevalece un ambiente de purificación o iniciación pagana, como si se estuviese en un templo de la Atenas de Pericles o la Roma de Julio César.

La luz solar tamizada por la placas de vidrio que recubren los orificios existentes en el techo; el veteado mármol de las paredes; la humedad que satura el aire embalsamado por aromas orientales, y el constante rumor del agua saliendo por un grifo o una ducha, caracterizan su cálido y opalino interior.   No obstante la pronunciada masculinidad observable en la mayoría de los turcos, el hecho de tener rasurado el vello pubiano –ignoro si obedece a causas religiosas o higiénicas- y de lavarse sus partes pudendas empleando una pequeña vasija con agua como las mujeres, les otorga un episódico toque de feminidad.

Me resultaba curioso, que después de defecar no empleasen papel higiénico para limpiarse, sino un perol con agua dispuesto para tal uso al lado del inodoro, y cuando en un hostal solicité un rollo para esos fines, el camarero que me lo entregó tenía cara de no comprender las razones de mi petición.   Probablemente pensaba que yo era de ascendencia turca, tal y como les ocurrió a nacionales turcos, que sentados detrás de mí en las sillas de Las Ramblas de Barcelona –a la altura de Canaletas- porfiaban con un español de mi segura procedencia turca, al extremo de levantarse para demandarme mi origen o ciudadanía