SANTO DOMINGO, República Dominicana.- Los viejos temas del amor y la prostitución son vistas en esta antigua urbe como una faceta natural de la convivencia entre hombres y mujeres, y si el primero es de naturaleza volcánica, en su pública manifestación carece de las artificiosas demostraciones encontradas en los parques y terrazas de París.

Igual a todos los países de la vecindad mediterránea, el amor en Grecia es de una extrema fogosidad en su íntima realización, pero es justo señalar que su punto de evaporación es muy bajo, es decir, que su vehemencia tiene tendencia a declinar con rapidez luego de los ardientes escarceos iniciales.

Por suerte, la amplia disponibilidad garantiza el pronto reemplazo del fuego que se apaga, constituyendo esta permanente posibilidad uno  de los motivos por lo que miles y miles de  personas de todo el mundo partidarias del carpe diem –la vida es breve y hay que gozarla– de Horacio, se desplazan anualmente hacia la capital griega.

Con la masiva llegada de inmigrantes, la prostitución tanto en Atenas como en las grandes urbes europeas se ha desbordado, existiendo en aquella prostíbulos según el origen étnico de las muchachas – de búlgaras, de checas o de albanesas -, pudiendo el cliente escoger la nacionalidad  que prefiera la noche en que esté de putas.

Visité uno de predominio ukraniano, en el que la mayoría de las meretrices se parecían a Dorothy Stratten, la bella conejita de la revista Playboy asesinada en el año 1980, y otro en El Pireo donde para mi sorpresa la prevalencia la tenían compatriotas mías, que según comentarios gozaban de una increíble aceptación.

En horas de la noche la plaza de Omonia es un circular teatro de encuentros y conquistas de todo tipo, merodeando muchos representantes del llamado amor socrático, y en las madrugadas de los días finisemanales, fornidos travestis exhiben sin recato alguno el arte del postizo, los milagros del maquillaje y la maestría del camouflage.

Como desde los lejanos tiempos de Alcibíades, Pláton y Epaminondas la homosexualidad en Grecia no es considerada como algo insólito, en la referida plaza los invertidos pasean con naturalidad su preferencia, estando en abrumadora mayoría los que no parecen serlo, aunque la lúbrica intención de su mirada los delata.

Se dice que el amor socrático es de las pocas cosas que aún pervive del glorioso pasado helénico, encontrándome en dos ocasiones con sexólogos norteamericanos que estudiaban en Atenas esta antigua disposición erótica, quienes me informaron que no estaban equivocados los que así decían.

Para comenzar la finalización de este trabajo es preciso indicar, que como sucedió con Barcelona en el año de 1992, la celebración de las Olimpíadas en Atenas en el 2004 provocará su remozamiento y hermoseamiento urbanístico, labor cosmética que sin temor a equivocarme hará más placentero su metropolitano recorrido.   Aquellos que van a Grecia no deben circunscribir su visita únicamente a la capital, pues hay otros lugares de su geografía que bien valen una misa, como decía de París el rey Enrique IV, tales como: las islas Jónicas y del Egeo, Delfos, Epidauro, los monasterios de las Meteoras, Tesalónica, Cap Sounion y otros.

Será un recuerdo inolvidable tener una aventura en estado de embriaguez en una taberna de Rodas o en un mesón de Patmos; ver por algunas horas el fúlgido azul del cielo de Macedonia; disfrutar de la brisa en la cubierta de un barco rumbo a Santorini, o en nocturnas horas pasearse por el downtown de Larissa.

Grecia siempre dejará en quienes la visitan el deseo de verla de nuevo, de ver en invierno lo que se vio en verano, de volver a ver lo ya visto o aquello que aún se desconoce, de ver sin lluvia lo que se presenció lloviendo, en fin, intentar de ver su elusiva realidad que por lo general se nos escapa.

Con este último párrafo podría dar conclusión o mis atenienses impresiones, pero he considerado más idóneo el reproducir un poema del poeta Constantino Kavafis escrito en 1899 titulado “Velas” que es lo más hermoso, no solo de su producción completa sino, de la antología lírica de los Balcanes.

Estos versos nada tienen que ver con su país de nacimiento o con la capital del mismo, pero sí con esa misteriosa e implacable dimensión que llamamos Tiempo, cuyo paso a todos nos preocupa, en particular, a quienes tenemos ya el sol sobre nuestras espaldas.  Dice así:

Los días del futuro se yerguen ante nosotros

con una hilera de velas encendidas

velas doradas, cálidas y vivaces.

 

Los días del pasado quedan atrás

lúgubre hilera de velas apagadas;

humeantes aún las más cercanas

velas frías, derretidas y dobladas.

 

No quiero verlas, me apena su aspecto

y me apena recordar su luz primera.

Miro adelante mis velas encendidas.

 

No quiero volverme por no ver y horrorizarme

cuán aprisa va alargándose la hilera sombría

cuán aprisa van creciendo las velas apagadas.

 

Si bellos y alegóricos son éstos versos, más espectacular es su puesta en escena mediante la utilización de imponentes cirios que se van apagando a medida que el declamador pasa ante ellos dejándolos luego atrás, y el humo va envolviendo su figura como una tenue y aromática gasa.  Es algo en realidad que no puede describirse con palabras.